En una ponencia este año, el estudioso de la Comunicación Política, Mario Riorda, señalaba que 9 de cada 10 contenidos que circulan en campaña electoral son negativos. La cifra dimensiona lo ocurrido con este campo de estudio y práctica: en apenas dos décadas, bajo el rótulo de profesionalización, en las estrategias electorales hoy prima una desmesurada industrialización de contenidos en las campañas negativas.
A pesar de la carga subjetiva del término, cuando hablamos de guerra sucia nos referimos a un conjunto de estrategias que buscan deteriorar la imagen del adversario mediante ataque, difamación, descalificación o desinformación. Hasta ahí, se sabe que estas acciones son cuestionables, pero no necesariamente hoy todas ilícitas. Su esencia es desprestigiar al oponente y generar emociones negativas que influyan en la decisión de voto. Y su efecto radica en activar/potenciar indecisión, desconfianza, miedo, hastío o rechazo mediante saturación. Para ello se acude a rumores, medias verdades, manipulación informativa u operaciones de desinformación.
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En Bolivia, la guerra sucia se ha normalizado al punto de convertirse en el paisaje habitual de campaña. Lo paradójico es que cada intento por limitarla que ha promovido el Órgano Electoral Plurinacional termina siendo usado como insumo para intensificarla. Ocurrió con el silencio electoral en la primera vuelta y está ocurriendo tras la firma del acuerdo de no incurrir en guerra sucia ni desinformación. En lugar de frenar ataques, el compromiso está siendo instrumentalizado como nueva trinchera de manipulación y descrédito.
No obstante, si bien la firma del acuerdo merece ser reconocida, debiera quedar al menos para el apunte, el momento elegido. La novedad nace para nuestra inaugural segunda vuelta, un proceso inédito del que estamos aprendiendo todos, pero que por definición es polarizador y generador de voto rechazo. Pretender inaugurar allí un mecanismo experimental de autorregulación resultó -lo estamos (vi)viendo- más detonante que freno. Esto confirma que los acuerdos públicos funcionan poco cuando se limitan a la formalidad de una rúbrica. Son verdaderamente efectivos si están respaldados por trabajo previo de construcción de voluntades y mecanismos de seguimiento posteriores. De lo contrario, se quedan dónde están ahora: en el terreno de las buenas intenciones.
Asumir que la guerra sucia llegó para quedarse no equivale a resignarse. Supone enfrentarla con estrategias múltiples: sociedad civil mejor alfabetizada mediáticamente para identificar y detener la propagación de falsedades; normativa actualizada y con mecanismos de control técnico (que, aunque complejos en el entorno digital, no son imposibles) y definición más precisa de categorías que permitan distinguir un verdadero ataque de guerra sucia de un pugilato de corte político.
Al final, lo que se intensifica y se expone en los contenidos de las campañas electorales está siendo un espejo incómodo: nos refleja el precario nivel de política que se nos ofrece, la fragilidad de una institucionalidad que no logra intermediarla y una cultura ciudadana política cada vez menos democrática. Ahora nos inflamamos los hígados con el ruido del ataque y la mentira entre candidatos, pero si le hacemos Scroll a lo que sigue, pronto estaremos viendo en Live el desgaste de la democracia, la erosión de nuestra confianza entre bolivianos y el vaciamiento de nuestra política como oportunidad de (re)construcción de país.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Red X: @verokamchatka















































































