El sorpresivo triunfo electoral del binomio del PDC está siendo interpretado de diversas maneras. Por lo pronto, todos los focos apuntan obsesivamente a Edman Lara buscando desatar pasiones y temores de todo tipo en torno al personaje, polarizando con fines electorales, pero sin que eso nos permita entender cabalmente lo que esto nos dice sobre la nueva política y acerca del cambio social.
Aunque se necesita aún más investigación para contar con un diagnóstico definitivo sobre las razones de la victoria de Rodrigo Paz y Edman Lara en la primera vuelta, se intuye que tuvo que ver con una combinación de las virtudes de algunos de sus protagonistas, pero, de igual modo con una gran dosis de fortuna, es decir de la conjunción de situaciones coyunturales, varias de ellas imprevistas, que facilitaron su génesis.
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Tampoco parece que fueran el resultado de un solo factor sino de la convergencia de varias situaciones, actores y estrategias. Es decir, detrás del resultado electoral del PDC está la audacia y pragmatismo de Paz, la fuerza de ese gran personaje que es Lara, el dinamismo de varios pequeños emprendedores políticos informales que trabajaban desde hace mucho sus propios territorios electorales y el oportunismo de última hora de numerosas organizaciones sociales que querían sobrevivir al naufragio masista. Son muchas cosas que aisladas hubieran tenido un efecto marginal pero que combinadas en un entorno favorable desestabilizaron todos los pronósticos.
Todas parecen tener un hilo conductor, mínimo pero relevante: surgen como alternativa ante el rechazo de las elites políticas de izquierda y de derecha y en los intersticios de un sistema político que se estaba derrumbando. Las encuestas nos decían desde hace varios años que la gente quería otra política y que estaba cansada de todas las dirigencias. Faltaba el artefacto o el líder que expresara esos malestares. La coalición en torno a Paz y Lara fue la tardía y sorprendente cristalización de esos reclamos, ellos supieron estar en el momento y en el lugar donde había que estar, a veces esa es la mayor virtud en política.
De todos ellos, Lara es el más interesante, el que llama más la atención y también al que su propia fuerza y el ataque de sus adversarios lo están colocando en el centro de la coyuntura. El es el que mejor expresa la distorsión, el quiebre, particularmente por su historia de vida, sus formas y estética. Por eso, las polémicas podrían más bien reforzarlo, ratificando la sensación de que está a lado del pueblo, que los poderosos le temen y que por eso están dispuestos a hacer todo para evitar que llegue al gobierno.
El variopinto discurso de los diversos portavoces del PDC, que para algunos es demostración de falta de consistencia y orden, tiene la ventaja de responder a los deseos heterodoxos de las mayorías populares en este momento histórico: libertad para enriquecerse y emprender, protección social porque es una tarea ineludible del Estado, justicia para los débiles y rechazo a la corrupción de los poderosos. Llama la atención, sin embargo, lo poco importante que es la estabilización macroeconómica en ese paquete, eso podría ser un problema en el futuro.
Ideas transmitidas además por un señor, como Lara, que parece autentico, que vive como la mayoría, que habla igualito, que mete la pata como todos, y que muestra eso a toda hora gracias a la magia de un celular y el tiktok. Lara y su vida son su mejor programa, son su carta de presentación, no necesitan explicarse, se ven en las pantallas negras de todos, por eso es difícil enfrentarlo.
Pero Paz y Lara no serían todo eso si no fueran consistentes con algo más grande y profundo, me refiero a la sociedad que ha emergido en este primer cuarto de siglo cuya vanguardia son los diversos mundos plebeyos, informales y ansiosos de movilidad social que predominan en Bolivia. Por eso el proyecto restaurador de las derechas tradicionales era y es inconsistente, al igual que el anquilosamiento de las izquierdas que contribuyeron a este cambio pero que no lo entienden. Había espacio para algo que no sea ni lo uno, ni lo otro.
Por supuesto, eso no quiere decir que estos candidatos tengan las respuestas adecuadas a las pulsiones que recogen. La experiencia del MAS nos ha enseñado que no basta con expresar las demandas populares en una coyuntura favorable. Para avanzar se precisa de un proyecto político y socioeconómico claro, coherente y viable, como fueron la nacionalización y constituyente a inicios de este siglo, y de una articulación de actores amplia y cohesionada en torno a un liderazgo indiscutible o al menos a un par de ideas fuertes.
En ese sentido, el barroco programa del PDC, en el papel y en el discurso, no despeja las dudas acerca de su capacidad para llevar a cabo al mismo tiempo un ajuste macroeconómico, una gran descentralización, una transformación productiva, un mayor gasto social y una profunda reforma del estado. No se podrá hacer todo eso al mismo tiempo, no será posible contentar a todos, habrá que distribuir los costos y por tanto habrá más de un desilusionado.
(*) Armando Ortuño Yáñez es investigador social














































































