Uno de los efectos poselectorales —quizás, el más perverso— fue la inclinación de la Justicia a la nueva correlación de fuerzas. Este movimiento en el péndulo político de los operadores de justicia supuso la orden de liberación de personajes que, en la narrativa de los opositores al Movimiento Al Socialismo (MAS), considerados “presos políticos”, pero, que están acusados con delitos contra la democracia y los derechos humanos.
La derrota de la izquierda e incluso el ala evista que impulsó el voto nulo y alcanzó en los hechos el 15% supone una mínima —casi inexistente— representación en el hemiciclo de la Asamblea Legislativa; o sea, la izquierda se borró de cualquier representación política. Ante este contexto político, los operadores de justicia quisieron congraciarse con los futuros gobernantes; quizás, para esquivar algunos juicios contra ellos, decidieron liberar aquellos personajes que, incluso, tienen acusaciones de “terrorismo” por subvertir el orden democrático en Bolivia.
Esas liberaciones se dieron a nombre del “correcto proceso” que, en los hechos, es el inicio del camino a la “impunidad”. Pero, se debe reflexionar la razón originaria: la lucha fratricida en las entrañas del MAS que pulverizó la imagen de los principales protagonistas de esa brega. La cosa no quedó allí. En vez de superar los yerros que desembocaron en esta crisis interna del MAS, los actores estratégicos no vislumbraron —o no quisieron, quizás porque estaban enceguecidos en sus odios internos— la posibilidad del arribo al gobierno de la oposición al MAS; o sea, la derecha se refleja, por ejemplo, en una frase escrita en un lienzo en la casa de campaña del Partido Demócrata Cristiano (PDC), que dice: “Dios, patria y familia”.
Alrededor de finales del año 2020, cuando el expresidente boliviano volvió a Bolivia después de su asilo en la Argentina, casi nunca, en su paso al Trópico cochabambino, se detuvo en la apacheta edificada a la entrada a Sacaba en homenaje a los campesinos acribillados en la masacre perpetrada por el gobierno de Jeanine Áñez, el 15 de noviembre del año 2019, y mucho menos, el actual líder cocalero estableció una relación sincera con los familiares de los campesinos fallecidos.
Quizás al expresidente no le importó los muertos, inclusive, tal vez, los consideraba como carne de cañón; obviamente, los muertos —en esa lógica siniestra— son un mal necesario para legitimar sus deseos políticos. Ninguna de las alas —evista y/o arcista— mostró realmente voluntad de reparar la injusticia con esos muertos. Por eso, los juicios naufragaban en un río espantoso, sin sentencia ejecutoriada que ponga el corolario de justicia definitivo para saldar la deuda con esos muertos.
Muchos de esos muertos salieron a defender a Morales, pero él no consideró nada de ello; fue un mal agradecido con su propia gente que tributó su vida por él; solo le interesa el cálculo de su estrategia electoral mezquina del voto nulo y sus efectos políticos si ganara las fuerzas opositoras, como ciertamente ocurrió. Al expresidente solo le interesaba satisfacer sus deseos personales y no pensó en las consecuencias para los pobres y, peor aún, para los muertos en Sacaba y Senkata. Ellos no estaban en sus cálculos. Ni siquiera a sabiendas en carne propia que la justicia está subordinada al poder.
Quizás, la metáfora más ilustrativa, y, a la vez, malévola, fue que, desde Miami, un gato putrefacto arribó a Bolivia, seguramente saldrá libre con el consentimiento de la justicia. Como diría Walter Benjamín: “Ni siguiera los muertos estarán a salvo si el enemigo vence”.
















































































