Donald Trump ha consumado, en tiempo récord, la demolición del ala este de la Casa Blanca para construir un salón de baile. Es una de las tantas afrentas al patrimonio arquitectónico que registra la historia de regímenes autoritarios que hacen lo que les da la gana con la memoria edificada de los pueblos.
Recordemos que en el año 2012 Evo Morales y sus adláteres aprobaron la demolición de la Casa Alencastre para construir la llamada Casa Grande del Pueblo, un mamotreto que alberga algunos ministerios y un bulín (los muros interiores, decorados con pinturas alegóricas de “nuestra cosmovisión”, celebran ese encuentro simbólico entre una voluminosa burocracia y las efímeras pasiones humanas). En su momento, reclamamos por este medio, el desmesurado proyecto. No nos escucharon y comenzaron otra intervención, igual de desmedida, la Asamblea Legislativa Plurinacional. Ahora en la Plaza Murillo quedan, como “testigos insobornables de la historia”, dos enormes electrodomésticos: un refrigerador y un microondas. El autócrata de entonces, su vice, ministros y arquitectos, estaban tan embriagados con el poder como lo estuvieron en su época Napoleón III, Hitler, o Ceaucescu.
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Ahora es el turno de Trump. Demolió una tercera parte de la sede histórica del imperio, la Casa Blanca, para construir un salón de bailes de estilo neoclásico. Será algo parecido a un salón del Caesars Palace de Las Vegas en pleno Washington D.C. El estudio a cargo es McCrery Architects, cuyo arquitecto jefe declaró: “la mejor arquitectura estadounidense es la arquitectura clásica hecha estadounidense” (sic). Al anunciar el proyecto, Trump aseguró que la construcción no afectaría al edificio principal, después demolió sin asco: el Salón del Jardín Este, el Teatro Familiar y la Columnata Este, además de un complejo de oficinas. Los voceros han explicado que todo será modernizado incorporando mejoras tecnológicas en el búnker subterráneo, el famoso Centro de Operaciones de Emergencia Presidencial. Como en otros ejemplos históricos, la demolición ha avanzado sin que el proyecto sea aprobado por los organismos regulatorios o las consultas públicas exigidas para estas obras en los edificios históricos y patrimoniales de EEUU.
Cambian los protagonistas y las sociedades, pero la tragicomedia es la misma. Es el poder político que avasalla comunidades, memorias y regulaciones. Y ahí, pegaditos a ese poder, están arquitectos y arquitectas como Albert Speer, Anca Petrescu o James McCrery. El ego y la mitomanía de líderes autocráticos y profesionales arrogantes se ponen en sintonía para desmantelar, ensoberbecidos, la historia edificada por sus antepasados.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto















































































