Bolivia se encuentra, una vez más, frente a una encrucijada que parece salida de sus propios espejos rotos. Dos hombres, un empresario y un policía, encarnan hoy el pulso simbólico por la vicepresidencia de la República. Dos biografías opuestas, dos visiones del país, pero una misma ambición: el poder. Y no cualquier poder, sino aquel que, desde la sombra del Palacio Legislativo, sostiene el equilibrio —o el desequilibrio— de las leyes, la moral y la historia.
Porque el vicepresidente, aunque muchos lo olviden, no es solo el acompañante de un presidente. Es, en la arquitectura republicana, el guardián del orden legislativo, el segundo corazón del Estado y, en no pocas ocasiones, el verdadero rostro del poder cuando la figura presidencial se eclipsa. En Bolivia, esa silla no solo ha sido testigo, sino cómplice de las grandes tragedias políticas: traiciones, golpes, conspiraciones y pactos sellados con la sangre de las ilusiones.
Hoy, esa silla vuelve a ser disputada por dos símbolos: el orden y el dinero. Un excomandante policial que representa el poder de la fuerza, la disciplina y el control; y un empresario que encarna el poder del capital, la influencia y el mercado. Uno promete seguridad; el otro promete progreso. Pero entre ambos se extiende una frontera moral que el pueblo observa con la misma mezcla de escepticismo y esperanza que ha acompañado cada elección desde 1985.
La pregunta que muchos se hacen no es quién ganará, sino quién merece ganar. ¿Un empresario con pasado de privilegios o un policía formado en los pasillos del poder represivo? ¿Un tecnócrata que cree en la eficiencia del mercado o un uniformado que aprendió a obedecer órdenes antes que a cuestionarlas? Ambos hablan del pueblo, ambos prometen servir al país, pero ninguno parece comprender del todo qué significa servirlo.
La historia de Bolivia es, en buena medida, una sucesión de hombres que quisieron salvarla desde el trono y terminaron hundiéndola desde su pedestal. La vicepresidencia, tantas veces ignorada, ha sido el punto de inflexión en esa ruleta. Recordemos que de sus filas salieron conspiradores, restauradores, mártires y también dictadores. Quien se sienta en esa silla, preside la Asamblea Legislativa Plurinacional: es el puente entre el Ejecutivo y el Legislativo, entre la política y la ley, entre la palabra y la acción. Es, de algún modo, la voz que traduce el poder en norma.
Pero ¿qué pasa cuando esa voz proviene de la sospecha, del resentimiento o del oportunismo? Bolivia ha vivido ya demasiadas versiones del «salvador» con rostro distinto. Uno en nombre del pueblo, otro en nombre del orden, otro en nombre de Dios o del mercado. Y sin embargo, en todos los casos, el resultado ha sido el mismo: un país exhausto, fracturado, envejecido antes de tiempo por el abuso de los discursos y la pobreza de las acciones.
El pasado de ambos candidatos a la vicepresidencia no es un simple detalle biográfico; es una advertencia. Los pueblos que olvidan el pasado están condenados a vivirlo dos veces, pero los que se niegan a interpretarlo están condenados a no tener futuro. Y aquí el dilema es precisamente ese: no se trata de elegir entre el mal menor, sino de reconocer el origen del mal. Porque detrás de cada campaña se esconden viejas heridas: el racismo que aún se respira en los discursos disfrazados de modernidad; la corrupción que se oculta bajo el manto del patriotismo; la desconfianza que nace del recuerdo de haber sido traicionados demasiadas veces.
Como historiador, no puedo evitar recordar que Bolivia ha vivido este tipo de encrucijadas con una mezcla de ingenuidad y heroísmo. En 1979, la crisis del poder legislativo dio origen a un vacío que terminó en dictadura. En 2005, un vicepresidente ascendió a la presidencia y cambió el curso del país. En 2019, otro vacío desató un caos que aún duele. La vicepresidencia, más que un cargo, ha sido siempre una bisagra histórica: el punto donde el poder se rompe o se reconstruye.
Hoy, en medio de un país dividido entre la desesperanza y la costumbre, el voto se convierte otra vez en un espejo. Y ese espejo devuelve una pregunta incómoda: ¿qué clase de nación somos cuando aceptamos que los corruptos y los intolerantes decidan por nosotros? ¿Qué país queremos construir si seguimos confundiendo autoridad con autoritarismo y liderazgo con vanidad?
No se trata solo de quién acompañará al presidente. Se trata de quién acompañará a la historia. Porque la historia, como toda madre herida, sabe reconocer a sus hijos: los que la honran y los que la venden.
El destino de Bolivia, en esta elección, parece girar no en torno al rostro del presidente, sino al eco del vicepresidente. Por primera vez, la figura que solía ser secundaria se ha convertido en el eje del debate público, el símbolo de lo que queremos —o tememos— ser. Y tal vez esa sea la verdadera señal de estos tiempos: que el poder ha dejado de ser un ideal y se ha vuelto un síntoma.
Vivimos un tiempo en que la política ha perdido su inocencia y el pueblo ha perdido su fe. Pero entre los escombros del desencanto aún brilla algo: la memoria. Porque la memoria es la forma más lúcida de la resistencia. Solo recordando podremos decidir. Solo entendiendo de dónde venimos podremos elegir hacia dónde vamos.
Bolivia, más que nunca, necesita mirar atrás para mirar adelante. Y tal vez ahí esté la clave de su redención: en comprender que ningún futuro se construye negando el pasado.
Como historiador puedo afirmar, sin temor al exceso, que un pueblo que no es capaz de ver su pasado, no es capaz de vivir su futuro. Y el futuro, en estas elecciones, no será un premio ni un castigo: será el reflejo exacto de lo que decidamos ser.






















































































