Coloquialmente, también podríamos decir, «poner el hombro». Estas deberían ser las consignas a la espera de los próximos 17 de agosto y 8 de noviembre, días de las elecciones generales y del inicio del próximo gobierno y del periodo constitucional 2025-2030. Independientemente de credos, diferencias políticas y de la crisis, lo indiscutible es que nuestra democracia vive al límite luego de más de cuatro décadas y una exasperación social a raíz de la oscilación política y económica entre dos modelos o paradigmas, absolutamente contradictorios.
Por ello, buscando un término que defina lo que estamos viviendo en las turbulentas aguas políticas y electorales, se me ocurre que el mejor término por ilustrativo y comprensivo para la coyuntura actual es el de pantano. Según Wikipedia: Pantano o ciénaga, «es una capa de agua estancada y poco profunda en la cual crece una vegetación acuática que puede llegar a ser muy densa». En esa densidad oscura suele haber algas, insectos, culebras y malos olores. La diferencia es que en nuestro pantano político-electoral tenemos mucho más que naturaleza y más bien varias humanidades que avergüenzan.
Lo que está en juego
Suele decirse, de forma general y ligera, que en estas elecciones generales —esta o cualquier otra, acá o en otro lado— el país se juega su destino. En general, esta aseveración suele ser una forma de vender la noticia porque es el negocio comunicacional en tiempos electorales. Sin embargo, en nuestro caso, es más que evidente que con estas elecciones generales 2025, nos jugamos el pellejo y tendremos un parteaguas en nuestra historia.
Cuatro son las razones que hacen cruciales a estas elecciones generales y sobre las cuales es imprescindible reflexionar. Una, lógica y causal: Las cuatro décadas de democracia se dividen en periodos, casi exactos, de dos décadas. Por una parte, neoliberalismo ultra (abajo el Estado, vendan todo lo público y que venga inversión extranjera a salvarnos; coloniaje puro y duro) y, por la otra, estatismo a fondo (todo hace el Estado y los privados, salvo los socios de los grandes negocios, son empleados o informales; los recursos naturales proveerán). Ambos modelos político-económicos representan clases y sectores sociales contrapuestos en las visiones de país y los intereses económicos, movilidad social y origen territorial-cultural que los sostienen. En consecuencia, en las próximas elecciones generales la gente votará en función a esta ordenadora contradicción y a la vinculación colectiva e individual con uno u otro modelo; volviendo a la disyuntiva genética de nuestra joven democracia.
Crisis multidimensional
Una segunda razón es la crisis multidimensional que sufrimos, empezando por la política que, esencialmente, es la crisis del sistema de partidos políticos y de la inconducente lucha por el poder. En el caso del MAS, la fractura ha dividido al partido que ha ganado las últimas cinco elecciones generales, el único que tiene una estructura organizativa en todo el país y que con su enfrentamiento ha desatado esta profunda crisis política, económica e institucional. En el caso de las oposiciones, así en plural, la realidad es más compleja y difícil porque en dos décadas fueron incapaces de construir algún tipo de estructura partidaria —salvo Demócratas en Santa Cruz— y menos un ideario que los saque y supere en el cansino y escuálido discurso anti MAS.
La consecuencia de la crisis política es que los partidos u organizaciones políticas, que deberían ser los mecanismos mediadores y gestores entre sociedad y Estado, no tienen la capacidad de asumir esta representación y menos la disputa entre paradigmas. La crisis llega al extremo que ninguna organización logra promover cuadros y menos alentar una renovación o complementariedad generacional, cuando lo que más necesitan son ideas frescas y jóvenes que las representen. Las candidaturas visibles son un cuadro compacto de adultos mayores que no parecen haber tenido descendencia o que la reconozcan. En elecciones generales de esta trascendencia, las organizaciones políticas deben sacudir la subjetividad de los colectivos y los individuos, tocando sentimientos, alentando y confrontando democráticamente para luego movilizar, entusiasmar y alentar esperanzas por el cambio; nadie debe repetirse. No es el caso de las anticipadas y accidentadas campañas electorales que no entusiasman, no movilizan —salvo contrataciones de público— aunque aseguran confrontación y se hacen con frases para sortear la crisis con naipes y en más o menos días.
Institucionalidad y democracia
La crisis política ha arrastrado a toda la institucionalidad estatal, social y aún a la privada, pero en especial, la economía. Nuestro centro político y democrático, la Asamblea Legislativa Plurinacional, está colapsado, no está en condiciones de hacer prácticamente ya nada y al culminar los legisladores deberán desaparecer discretamente porque es una legislatura para el olvido. A partir de la crisis del legislativo, el año pasado no se pudo renovar al órgano judicial en su integridad y hoy tenemos un TCP —el más alto tribunal constitucional— lastimado en su legitimidad, pero árbitro último de la Constitución. Y para confirmar que nos falta poco para caer en la anomia y el caos, hay jueces que han decidido participar activamente de la guerrilla política electoral despachando sentencias y resoluciones a la carta, a favor y en contra de candidatos con igual desparpajo y celeridad. Felizmente la inercia del tiempo, la debilidad de los enfrentados y una inocultable indiferencia ciudadana nos sostiene. Aunque, también, hay signos alentadores como el pronunciamiento del TSJ (Tribunal Supremo de Justicia) advirtiendo a los jueces de no participar políticamente; lo mismo que la reunión de miembros del TCP con el TSE (Tribunal Supremo Electoral) para ratificar el principio de preclusión, como no podría ser de otra manera, pero que es mejor que se lo diga conjuntamente. Sin que sea lo ideal, la Directiva del Órgano Electoral no pudo renovarse a plenitud, pero salieron legalmente por la vía reglamentaria y con ello consiguen el mínimo de estabilidad institucional, en circunstancias en las cuales el ejercicio de su autoridad será determinante.
Una tercera razón es el rol decisivo y pernicioso que están jugando los medios de comunicación masivos. Desde ahí se dicta el tema en discusión, a quiénes se debe confrontar con quiénes, a quiénes se los debe corretear para hacerlos hablar como sea, etc. De lo que se trata es de alentar la confrontación porque eso eleva el rating y alienta los contratos; ya ni hablar de las nefastas encuestas realizadas sin control o fiscalización, a capricho del financiador. En una vereda están las inabarcables redes sociales que vía TikTok, influencers y otros recursos desempeñan un rol esencial por la vía de las entrevistas, los rumores o las campañas electorales solapadas. Algunos candidatos los usan, pero sus formatos son limitados porque solo alcanzan para slogans, frasecillas y poco de comunicación política. En cuanto a los medios de comunicación tradicionales —periódicos escritos, digitales, televisión, radios, etc.—, sabemos que tienen dueños y accionistas y que estos tienen intereses económicos y filiaciones políticas. Lo grave es que privilegian el espectáculo, la confrontación y las agendas ocultas —como siempre, solo que ahora de forma más desembozada—, en desmedro de la información, el análisis o el debate democrático, como antes era más usual.
País abigarrado
La cuarta razón que, pese a la trascendencia coyuntural de las anteriores, es la que terminará definiendo el voto ciudadano y universal en función de la geografía cultural, étnico-rural y los conglomerados sociales urbanos y acomodados, que votarán por aquello que los identifique más cerca de sí mismos y de sus legítimos intereses. En sencillo, somos un país heterogéneo —la sociedad abigarrada de la que hablaba Zavaleta Mercado; que tiene una connotación más hacia complicado que a solo variado— en lo social, lo cultural y lo geográfico, lo que, a su vez, marca enormes diferencias económicas y de acceso a los servicios básicos; especialmente salud y educación (en el Censo del 2012, entre una mujer de la zona norte y otra de la zona sur de Cochabamba había una diferencia de 12 años de escolaridad, etc.). En consecuencia, si entendemos mejor la compleja configuración de la sociedad boliviana es más asequible nuestro dilema político-económico respecto de los dos modelos o paradigmas (estatismo o neoliberalismo), y sobre los cuales habremos de pronunciarnos en las urnas y, también, ojalá, razonar de forma más consistente en la respuesta global a la crisis y la gestión del próximo gobierno.
En consecuencia, si entendemos que, más allá del pantano electoral y las limitaciones de las candidaturas en términos de representación ciudadana y de movilización social, lo que estas elecciones decidirán será aquello que presupone, también lo decía Zavaleta Mercado, una «querella del excedente» o, lo que es lo mismo, una disputa por los bienes del Estado (incluidas miles de fuentes de trabajo), el Estado mismo con toda su enorme influencia en el desarrollo y todo lo que tiene relación con la movilidad y el ascenso social, los bienes que implican condiciones de vida y, en definitiva, la calidad de vida de las personas, los colectivos y sus entornos familiares. Y acá está el eje central de la contienda político-electoral, a los sectores acomodados les viene mejor el neoliberalismo porque sus capitales individuales se cotizan mejor y el Estado juega a su favor como fue tradicional. Para el sector social campesino indígena y popular, el estatismo es su opción porque, además, políticamente, coincide con una identidad socio-cultural. En consecuencia, el voto es altamente trascendente para dirimir nuestra suerte de Estado y la convivencia democrática y es el sentido que permite entender la política como un concentrado de la economía.
Sin maniqueísmos
Por ello es un equívoco absoluto pensar que es una lucha del bien contra el mal o que la cuestión depende del ego o la locuacidad del candidato; no, en el fondo, lejos de esas banalidades, estamos disputando cuál de las dos matrices sociales se impone a la otra y el riesgo de esta confrontación es demasiado alto, ya lo sabemos. En consecuencia, si las representaciones político-electorales de los dos conglomerados no entienden que el país y las dos o las varias Bolivias contiene ambas formaciones sociales, el resultado electoral será un triunfo circunstancial y poco constructivo si de democracia estamos hablando. Y ya sabemos lo que es hacer elecciones cada año, aunque olvidamos los costos.
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