Quiero referirme a uno de los temas recurrentes y dilema mayor de la minería nacional a través de su historia: su incorporación (o no) a las corrientes globalizadoras de la actividad que tuvieron su mejor escenario en la segunda mitad del siglo XX y en lo que va del actual. Grandes transnacionales de la minería dominan aún la industria extractiva en países emergentes como el nuestro y la lucha por el control de áreas de probado potencial en el continente americano y de manera particular en los Andes Centrales, es el pan nuestro de cada día.
Decidir entre insertar al país a esta corriente globalizadora o no, ha sido y es el talón de Aquiles de políticas mineras contemporáneas probadas a lo largo de la historia por el elevado costo político que una decisión de esa magnitud significa para cualquier gobierno. Ahora bien, grandes proyectos como el Mutún o el Salar de Uyuni enfrentan esta disyuntiva, inversiones de miles de millones de dólares necesarias para desarrollarlos hacen que inevitablemente se acuda a la billetera de estas grandes corporaciones que dominan también los mercados de materias primas, o alternativamente cerrar el país y depender de la reducida billetera del Estado y acudir a la burocracia de la ayuda de países amigos como viene ocurriendo actualmente. Esto último genera un cansino andar de los emprendimientos e incertidumbre en las regiones mineras y en el país todo por la pretendida defensa de la soberanía sobre los recursos minerales, factor necesario pero impracticable en los términos radicales en los que se pretende imponerla. ¿Qué hacer?
Jugar en las “ligas mayores” de la minería significa tener y/o desarrollar una estructura económica, tecnológica y profesional de primer orden que no se hace de la noche a la mañana, sino que es el resultado de una bien estudiada estabilidad económica, jurídica y política que se prolongue más allá de la coyuntura y el corto plazo. Nuestro país ha tenido intentos para jugar en grande, las más de las veces al calor del entusiasmo coyuntural o de la presión de sectores liberales; los resultados no fueron de los mejores precisamente por la inestabilidad política y jurídica tan característica del país en las décadas precedentes. ¿Estaremos alguna vez en condiciones de jugar en las “ligas mayores”? Es la pregunta del millón. ¿Queremos hacerlo? Es el dilema a resolver.
Aquilatando más de medio siglo de minería controlada por el Estado y/o en asociación con el capital privado, un profundo desasosiego de los actores mineros ante semejante disyuntiva, es lo que se siente al avizorar que si no se toman decisiones adecuadas el dilema perdurará y con él la letanía discursiva que pretende ocultarlo. El Mutún no se desarrollará más allá de su nivel actual sin jugar en las “ligas mayores”, sin relación con Brasil, con su infraestructura industrial, sin relación con los yacimientos de carbón de Colombia y de otros países y sin los mercados regionales para aceros y productos intermedios. De otro lado, si Bolivia no invierte en tecnología, educación y profesionalismo, el Salar de Uyuni, pretendido por su colosal riqueza en litio, potasio, boro y otras sales, seguirá siendo un proyecto caminando a gatas cuando debería correr para no perder el último tren de la industrialización que ya pasa raudo por la geografía continental.

















































































