Como toda segunda vuelta electoral, la boliviana implicará una fuerte polarización. Basta escuchar a la gente en la calle para saber que esta polarización expresará el clivaje identitario que se sobrepuso al económico en las dos últimas semanas de la campaña anterior y que ha separado a dos bloques demográficos que los analistas están llamando con eufemismos técnicos, pero que en realidad son los mismos en toda nuestra historia.
Trasladémonos a diciembre de 1848, cuando triunfó la “revolución” de Manuel Isidoro Belzu. Entonces el clivaje se designaba directamente: Con Belzu, el “cholaje”; con los depuestos ballivianistas y velasquistas (José Miguel de Velasco era cruceño, por cierto), los “caballeros”.
Tal fue la contradicción que tensionó a Bolivia hasta la Guerra del Pacífico, y que luego se renovó como el enfrentamiento entre liberales (cholos) y constitucionalistas (caballeros), republicanos (cholos) y liberales (convertidos en caballeros), nacionalistas – barrientistas (cholos) y falangistas (caballeros), udepistas (cholos) y banzeristas (caballeros), condepistas – ucesistas (cholos) y gonistas – banzeristas – miristas (caballeros) y, finalmente, masistas (cholos) y “opositores” (caballeros).
Hay que decir que muchas veces los cholos han ganado, aunque no siempre, pero rara vez han gobernado efectivamente. Generalmente han sido usados como mayorías electorales, como apoyo de proyectos progresistas o de otra índole, y luego han sido desechados y decepcionados por sus sucesivos caudillos, varios de ellos caballeros.
El momento del MAS (2003-2025) fue el único que permitió el autogobierno de los cholos (que, como signo de libertad, se llamaron a sí mismos indios), pero finalmente también se diluyó por el motivo de siempre: la corrupción y “señorialización” de los dirigentes.
Durante el periodo del MAS la confrontación entre cholos y caballeros (entre las “dos Bolivias” que muchos niegan, pero que reaparecen siempre) se implicó en otras contradicciones: izquierda versus derecha, estatistas versus privatistas, reeleccionistas contra pititas, últimamente socialistas versus libertarios, pero sin desaparecer en ellas, siendo más bien una suerte de significante articulador de las demás cadenas significativas. Significante vacío, que puede llenarse tanto de organizaciones sociales como de excapitanes de la Policía o pastores coreanos medio chiflados; y, del otro lado, tanto de gente de antiguos apellidos como de “indios buenos” y europeos nacionalizados no hace mucho.
Hoy, con la virtual desaparición del MAS, la polarización nacional ha perdido muchas de estas sus antiguas connotaciones no racializadas y así se ha quintaesenciado, denudando la “contradicción principal” del país: las dos Bolivias, cholos contra caballeros.
Esta contradicción es el resultado perverso de nuestra condición poscolonial y del racismo de nuestra sociedad. Por eso es una brecha muy difícil de superar. En este momento ya se alinean obedientemente los unos con los propios y los otros con los suyos. Los primeros, para despreciar (llamando “Lari” a Lara, por ejemplo); los segundos, para rentabilizar políticamente el agravio histórico.
Como dice Claudia Peña, el núcleo de la identidad chola es este agravio, la necesidad de un reconocimiento que siempre ha sido negado. Este bloqueo en el reconocimiento ha producido masivas perturbaciones psíquicas y políticas a lo largo de nuestra historia. “Cholos resentidos”, decían los antiguos caballeros, ellos también muy resentidos porque su racismo tradicional ya no lograba contener a la cholada que, movida por el agravio, avanzaba en los negocios (“chola llena de plata”), la política (“cholo huayraleva”), en el foro (“cholo doctorcito”) y en los claustros universitarios (“cholo letrado”). Al final, era una batalla de resentidos contra resentidos; ¿qué de bueno podía salir de esto?
Hoy el sentimiento de la élite boliviana no es muy distinto. Se expresa, por ejemplo, en la consigna de la señora jailona en la peluquería: “No queda de otra que votar por Tuto”.
No extraña, entonces, que Samuel Doria Medina esté recibiendo una enorme presión para que no se confunda e identifique bien a los que “son” y los que “no son”. La que viene será una elección de colores y Doria Medina ha resultado, miren ustedes, daltónico. Es una pena para Bolivia que una golondrina no haga verano.
(*) Fernando Molina es periodista














































































