¿Puede el arte ser una herramienta virtuosa para el activismo, la memoria y -además- la economía? La reciente residencia artística del boricua Bad Bunny ha probado que sí.
En el lapso de 71 días, entre julio y septiembre, Bad Bunny realizó 31 conciertos, agotando todas las entradas. Se calcula que convocó a más de 600.000 asistentes y a más de 30 artistas invitados. Participaron estrellas locales y leyendas de la música latina, además de artistas emergentes locales y grupos folklóricos.
El concepto “No me quiero ir de aquí” se planteó como un homenaje a Puerto Rico y a las raíces del artista, incorporando diversos elementos y soportes que apuntaban a reafirmar la identidad local, logrando con todo el diseño y producción la atmósfera de un gran espectáculo mundial, pero con esencia local.
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Bad Bunny pudo hacer una gira internacional en escenarios más comerciales, pero eligió a su país, logrando un impacto sin precedentes.
Se estima que toda la serie de conciertos inyectó entre USD196 y USD 380 millones de dólares a la economía local, que incluye tanto los ingresos directos, como el gasto turístico en alojamiento, transporte, gastronomía y otros gastos.
En el plano cultural y social, el fenómeno Bad Bunny generó sentido de orgullo y unidad en el pueblo puertorriqueño, con un matiz emocional, pues el artista dedicó la residencia sus paisanos en todo el mundo, recordando especialmente a aquellos afectados por el huracán María. Estos gestos convirtieron cada concierto en algo más que entretenimiento, generando un espacio de catarsis colectiva y celebración de la resiliencia puertorriqueña.
La residencia también significó empleo y dinamismo. Cada show involucró a cientos de trabajadores y se estima que los gastos del público en los conciertos generaron más de tres millones de dólares adicionales en recaudación impuestos para el gobierno. En resumen, “No me quiero ir de aquí” fue un fenómeno que revitalizó la economía, promovió la cultura local y unió a la sociedad puertorriqueña en torno a la música y el orgullo patrio.
La retransmisión global en vivo del concierto final (gratuita vía plataformas de streaming) cerró por todo lo alto en un escenario global.
Por otra parte, sabido es que desde 1898, cuando la isla pasó al dominio de los Estados Unidos, se la ha mantenido bajo un estatus colonial y dependiente, con mucho control económico, político y militar. Además, hace unos meses el gobierno de Trump ordenó la paralización de fondos de reconstrucción y de préstamos para la isla, lo que hace prever una época aún más difícil. Tras años de crisis económica, endeudamiento y desastres naturales, el país enfrenta un proceso de transformación dispar. Si bien el turismo, las inversiones extranjeras y los incentivos fiscales han dinamizado sectores como el inmobiliario y el tecnológico, los beneficios contrastan con una creciente desigualdad social y el desplazamiento de la población local.
Por todo esto es que la experiencia lograda por Bad Bunny, que decidió devolver algo de sus triunfos a su lugar de origen y convertirlo, por unas semanas, en el epicentro mundial de la música latina, es una lección para muchos. Este fenómeno puede ser un aprendizaje de lo que se puede lograr fomentando el arte y la cultura, a través de políticas públicas y de autoridades comprometidas. Creo en que aún es posible, porque tampoco me quiero ir de aquí.
(*) Isabel Navia Quiroga es comunicadora y periodista














































































