En el marco del bicentenario de Bolivia, la socióloga y politóloga María Teresa Zegada Claure nos presenta una perspectiva crítica sobre los patrones estructurales que han definido la construcción estatal boliviana desde su fundación como Estado independiente. A través de un análisis que trasciende la historia política tradicional centrada en presidentes y caudillos, Zegada propone una lectura cíclica de la historia boliviana que permite comprender las continuidades y rupturas que han marcado estos doscientos años.
Los clivajes fundacionales: herencias coloniales que persisten
Para Zegada, Bolivia nació como república marcada por «varias fracturas que no se han resuelto con la fundación de la república». Estas fracturas, que la académica denomina clivajes estructurales, se arrastraron desde el período colonial y continúan siendo determinantes en la configuración política y social contemporánea.
«Hemos nacido como república independiente marcados por varias fracturas que no se han resuelto con la fundación de la República. Muchas de ellas realmente se han arrastrado desde el período colonial», explica la socióloga, quien identifica cuatro elementos centrales que han definido el carácter del Estado boliviano.
El primero de estos clivajes es de naturaleza económica. Nosotros nos hemos quedado como un país, —hasta el día de hoy, diría yo—, marcados por la producción de materias primas, como en su momento fue la plata. Bolivia nace como un país minero porque eso era lo que habíamos aprendido en la colonia». Esta dependencia extractivista, señala Zegada, ha sido una constante que se ha adaptado a diferentes productos —plata, estaño, gas— pero que mantiene la misma lógica estructural.
La segunda fractura es territorial. Bolivia se fundó «anclada alrededor de la minería de la plata, o sea, en el occidente del país y el oriente prácticamente era inexistente para el Estado». Esta desarticulación territorial generó lo que nuestra invitada denomina «una fisura entre oriente y occidente», que se convertiría en uno de los conflictos políticos más significativos de la historia republicana.
La exclusión étnico-cultural como patrón de dominación
El tercer clivaje identificado por la socióloga es quizás el más profundo desde una perspectiva antropológica: la persistencia de patrones coloniales de segregación. «También hemos venido de la colonia con todo un patrón de discriminación racial, étnico-cultural, de exclusión, de una visión de un país reducido a una élite muy pequeña, que era una élite letrada y urbana que vivía en las ciudades, básicamente».
Esta exclusión no fue meramente formal, sino que definió la construcción misma de la ciudadanía boliviana: «construimos un país sobre la base de esta élite, que era considerada ciudadana sobre la base de la exclusión de los sectores mayoritarios». Este patrón, según Zegada, «ha persistido por más de un siglo en la historia de Bolivia».
El análisis de Zegada desmonta la narrativa tradicional que presenta a los pueblos indígenas como actores pasivos en la construcción republicana. Por el contrario, destaca la existencia de «una relación de reciprocidad asimétrica entre el Estado y los indígenas, que viene desde la colonia», donde los sectores indígenas desarrollaron estrategias políticas propias.
«No es cierto que era una masa inerte, porque los pueblos indígenas concurrían, evidentemente, apoyando a líderes políticos, como ocurrió para la caída de Melgarejo o como ocurrió en la Revolución Federal, pero no lo hacían como una masa inerte que iba detrás de un líder. Ellos tenían su agenda propia», subraya la académica.
El caudillismo como cultura política persistente
El cuarto elemento estructural identificado es «una cultura política fuertemente caudillista», que según Zegada «ha marcado nuestro comportamiento de administración del poder y de representación de lo político». Este patrón se manifestó inicialmente en el predominio militar durante las primeras décadas republicanas, donde «todos nuestros presidentes, desde Bolívar hasta el último, han sido pertenecientes a las Fuerzas Armadas».
Los partidos políticos de la época, explica la socióloga, «en realidad no eran partidos, eran facciones alrededor de líderes que acumulaban poder para dar golpes de Estado, para voltear a procesos electorales». Esta lógica caudillista, argumenta la estudiosa, trasciende el período militar inicial y se proyecta como un patrón cultural que persiste en diferentes formas a lo largo de la historia boliviana.
Los ciclos históricos
Zegada propone entender la historia boliviana a través de ciclos estructurales antes que de cambios gubernamentales. «Este recorrido histórico hay que verlo justamente por ciclos. Normalmente se hacen recorridos históricos por cambios de presidentes, pero en realidad lo que hay que apuntar es que, para entender Bolivia, estos cambios de ciclo tienen una duración similar” con el entorno regional.
La socióloga identifica cuatro grandes ciclos: el liberal oligárquico (desde la fundación hasta 1952), el nacionalista revolucionario (1952-1985), el neoliberal (1985-2005), y el que denomina «etnonacionalismo o nacionalismo popular con rostro indígena» (2005-presente). Esta periodización permite comprender las transformaciones estructurales más allá de los cambios de gobierno.
La Revolución del 52
El análisis de Zegada sobre la Revolución Nacional de 1952 ofrece una perspectiva matizada que cuestiona tanto las narrativas heroicas como las interpretaciones reduccionistas. «No es una revolución radical. Los autores siguen discutiendo, han discutido mucho sobre qué tipo de revolución fue esta, pero en realidad no era una revolución que prometía el socialismo, igualdad social o comunismo. Era una revolución que tenía dos objetivos: la integración social y el desarrollo nacional».
La revolución, según la académica, «se propuso incluso como objetivo crear una burguesía nacional», insertándose en una lógica de «capitalismo de Estado, no de una revolución social, socialista». Sin embargo, reconoce su dimensión transformadora: «Lo verdaderamente revolucionario está primero en eso, en el cambio de la propiedad de las empresas estratégicas que pasan a manos del Estado. Por otro lado, en el gran proceso de inclusión social que hubo en esa revolución».
Las guerras como catalizadores de transformación
Un elemento particular del análisis de Zegada es su interpretación de las guerras como momentos de transformación interna. «Hay efectos de las guerras que hemos sufrido en el país que resultan ser como transformadores al interior de Bolivia. Hemos tenido pérdidas territoriales terribles, pero dentro de Bolivia esas derrotas han significado la oportunidad de transformación».
Respecto a la Guerra del Chaco, la socióloga coincide con interpretaciones como las de René Zavaleta Mercado y Silvia Riverai sobre su rol en la construcción de la conciencia nacional. «Tanto Zavaleta como Rivera Cusicanqui ubican a la guerra como el momento de construcción de la conciencia nacional. Silvia Rivera habla de este hecho como la ‘democracia de las trincheras’, un lugar donde hay por primera vez un reconocimiento de los bolivianos entre sí».
El ciclo neoliberal y la recomposición popular
El período neoliberal (1985-2005) es analizado por Zegada como una respuesta a la crisis del modelo nacionalista revolucionario, pero también como el espacio de gestación de nuevas formas de organización social. «El desencanto que hubo con las promesas del modelo neoliberal y de la democracia representativa, se fue fraguando en la construcción de alternativas, primero a nivel sindical, social, con marchas y manifestaciones».
La académica destaca el rol de actores como los cocaleros y los movimientos indígenas, que «van desde la sociedad generando espacios de politización y eso es inversamente proporcional a los partidos políticos que van decayendo en su capacidad representativa». Este proceso culmina en los conflictos del agua (2001) y del gas (2003-2005), que imponen «dos agendas»: la agenda de octubre (constituyente, recursos naturales) y la agenda de enero (autonomías).
Entre la declinación y la incertidumbre
En su análisis del momento actual, Zegada identifica signos claros de agotamiento del ciclo iniciado en 2005. «Da la impresión, por las características de crisis que estamos viviendo en este momento, de que estaríamos hablando, probablemente —pero esto es casi una hipótesis— de que estamos frente a una declinación de este modelo que se inició con el 2005, con los gobiernos del MAS».
Esta declinación no se limita al aspecto político, sino que abarca dimensiones estructurales. «Hay una clara declinación, no solamente del liderazgo político del partido que estuvo tantos años en el poder, sino también de estos otros factores estructurales: la capacidad de respuesta económica del Estado, la incapacidad de resolver la cuestión territorial».
Los desafíos del bicentenario
El bicentenario encuentra a Bolivia, según Zegada, en un momento de transición cuyo desenlace es incierto. «La gran pregunta es hacia dónde nos dirigimos, porque tampoco hay claridad sobre algo alternativo a lo cual los bolivianos puedan apostar en este momento y que sea una respuesta al país. Hay ideas, hay líderes sueltos, hay algunas propuestas, pero no hay claridad sobre qué Bolivia queremos construir hacia el futuro».
La socióloga ubica el inicio de esta transición varios años atrás, «porque la crisis económica no es de ahora, tiene por lo menos una década. La crisis política no es de ahora, viene por lo menos desde el 2016 en adelante, y como que ya estamos en esa transición, pero que no tiene forma hacia dónde nos dirigimos».
Reflexiones finales: la persistencia de los clivajes estructurales
El análisis de María Teresa Zegada ofrece una perspectiva sociológica y antropológica que trasciende las narrativas políticas coyunturales para identificar los patrones estructurales que han definido la construcción estatal boliviana. Su diagnóstico sugiere que, a pesar de las transformaciones de cada ciclo histórico, persisten fracturas fundamentales que requieren ser abordadas de manera integral.
La propuesta metodológica de analizar la historia por ciclos estructurales permite comprender que las crisis actuales no son meramente coyunturales, sino expresiones de tensiones más profundas que han acompañado la construcción republicana desde sus orígenes. En este sentido, el bicentenario no solo marca una fecha conmemorativa, sino que plantea la necesidad de reflexionar sobre los fundamentos mismos del proyecto nacional boliviano.
«Creo que el bicentenario nos encuentra con la gran pregunta: está bien, esto probablemente ya se agotó, pero ¿qué es lo que viene para el país y cuál va a ser el costo?», concluye Zegada, planteando los interrogantes centrales que deberá enfrentar Bolivia en su tercera centuria de vida republicana.






















































































