Es un fenómeno social, una suma de concesiones individuales ante un no ser intangible que uniformiza y, como el genio de la lámpara, otorga el deseo colectivo de las igualaciones, que no es la misma cosa que las igualdades. Sí. Es la moda. La que da el visto bueno a la renuencia mayoritaria de distinguirse. La que viste y desviste, la que modela y ciega y envuelve de una luz aparente a las tribus, a los barrios, al habla, a las ideas, a los sombreritos, a las faldas, a las corbatas, a los cortes de pelo, a las tendencias pasionales, a los clubes deportivos, a las elecciones gastronómicas. La moda, una entidad sin ser, una energía sin entropía que no se detiene y se transforma por la voluntad involuntaria de cientos de personas en busca de la identidad extirpada.
Jacques Pelletier, un asaltante, francés, del siglo XVIII, en 1792, para mayor exactitud, puso de moda con un enorme sacrificio personal, andar por ahí, desprovisto de cabeza, cercenada por una guillotina, invento de un señor de apellido Guillotin, que por cierto, no siguió la moda y murió por otros motivos, manteniendo sus preferencias en cuanto a las formas de morir, al margen de la tendencia principal. La moda esa se fue paulatinamente cambiando hasta bien entrado el siglo XX, durante el cual se la empezó a ver de diferente manera. Más cruel, más sangrienta, menos circense, menos programa de acción en vivo.
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El vaquero montado en un caballo, con cara de misterioso, el vaquero, no el caballo, puso de moda encender un cigarrillo como una muestra de poder, sin importar demasiado la marca sino la actitud y el hecho, quizás de una mal entendida rebeldía o un simple acto de arrojo; como una muestra de libertad que podría ser expresada como “mis pulmones, mi decisión”. Años después y paulatinamente se fueron apagando los cigarrillos, en los bares, en las casas, en los salones de los clubes, en las calles de algunas ciudades, en el imaginario de las nuevas gentes con ideas, o nuevas, o innovadas eficazmente desde un lugar inmanente, desconocido, sospechado.
La abuelita de la nieta, sin nombre ni género, por si acaso, denominada con el número Pi, para no entorpecer el incierto desarrollo de ese ser, no entiende a qué lado va el rapado del cabello para denotar o identificar qué en la persona que lo lleva, o que, en verdad, no lo lleva. Un rapado no se lleva, es la falta de cabello, por lo que habría que darle una vuelta a la ontología de la ausencia. Cosa complicada de explicar y peor aún a una señora cuyas ideas fueron construidas en otros contextos. Entre las ideas y el tiempo podría haber la misma relación que entre estímulos y sensaciones en la ley de Flechner y Weber. En una persona con ideas fuertemente acentuadas, el paso del tiempo no implicará un cambio drástico en sus ideas, podrán cambiar las ideas de la otredad, de generaciones jóvenes, pero las de ella, no. Difícil. Por eso, le cuesta saber de qué va la moda de los rapados, o de los teñidos, o de la brevedad de los mensajes, o de la tendencia a no contestar el teléfono, pero mandar mensajes grabados, y escucharlos. Como una manera de hablar, pero no en vivo sino en diferido. O de pagar por asistir a una obra escénica o a un concierto, y grabarlo, esperando que acabe lo más pronto posible, para compartirlo en todas las redes posibles, para decir que ahí estuvo quien grabó, sin importar en verdad el evento sino el hecho de haberlo registrado, como parte de una nueva moda denominada ahora, el despuesismo. Importa solo el después, y después del después, nada, el abismo de la nada.
(*) Óscar García es compositor y escritor
















































































