Nací en octubre de 1959. Pertenezco, por tanto, a una generación que todavía aprendió a esperar. Esperar el cumpleaños, esperar la navidad, esperar la carta que llegaba semanas después de haber sido enviada y, por supuesto, esperar cuatro años para volver a ver un mundial de fútbol.
El primer mundial que recuerdo fue el de Inglaterra 1966. Tenía seis años y apenas entendía las reglas del juego, pero comprendí algo mucho más importante, que durante un mes el mundo entero parecía hablar un mismo idioma. Desde entonces han pasado sesenta años, catorce copas del mundo y una vida entera. El torneo que comenzó el 11 de junio de 2026 es el decimoquinto mundial que veo.
Si la biología coopera y la fortuna me acompaña, quizás alcance a ver veinte. La mera posibilidad me parece una razón suficiente para sonreír.
A lo largo de estas seis décadas han cambiado las reglas, los jugadores, los sistemas tácticos, los balones, los estadios y hasta la tecnología. Lo que no ha cambiado es la capacidad del fútbol para convertirse en uno de los grandes escenarios de la vida cotidiana.
Los sociólogos solemos buscar explicaciones complejas para fenómenos sencillos. Sin embargo, pocas cosas revelan tanto sobre una sociedad como la manera en que vive el fútbol.
Allí aparecen las identidades colectivas, los sentimientos de pertenencia, las rivalidades históricas, las aspiraciones nacionales y los sueños individuales. En noventa minutos se condensan emociones que, fuera del estadio, tardan años en manifestarse.
Eduardo Galeano escribió que el fútbol condena a lo inútil aquello que es inútil y, sin embargo, rescata lo esencialmente humano, o sea, la alegría, la fantasía y el placer de jugar. Como casi siempre, Galeano tenía razón. Porque el fútbol es una de las pocas actividades modernas donde millones de personas aceptan emocionarse por algo que no tiene utilidad práctica alguna. Ningún gol reduce la inflación, ningún campeonato mejora las carreteras y ninguna copa elimina la pobreza.
Sin embargo, un gol puede hacer llorar a un país entero o paralizar una guerra. Y eso dice mucho acerca de quiénes somos. Quizás por eso tantos escritores, filósofos y pensadores terminaron fascinados por este juego aparentemente simple.
Albert Camus, que fue arquero antes de convertirse en premio Nobel, afirmaba que todo lo que sabía sobre moral y obligaciones se lo debía al fútbol. Jorge Valdano sostiene que este deporte es un estado de ánimo. Juan Villoro lo define como una patria portátil. Pep Guardiola habla del balón como si fuera una extensión de la inteligencia humana. Carlo Ancelotti, más pragmático, recuerda que detrás de cualquier sofisticación táctica siguen estando las personas y sus emociones.
Todos ellos hablan de algo más profundo que un deporte. Hablan de la condición humana.
Con los años he descubierto que mi memoria personal está organizada, en parte, por los mundiales. Recuerdo dónde estaba en 1970 viendo a Pelé, la naranja mecánica de 1974, la gran Argentina de 1978 más allá de la dictadura, la tristeza de Brasil en 1982, la mano de Maradona en 1986, la venganza germánica con ayuda de Codesal de 1990, ¡Bolivia en el mundial de 1994!, la delicadeza francesa de 1998, el renacimiento de la canarinha en 2002, el cabezazo de Zidane en 2006, la precisión casi matemática de España en 2010, la demoledora Alemania en 2014, la sorprendente Croacia de 2018 y la coronación de Messi en 2022.
Cada generación tiene sus álbumes de recuerdos. El mío está lleno de camisetas, relatos radiales, fotografías borrosas, videos inolvidables y goles imposibles.
La sociología de la vida cotidiana enseña que las personas construimos sentido a partir de rituales compartidos. Y pocos rituales son tan universales como sentarse en la tribuna o frente a una pantalla para ver un partido decisivo. Durante noventa minutos suspendemos las diferencias sociales, políticas e ideológicas. El abogado y el albañil, el empresario y el estudiante, el presidente y el desempleado observan el mismo balón rodar sobre el mismo césped. No ocurre muchas veces en la vida.
Por supuesto, el fútbol también puede mostrar nuestros peores rasgos, el fanatismo, la intolerancia, la violencia y la manipulación política. Pero incluso entonces funciona como un espejo. No inventa nuestras virtudes ni nuestros defectos, simplemente los amplifica. Mientras escribo estas líneas, comienza a desarrollarse un nuevo Mundial.
El número quince de mi vida. Ya en la inauguración volví a emocionarme como aquel niño de seis años que observó fascinado la final en Wembley. Sé también que volveré a escuchar a quienes consideran absurdo dedicar tanta pasión a veintidós personas que persiguen una pelota. Tal vez tengan razón. Pero sospecho que esa es precisamente la grandeza del fútbol. Que, siendo apenas un juego, nos ayuda a comprender la vida. Porque, al final, todos jugamos nuestro propio partido contra el tiempo.
Todos celebramos victorias efímeras, sufrimos derrotas inevitables y aprendemos que ningún resultado es definitivo. Todos, de alguna manera, terminamos descubriendo que la felicidad no consiste solamente en ganar, sino en seguir jugando. Y mientras exista un próximo mundial en el horizonte, habrá también una pequeña razón para seguir esperando.
*Es sociológo













































































