Bolivia debe terminar de cambiar. Lo viejo tiene que acabar de morir y lo nuevo exige concluir de nacer. Ya es demasiado tiempo de transición, de incertidumbre. Ya estuvo bueno de ensayos y experimentos. Es hora de definiciones y de avanzar. Todas las sociedades pasan por etapas de mutación, pero es necesario llegar al final del proceso.
Lo más importante que debe cambiar es nuestro sometimiento a los caudillos circunstanciales, a las minorías eficaces, al desorden y a la anomia. Nuestra única y exclusiva servidumbre debe ser a la ley. Este principio, tan simple como portentoso, es la piedra basal sobre la que se erige la convivencia concertada entre los iguales. Solo si nos gobierna la ley y no las pasiones de las personas, seremos una comunidad de destino. Ya hemos soportado demasiado la dictadura de los corporativismos, la imposición de los más fuertes y organizados. Es tiempo de depositar el poder en la ciudadanía, en la mayoría social, repito, en la ley.
En nuestra historia hemos padecido todo tipo de dictaduras: las de los oligarcas y terratenientes, las de los militares, las de la partidocracia excluyente y las de las minorías eficaces denominadas “movimientos sociales”. Todas tuvieron en común el sojuzgamiento de la mayoría ciudadana y el incumplimiento de la ley.
Por ello, producir el verdadero cambio significa pasar de la anomia (estado de naturaleza) a la vigencia del Estado de Derecho. Cumplir la ley es un requisito indispensable y no un simple adjetivo de la construcción de una sociedad democrática.
Cumplir la ley es tarea de todas y todos. El Estado debe hacerla cumplir y la ciudadanía tiene que cumplirla El camino fácil de la burla a la norma debe ser desterrado por ambas vías: a) mediante la educación cívica que convenza de la virtudes de hacer fila, respetar el semáforo, botar la basura en el bote, llegar a tiempo al trabajo, hacer los deberes, dejar de coimear, no robar, ser tolerante, respetar a los demás, no matar, etcétera, y b) a través de la intransigencia del Estado para no permitir los vejámenes de los delincuentes, sean quienes sean.
Bolivia también debe cambiar la manera de gestionar su economía. Ya no podemos continuar en este círculo vicioso de estatismo, desregulación y vuelta al estatismo, cuyo rasgo común enfermizo es el rentismo. Nos hemos enviciado de rentismo. Todas y todos, departamentos, regiones, municipios, jóvenes, gente madura y de tercera edad, pobres y ricos esperamos todo de la renta de los recursos naturales que azarosamente están en nuestro territorio, (anteayer minerales, ayer petróleo y gas, hoy litio). Diversificarse o morir, debería ser nuestra consigna. Una cruzada que surja de todas partes; del estado y de la ciudadanía para desarrollar el turismo, la tecnología, la agricultura, la bioenergética, el manejo sostenible de los bosques y dejar de esperar nuestro pedazo de limosna de la renta nacional, es lo que debe cambiar para tener futuro.
Debe cambiar la educación. Seguimos haciendo lo mismo, esperando resultados distintos. Con maestras y maestros mal pagados, con presupuestos magros del estado central y de los gobiernos autónomos y sin infraestructura básica, la educación seguirá languideciendo. Y sin educación de calidad no hay chance en el mundo competitivo que vivimos. Aquí necesitamos un shock inédito. El presupuesto asignado a la educación debe multiplicarse por cuatro. De inmediato se debe triplicar el salario de las maestras y maestros, iniciar un agresivo programa de capacitación, debemos financiar miles de becas de estudiantes en las mejores universidades del mundo y dotar de infraestructura moderna y suficiente hasta la última escuela del país.
Anomia, rentismo y sistema educativo caduco vs. cumplimiento de la ley, diversificación económica y educación de calidad. Bolivia debe cambiar.
Ricardo Paz
es sociólogo.















































































