Es sábado, hay silencio electoral. Acaba un largo proceso que, a ratos, se nos hizo incierto. Estamos listos para cumplir nuestro rito democrático quinquenal. Llegamos agobiados por el desajuste económico, pero en un clima social pacífico y mucho más ordenado de lo que se podría esperar. Habrá alternancia y esta debería realizarse sin demasiados dramas. Para los que acostumbran vivir en el lamento permanente, la sociedad les está demostrando, otra vez, su vitalidad en lo más importante, en su capacidad para sortear las crisis por medio de esa barroca pero tan boliviana combinación de negociación, conflicto callejero y urnas.
Soy de la primera generación que vivió gran parte de su vida en democracia, después de un largo periodo dictatorial. En estos más de cuarenta años, votamos muchas veces, nuestras ideas políticas perdieron y ganaron en las urnas, vivimos miles de conflictos y observamos movilizaciones históricas, apoyamos grandes proyectos y en otras no nos quedó otra que elegir autoridades por descarte, vimos la grandeza, los frutos y vicios del poder, pensamos estar, a veces, al borde del abismo, pero también nos dimos cuenta que teníamos la habilidad para dar un paso atrás en el momento preciso a la espera de la siguiente crisis.
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Contrariamente a lo que piensan algunos, creo que después de esos avatares, hoy somos una mejor sociedad, con mayores capacidades y sobre todo mucho menos encorsetada en las jerarquías sociales y étnicas discriminatorias que aún prevalecían a inicios del periodo democrático. Y eso nadie nos lo regalo, lo fuimos conquistando, cada uno desde nuestras íntimas experiencias y esfuerzos para hacernos cargo de nuestras vidas en entornos socioeconómicos difíciles, pero también colectivamente mediante una política democrática en la que fuimos ampliando derechos y poder para las mayorías mediante la combinación potente de movilización callejera, negociación política y la fuerza de las urnas.
Este periodo electoral fue también una nueva demostración de la sabiduría ciudadana, esa que nos sugiere que ningún poder, por muy grande que sea, es eterno y que tarde o temprano el pueblo emitirá su veredicto sobre su desempeño mediante el voto poniendo las cosas en su lugar. Advertencia a los poderosos de turno, pero también certidumbre de que hay maneras ordenadas, asumidas por la gran mayoría de la ciudadanía, de solucionar los impasses políticos. Cultura democrática le llaman a esa virtud los académicos, esa que los amargados de siempre dicen que no tenemos porque nunca dejaremos de ser “un pueblo enfermo”.
En poco menos de un año, la fuerza política más poderosa de la reciente historia no solo perdió abrumadoramente las elecciones, sino que está garantizando el proceso y se está preparando a entregar al poder. No es poco a la vista de los desarreglos y dramas en otros países en circunstancias similares. Bien por los votantes que pusieron lo suyo con su paciencia y su participación masiva y disciplinada, pero también reconozcamos a nuestra tan criticada clase política y gubernamental por haber optado por esa vía, nunca fue algo obvio.
De igual modo, este desenlace no habría sido posible sin las definiciones y acuerdos políticos, explícitos e implícitos, que se produjeron en el último año. En varios momentos, el proceso pudo descarrilar, con costos elevados para la estabilidad, pero algunas instituciones funcionaron y ciertas voluntades políticas viabilizaron los escenarios más constructivos. ¿Podría haber existido un mejor escenario? Por supuesto, la exclusión de ciertos actores políticos no fue positiva y está dejando problemas que complicaran la gobernabilidad futura y quizás se habría necesitado también que la fase final del proceso sea menos incierta y haya dado más tiempo a la discusión de los problemas de la nación. Pero, con esos bueyes habrá que arar, no se pudo, lo importante es que llegamos a la transición en orden y paz.
Por supuesto, los desafíos del siguiente gobierno serán enormes y las condiciones sociales y políticas para gobernar el país son frágiles, lo cual es normal en contextos de gran pluralidad y de recomposición política como el que empezaremos a vivir el lunes próximo. Tampoco hay que hacerse ilusiones, ninguna de las dos fuerzas en competición tiene un proyecto político renovador de largo alcance y menos aún ha logrado construir una adhesión masiva en torno a sus ideas.
Por tanto, no deberían cometer el error de creer que los votos que obtendrán el domingo son un respaldo sólido y acrítico a sus propuestas o liderazgo. El resultado será más la expresión de los rechazos que los apoyos que suscitan los dos candidatos calificados para la final. Por eso mismo, lo deseable es que los actores políticos entiendan que no habrá hegemonías por un largo tiempo, que el poder está muy repartido, que habrá que negociar y entender que no se puede eliminar a nadie del juego y particularmente que la gobernabilidad se construirá todos los días con resultados y con una comunicación permanente con una ciudadanía mayoritariamente descreída. Que el nuevo juego comience.
(*) Armando Ortuño Yáñez es investigador social















































































