Hablar de Antonio Gramsci implica internarse en una de las reflexiones más fecundas sobre la articulación entre cultura, política y pueblo. Entre sus nociones más sugerentes se encuentra la cuestión de “lo nacional-popular”, un concepto que atraviesa su crítica a la fragmentación de la cultura italiana y a la incapacidad de la intelectualidad para construir una hegemonía popular duradera.
Intentemos ver entonces qué significa para Gramsci lo nacional-popular, cómo opera, cuál es su relevancia en la formación de los Estados modernos y qué papel desempeñan los intelectuales en su formulación, especialmente en contextos marcados por sociedades abigarradas o un pasado colonial.
Nación y Estado
Para Gramsci, la idea de nación es inseparable de la formación histórica del Estado moderno. La construcción de una identidad nacional requiere no solo una estructura política centralizada, sino también la creación de una cultura común que trascienda fragmentaciones regionales y corporativas. Así, Gramsci observa que, en Italia, a diferencia de otros países europeos, la unificación nacional fue tardía y superficial en términos culturales. Desde su perspectiva, en la Italia de su tiempo, la cuestión fundamental es la de plantear una cultura nacional-popular, ya que falta completamente. Estas reflexiones, que se encuentran en sus Cuadernos de la Cárcel, expresan que la unidad política sin una cultura popular común está condenada a la debilidad.
La construcción nacional, según Gramsci, se basa en el principio de hegemonía: el bloque histórico que lidera el Estado necesita conquistar no solo el poder coercitivo, sino también la dirección intelectual y moral de la sociedad. Para ello, es indispensable articular las demandas y la cultura de las masas populares dentro de un proyecto nacional.
Articulación hegemónica
Gramsci emplea la expresión “nacional-popular” para señalar la necesidad de superar la escisión entre la alta cultura y la cultura popular, un fenómeno que en Italia producía una “literatura de elite” desconectada del pueblo. Afirma que no hay creación artística o literaria que sea realmente vital si no tiene relación con las grandes corrientes de la vida nacional-popular. Esta idea sintetiza su convicción de que la vitalidad de la cultura depende de su enraizamiento en las experiencias, el lenguaje y las aspiraciones del pueblo.
Para Gramsci, lo nacional-popular no es un simple rescate folklórico ni una celebración acrítica de las tradiciones; es, ante todo, una estrategia de hegemonía. Se trata de integrar las fuerzas sociales subalternas en un proyecto nacional que supere su dispersión y fragmentación. En sus palabras: “El error del intelectual consiste en creer que se pueda saber sin comprender y especialmente sin sentir y estar apasionado, es decir, que el intelectual pueda ser tal siendo distinto y estando alejado del pueblo: no se hace historia y política sin pasión, esto es, sin estar sentimentalmente unidos al pueblo, esto es, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, comprendiéndolo, o sea explicándolo -y justificándolo- en esa determinada situación histórica y vinculándolo dialécticamente a las leyes de la historia, esto es, a una concepción superior del mundo, científicamente elaborada. Si el intelectual no comprende y no siente, sus relaciones con el pueblo-masa son o se reducen a relaciones puramente burocráticas, formales: los intelectuales se convierten en una casta o un sacerdocio” La cita enfatiza que lo nacional-popular es inseparable de la práctica política y de la construcción de una nueva subjetividad colectiva.
Sociedades abigarradas y herencia colonial
Si bien Gramsci reflexiona principalmente sobre la realidad italiana, su categoría de lo nacional-popular resulta fecunda para pensar sociedades abigarradas, como las de América Latina. En formaciones sociales atravesadas por la coexistencia de modos de producción diversos, grandes desigualdades y huellas coloniales, lo nacional-popular asume un sentido estratégico: es el terreno para articular identidades fragmentadas y conflictos internos en torno a un proyecto de soberanía y democratización.
En su célebre ensayo La Cuestión Meridional, Gramsci advierte que la unidad nacional de Italia fracasó en incorporar al Mezzogiorno (el sur campesino y atrasado) como sujeto activo. La burguesía del norte no logró generar un bloque histórico nacional-popular, limitándose a ejercer una hegemonía excluyente.
La lección para contextos poscoloniales es clara: sin un proyecto nacional-popular que reconozca y articule la heterogeneidad social, la nación se convierte en una fachada que reproduce las jerarquías coloniales y bloquea la democratización de la cultura y del poder.
El modo de operar de lo nacional-popular
Para Gramsci, lo nacional-popular opera como una forma de praxis política e intelectual orientada a construir consenso. Es, en última instancia, una forma de hegemonía cultural. No surge espontáneamente; debe ser construida mediante instituciones educativas, literatura, prensa y partidos que traduzcan las demandas populares a un lenguaje nacional.
En los Cuadernos de la Cárcel, Gramsci reitera que el punto de partida debe ser el sentido común popular para transformarlo y elevarlo al sentido crítico. Revela así la dialéctica entre la cultura existente y la nueva cultura: lo nacional-popular se alimenta del imaginario y los valores del pueblo, pero al mismo tiempo los eleva y reorganiza bajo un proyecto emancipador.
El lenguaje, la literatura y la pedagogía son instrumentos privilegiados. De hecho, Gramsci dedica largas páginas a analizar la función del folletín y del teatro popular como vehículos de formación moral y política.
El rol de los intelectuales
El concepto de lo nacional-popular en Gramsci está íntimamente ligado a su teoría sobre los intelectuales. Para el italiano, los intelectuales no forman una casta separada, sino que “todos los hombres son intelectuales, aunque no todos cumplen en la sociedad la función de intelectuales.” La tarea de los intelectuales orgánicos es traducir las experiencias y aspiraciones del pueblo en un lenguaje universal, dando forma a la hegemonía nacional-popular.
Por eso insiste en que el intelectual orgánico debe elaborar y difundir una concepción del mundo coherente con la práctica social del grupo al que pertenece. En sociedades abigarradas y dependientes, la función de los intelectuales cobra una importancia radical: se trata de formar una nueva voluntad colectiva capaz de articular las contradicciones internas bajo una identidad común.
A modo de síntesis
Para Gramsci lo nacional-popular es una forma de praxis que liga cultura, política y pueblo en una misma estrategia de emancipación. No se trata de un simple retorno al pasado ni de un nacionalismo excluyente, sino de un proceso dinámico de construcción de hegemonía que reorganiza la pluralidad social en torno a un proyecto común.
La construcción de lo nacional-popular, señala Gramsci, es la condición para que la nación sea algo más que una estructura formal, apuntando a que cuando la relación entre dirigentes y dirigidos se basa en una conexión orgánica, la nación existe de veras y es potente. Esto remarca la vigencia de su pensamiento: sin lo nacional-popular, la nación es una promesa vacía.






















































































