Jean Le Rond D’Alembert, uno de los grandes pensadores de la Ilustración, nos dejó una frase lapidaria: «La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos». En estas palabras resuena la crudeza del poder, una verdad que atraviesa los siglos y sigue latiendo en cada discurso, en cada promesa incumplida, en cada simulacro de democracia donde la voluntad popular es una marioneta en manos de hábiles titiriteros.
La política, desde sus albores, se ha nutrido tanto de la guerra como del engaño. En sus inicios, fue una herramienta de orden, un intento de superar la violencia primitiva mediante reglas, pactos y representaciones. Sin embargo, con el tiempo, dejó de ser un campo de ideas para convertirse en un escenario de estrategias, manipulaciones y ficciones cuidadosamente construidas.
Los antiguos griegos, padres de la democracia, lo sabían bien. Platón desconfiaba de los demagogos y advertía sobre el peligro de los sofistas, aquellos hábiles retóricos que moldeaban la verdad a conveniencia. Aristóteles, más pragmático, veía la política como el arte de gobernar para el bien común, pero aceptaba que la corrupción de este ideal llevaba inevitablemente a la tiranía.
D’Alembert nos confronta con una idea inquietante: así como la guerra destruye cuerpos, la política destruye almas. La guerra es brutal y directa; sus efectos son inmediatos y visibles. La política, en cambio, es sutil, persuasiva, seductora. No necesita ejércitos ni cañones para doblegar a las masas; solo precisa de discursos bien elaborados, de promesas que suenen creíbles y de símbolos que despierten emociones profundas.
La modernidad perfeccionó este arte del engaño. La propaganda política, tal como la conocemos hoy, nació con los regímenes totalitarios del siglo XX, pero su esencia ha sido adoptada incluso por las democracias más sofisticadas. Edward Bernays, pionero en relaciones públicas, comprendió que la opinión pública podía ser moldeada con la misma eficacia con la que se vende un producto. Y es que, en nuestra era, la política es un espectáculo: los líderes son actores, los debates son guiones ensayados y la verdad es una mercancía intercambiable.
En este contexto, la política no solo engaña: crea realidades alternativas. Los populistas han entendido esto mejor que nadie. Con discursos emocionales, con la construcción de enemigos imaginarios y con una retórica que apela más a las pasiones que a la razón, han logrado convertir la política en una suerte de religión secular, donde la fe ciega en el líder sustituye al pensamiento crítico.
Las elecciones se han convertido en una batalla de narrativas, no de propuestas. Los candidatos no compiten con ideas, sino con eslóganes; no con principios, sino con estrategias de marketing. Lo que importa no es la verdad, sino lo que parece verdad. Vivimos en la era de la posverdad, donde los hechos son secundarios frente a la percepción, donde la indignación es moneda de cambio y la manipulación emocional es la clave del éxito.
El filósofo alemán Arthur Schopenhauer advertía que «la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados». Hoy, esa afirmación sigue vigente. Los políticos no resuelven problemas; los administran. Si un problema se soluciona, pierden una bandera de campaña. La política del engaño consiste en hacer creer a la gente que sin ciertos líderes todo colapsará, que solo ellos poseen la solución mágica, aunque en el fondo sean los responsables del caos.
Pero no todo está perdido. Si bien la política ha sido el arte de engañar, también ha sido el arte de emancipar. No olvidemos que las grandes revoluciones nacieron de ideas políticas, que los derechos y libertades que hoy disfrutamos fueron conquistados en el terreno de la política. Es cierto que el poder tiende a corromper, pero también es cierto que existen hombres y mujeres que han hecho de la política un servicio y no una farsa.
D’Alembert nos desafía a no ser ingenuos. Nos advierte que la política, en su forma más perversa, puede ser un arma de manipulación. Pero también nos invita, indirectamente, a elevar el estándar, a exigir más, a recuperar la política como un verdadero espacio de construcción colectiva.
Porque, al final del día, la política no es un ente abstracto. La política somos nosotros. Y si dejamos que el arte de engañar nos consuma, terminaremos por aceptar la mentira como nuestra única verdad.
Es aquí donde la educación y la conciencia ciudadana juegan un papel crucial. No se trata solo de votar cada ciertos años, sino de ser partícipes activos de la construcción de la sociedad. Debemos aprender a cuestionar, a no dejarnos seducir por discursos vacíos ni por promesas sin sustento. La democracia es frágil, y solo sobrevive si la gente se apropia de ella con responsabilidad.
Si la política ha sido históricamente el arte del engaño, entonces la resistencia debe ser el arte de la lucidez. Hay que devolverle a la política su propósito original: ser un instrumento de cambio, no un teatro de ilusiones.
Es nuestra responsabilidad, como ciudadanos, como votantes, como actores sociales, romper con la apatía y el conformismo. Si permitimos que la política siga siendo solo un juego de intereses, no podremos quejarnos cuando las decisiones de unos pocos definan el destino de todos. La verdadera democracia no se reduce a emitir un voto; se construye día a día, en el debate, en la exigencia, en la fiscalización del poder.
El engaño político solo prospera donde reina la indiferencia. Y la indiferencia, al final, es el verdadero enemigo de la libertad.
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