Las elecciones presidenciales de 2025 en Bolivia dejaron un panorama político que obliga a repensar las certezas construidas durante más de dos décadas de predominio del Movimiento Al Socialismo (MAS). La victoria de Rodrigo Paz y Edman Lara no solo representó un triunfo electoral, sino el quiebre de una forma de hacer política y, más profundamente, la transformación del sujeto popular indígena que fue la base del llamado «proceso de cambio».
Para entender mejor lo ocurrido y aquilatar las consecuencias de fondo del proceso electoral, Animal Político, de La Razón, conversó con el sociólogo y docente de la Universidad Mayor de San Andrés, Pablo Mamani; la politóloga y excandidata a senadora por Alianza Popular, Susana Bejarano; y el abogado y exsecretario de Gobierno de la Gobernación cruceña, Vladimir Peña. Nuestros tres invitados coinciden en diagnosticar que Bolivia atraviesa una reconfiguración histórica donde las lealtades políticas tradicionales han migrado, el indigenismo como discurso articulador ha dado paso al pragmatismo económico, y emerge un nuevo sujeto político urbano, profesional y capitalista que paradójicamente es producto del propio proceso de cambio que ahora deja atrás, por lo menos en la coyuntura.
La insoportable agonía del MAS
El punto de partida para entender este terremoto electoral es la crisis terminal que vivió el MAS. Todo indica que, en estas elecciones, tanto en primera como en segunda vuelta, la gente que votaba por el MAS se vio obligada a migrar de voto porque «era intolerable e insoportable la pelea interna», explica Pablo Mamani. «El enfrentamiento entre arcistas, evistas y androniquistas estaba rebasando totalmente los límites de la cordura», señala. Esto llegó hasta el punto en que ninguna versión del MAS resultara cómoda para su propia militancia.
Pero lo más revelador no es solo que la base electoral del MAS abandonara a sus candidatos, sino a quién eligieron y, más importante aún, a quién dejaron de elegir. En la primera vuelta tenían la opción de votar por Andrónico, por Eduardo del Castillo o apoyar masivamente el voto nulo, pero no se produjo ninguna de esas cosas. Tampoco prosperó la candidatura de Eva Copa. En su lugar, «optaron por un voto pragmático en torno a Rodrigo Paz y Edman Lara, quienes aparecen con una propuesta orientada a mejorar la economía de la Bolivia emergente», anota Mamani.
Susana Bejarano ofrece un análisis crítico sobre la estrategia autodestructiva del líder histórico del MAS. «Evo decidió no apoyar la candidatura de Andrónico por el miedo a que se le reemplace. Entonces boicotea todo el proceso de la candidatura de Andrónico». Pero más grave aún, señala, Morales «se concentró en hundir la candidatura de Rodríguez sin ofrecer una alternativa viable, sin entregarle una opción a la gente».
La estrategia del voto nulo que promovió Evo Morales resultó ser un error de magnitud histórica. «Esa votación no sirvió para nada, no le fue útil al votante. Eso no se transformó en ningún poder, ni en representación, ni en aporte, ni a mediano plazo», afirma Bejarano. Es por eso que «la gente también empieza a darse la vuelta y a buscar en otro espacio que no sea el MAS».
Memoria y negociación política
Para entender este movimiento electoral, Pablo Mamani recurre a la historia larga del comportamiento político de los sectores populares indígenas. «Podemos ver un poco de historia electoral del sector popular y la nueva clase media indígena, incluso élites indígenas que han surgido todo este tiempo. En las elecciones desde 1952 hasta el presente ha habido, aquí en la región de los Andes y también en la región oriental, estos juegos pragmáticos o estratégicos de moverse entre uno y otro partido».
El caso de René Barrientos, en la década de 1960, es ilustrativo. «Cuando hay cosas al interior de un partido que se supone que es el que ha dado tierras, educación y voto universal, y que podría mantenerse leal, pero el MNR en ese momento también estaba dividido entre Ñuflo Chávez, Víctor Paz Estenssoro, Juan Lechín Oquendo y todos esos asuntos. Por el tema del golpe, Barrientos —un militar carismático, muy popular, cochabambino que habla quechua— logra llegar y conectar con sectores (populares e indígenas) importantes».
Citando el trabajo de Carmen Soliz, Mamani explica que «la gente sabe negociar y proteger lo que se ha conseguido anteriormente con un régimen diferente. Los logros importantes con el nuevo régimen buscan aquilatarlos, controlarlos, pausarlos, darle apoyo, pero un apoyo funcional, estratégico, condicionado, porque cuando las cosas no están bien, te quitan el apoyo muy fácilmente para continuar ese largo proyecto histórico que viene del mundo indígena».
Este análisis histórico es fundamental: el voto por Paz-Lara no es una traición ni una ruptura, sino la continuación de una estrategia centenaria. «Esa pelea entre Arce, Andrónico y Evo era demasiado insostenible, estaba agotando por dentro esa estima que sentían por todo aquello. Entonces eligen o dan una mirada a alguien como Lara, que puede ser carismático, puede ser engañoso en muchas cosas, pero puede ser menos peligroso», explica Mamani.
La emergencia de una nueva élite
Uno de los aspectos más reveladores del análisis de Mamani es cómo el proceso de cambio generó las condiciones materiales para su propia transformación. «En este periodo de más de 20 años ha habido cosas interesantes, por ejemplo, el empoderamiento de lo popular, de lo indígena. De ese empoderamiento han surgido nuevas capacidades económicas. Yo estoy trabajando en el tema de los qamiris, los nuevos ricos indígenas de origen indígena —aymara, alteño, cochabambino o quechua».
Esta nueva clase económica tiene una relación contradictoria con el Estado. «En el mundo q’ara o la nueva élite indígena, por ejemplo —cuando converso con ellos—, ven al Estado como un Estado amenazador, un Estado que quiere amenazar los bienes que ha adquirido, ha comprado, ha acumulado». Pero tampoco quieren el desmantelamiento total: «no están de acuerdo con un radicalismo de quitarle al Estado todo, desinvertir las empresas estratégicas del Estado y pasarlas a manos privadas, bajar o anular el Estado Plurinacional y volver al Estado republicano».
La metáfora que usa Mamani es elocuente: estos sectores «se han sentado en la mesa, en la misma mesa con todos los otros grupos, clases medias, incluso élites clásicas o viejas en Bolivia. En la mesa han comido, se han servido un plato y no se van a ir de esa mesa».
Populares, indígenas, capitalistas y orgullosos
La figura de Edman Lara es clave para entender la transformación del sujeto popular indígena. Ya no responde exclusivamente a esas visiones indianista, indigenista, katarista.
«Hay una élite indígena muy empoderada», afirma Mamani, citando el caso de diversos dirigentes. Por ejemplo, «Eva Copa, una señorita, una mujer, hija de migrantes nacida en la ciudad, había ocupado la presidencia del Senado y luego la alcaldía. La imagen deseada de una generación: que pueda ser alguien importante, interesante. Esa es una apuesta».
Susana Bejarano ofrece una perspectiva complementaria brillante. «Si se hace una revisión de lo que Álvaro García Linera decía sobre quién era el sujeto del proceso de cambio, era un sujeto bastante parecido a Lara: un primer profesional de su familia, no importa que sea policía, el primer profesional de la familia que puede ser una persona que esté circulando en el campo y la ciudad, orgulloso de ser quien es, pagado de sí mismo, con acceso y oportunidades».
Bejarano brinda un análisis penetrante sobre el modelo económico que subyace a esta transformación política. «La inyección consciente y, cuando hubo dinero, casi furiosa de dinero a la sociedad —doble aguinaldo, bono de esto, aquello, paguen más, prestaciones y otras cosas—, esa insistencia en llenar los bolsillos de la gente en la calle, porque de eso se trata el modelo económico comunitario productivo, que es repartir dinero a través de que el rebalse del Estado le vaya a la gente, ha hecho que la gente con el dinero en el bolsillo actúe de forma capitalista y utilitaria respecto al Estado».
La ruptura de las lealtades políticas
Uno de los hallazgos más impactantes de estas elecciones es cómo se rompieron lealtades que parecían inquebrantables. Bejarano lo documenta con un dato esclarecedor: «el hecho de que el 95% del Chapare haya votado por Edman Lara es una alerta enorme para Evo». Esto es crucial porque «el voto más leal a él, primero que se ha sentido permitido de ir a la urna y de marcar una opción distinta a Evo o al tutelaje de Evo, y de alguna manera eso ya libera el voto, no solo para esa elección, libera el voto para el futuro».
Y añade un punto medular: «el bloque popular ganó las elecciones sin la mediación de Evo. Ganó las elecciones con Lara. Esa masa votante se dio cuenta de que no necesitaba a Evo para prevalecer. Evo ya no medió la decisión electoral».
El factor del racismo recalcitrante
Los tweets racistas que emergieron durante la campaña jugaron un papel determinante. Bejarano explica que «cuando surgieron los tweets racistas y Tuto tomó la decisión de mentir y de aminorar la gravedad de lo que significaban, eso lo llevó a hurgar sobre la herida colonial: incorporó el tema indio al mentir».
El efecto fue inmediato. «Aquel voto más identitario que estaba por el nulo, que se identificaba con Evo, de forma automática migró detrás de Paz y Lara. Es la segunda vez que ese voto se da cuenta de que si no vota por Evo no pasa nada. No es que se ha destrozado el país, no es que no ha habido democracia. De hecho, no ha votado por Evo y ha ganado».
Bejarano profundiza en lo que significa esta amenaza identitaria. «Porque en la memoria corta de nuestra sociedad, la vuelta de un racismo recalcitrante es una exclusión en todos sus niveles. No es solamente que te digan ‘indio de tal’. Hasta hace poco no te dejaban entrar, te miraban con cara de disgusto si te subías a un avión. Es construir la casa en un barrio donde normalmente no vivías. Es la primera vez que el hijo ha ido a la universidad. Es que si te dicen ‘chola de cuál’ la gente ya no se calla. Es que sí puedes pedir el domingo libre porque tienes derechos laborales. Es que sí puedes tener el camino asfaltado porque ahora tienes una camioneta».
Y sentencia que las clases populares e indígenas «han podido vivir en un Estado de inclusión que no se lo van a entregar a nadie. Hoy día las personas que representan ese Estado de inclusión son Paz y Lara, no es Evo».
La derrota de la polarización
En cuanto a la oposición tradicional, Vladimir Peña ofrece un diagnóstico igualmente crítico. «Lo primero que creo es que la gente quedó saturada en la polarización política de 20 años, de masismo y antimasismo».
Y añade que «al final, los grandes derrotados son los dos bloques polarizantes: el masismo y el antimasismo, independientemente de sus versiones».
Sobre la oposición tradicional, Peña observa que «como se veía el nivel de desgaste del MAS, pensaron que era automáticamente la activación del péndulo de un extremo al otro»; suponiendo que, si el masismo caía, el antimasismo subiría mecánicamente. Así, «apostaron todo al voto antimasista».
Desde la perspectiva de Peña, «Tuto y Samuel apostaron a ser gerentes de una empresa en quiebra, y Rodrigo tuvo la virtud de hablarle como líder a un país que estaba desencantado por los extremos, por los polos polarizantes, y que había ahí al medio un caldo de cultivo enorme que lo impulsa en la primera vuelta».
«Mi mirada del proceso en general es que la gente se cansó de la polarización, votó una tercera vía. Rodrigo representa una tercera vía, todavía con muchas incertidumbres en el camino, pero yo creo que los bolivianos han dicho basta ya, queremos un cambio».
Adiós y hola
Pablo Mamani plantea una tesis aguda sobre la continuidad y disrupciones. «Hay una línea histórica que no escarbamos muy bien y que está en esa especie de ping-pong en la manera más formal, aparente. Pero en la forma más de línea histórica hay un hilo conductor muy claramente trazado». Este hilo conductor es «un empoderamiento» que continúa «independientemente de lo que parezca ser izquierda o derecha, porque al final es un proyecto de sociedad que muchos de nosotros, o muchos académicos, muchas veces no lo entienden, no lo ven, o lo ven como especie de rupturas».
Especula sobre el futuro diciendo que «no sería nada raro en el tiempo una izquierda más indianista, hasta incluso una derecha indígena, es decir, en esas dos polaridades, pero la línea esa que estoy comentando pudiera continuar, porque así parece que marca la figura».
Mamani plantea que el apoyo a Paz-Lara es «un voto condicionado, estratégico, es un voto de una mirada histórica y de sostenimiento de esas economías que han emergido». Y advierte que «si el binomio Paz-Lara no logra parar la crisis o el tema del combustible y todo eso, quienes les apoyaron pudieran moverse otra vez en el juego».
El indigenismo como discurso articulador ha dado paso al capitalismo popular como sentido común dominante. Las lealtades políticas se han liberado de sus mediadores tradicionales. Y paradójicamente, todo esto es producto del propio proceso de cambio que ahora queda atrás.
Aparece la certeza de que la pregunta ya no es si habrá capitalismo en Bolivia o no, ni con o sin quiénes. La respuesta electoral fue contundente: capitalismo para todos, donde los sectores populares e indígenas sean actores económicos plenos y no subordinados. Ese parece ser el legado más perdurable de las últimas dos décadas.






















































































