Las encuestas electorales en Bolivia enfrentaron uno de sus mayores desafíos en décadas durante el reciente proceso electoral. José Luis Gálvez, investigador social con reconocida trayectoria en estudios de opinión, ofrece un análisis técnico que va más allá de las explicaciones superficiales y coloca el debate en su justa dimensión: no se trató de manipulación, sino de un contexto de hiperpolarización y transición política que desbordó las capacidades metodológicas tradicionales.
«Las encuestas afrontan un gran reto a partir de contextos hiperpolarizados a nivel global, que hacen que se den fenómenos en los cuales es complejo medir», explica Gálvez en diálogo en exclusivo con Animal Político, de La Razón. «El exceso de polarización genera también haya un elemento de no respuesta. La tasa de respuesta ha ido bajando históricamente, y en contextos muy polarizados hay segmentos que piensan distinto, hay segmentos que no contestan y piensan distinto de los que sí contestan».
Este fenómeno de la «no respuesta diferencial» se convirtió en el talón de Aquiles de las mediciones, particularmente porque Bolivia atraviesa lo que Gálvez define como «un proceso de transición política con una altísima polarización». Según el investigador, esta transición no se trata simplemente del cambio de un partido gobernante, sino de algo mucho más profundo, «es la disputa por ideas dominantes en bloques sociales».
La peculiaridad de la primera vuelta
La primera vuelta electoral presentó características inéditas que complicaron cualquier intento de predicción. Los datos de las encuestas post electorales revelaron que «en el orden del 22% del total de los votantes decidieron su voto ese día de la votación. Otro 21% lo decidió durante la última semana». A esto se suma un 12% adicional que definió su voto en los últimos 15 días, conformando un universo de 55% de electores que tomaron su decisión en el sprint final, según detalla Gálvez.
Este comportamiento plantea un problema metodológico insalvable: «pedirle a las encuestas que por norma no pueden medir al menos 10 o 15 días antes del sufragio, que puedan orientar, peor aún, asignarle un rol de definir cómo va a ser la realidad dentro de 15 días, que en ese tiempo las cosas pueden cambiar totalmente, y congelando la realidad que miden, por ejemplo, el 28 de julio, y decir cómo iba a ser el resultado el 17 de agosto, no funciona. Eso es inviable».
A esto se sumaron obstáculos normativos. Gálvez es crítico con las autoridades electorales. «La norma en lugar de ayudar a que se haga el trabajo y orientar, pareciera más bien trabar el quehacer de las encuestadoras». Las supervisiones ex ante «en lugar de velar por si realmente había habido un trabajo, simplemente hacían un checklist de las cosas que consideraban que teóricamente deberían hacerse».
El dilema del balotaje
La segunda vuelta presentó desafíos distintos, pero igualmente complejos. Mientras que en la primera vuelta el 53% del electorado manifestaba no tener definido su voto, «en el caso de la segunda vuelta, muy temprano, ya el 75% del total de los votantes decían: lo tengo definido y no voy a cambiar», señala Gálvez.
Sin embargo, el problema metodológico cambió de naturaleza. «Es normal que en un balotaje la gente que ha votado por opciones que no han pasado a la segunda vuelta se sientan no representados por el proceso o decepcionados por los resultados, y eviten contestar encuestas», explica el investigador. Esta respuesta «no selectiva» generó un sesgo fundamental.
«Desde hace mucho tiempo, más de 20 años, la industria ha hecho los ajustes de las muestras a partir de variables sociodemográficas como edad, sexo, educación y otros, pero en un balotaje deberían hacerse los ajustes en función de la recordación del voto de primera vuelta», reflexiona.
Gálvez es enfático al descartar teorías conspirativas. «Honestamente lo creo, no creo que haya habido una manipulación, una mala intención en ninguno de los casos, pero sí ha habido decisiones muy complejas de tomar de orden metodológico que finalmente han hecho que el desempeño de las encuestas no sea el mejor».
Las lecciones para el futuro
El investigador plantea cuatro conclusiones dirigidas a los actores clave del sistema electoral.
Para las encuestadoras, el reto es «comprender de mejor manera los procesos políticos y la realidad social y ajustar su metodología a esa realidad particular boliviana». La realidad del país, insiste, «es mucho más compleja que la de otros países».
A los medios de comunicación les corresponde repensar el uso que dan a las encuestas. «El rol que se les debe asignar no es solo y únicamente en función de decir quién va adelante y quién va atrás y cómo va la carrera de caballos. En realidad, deben ser utilizadas estas herramientas para que jueguen el rol que la democracia permite, que es realmente transparentar la información».
Las autoridades electorales, por su parte, deben entender que «este no es un ejercicio académico, esto es investigación de opinión pública, investigación aplicada de opinión pública». Se requiere «un mejoramiento de la normativa» y «un diálogo apropiado con los investigadores».
Finalmente, a la opinión pública le corresponde comprender que las encuestas «no son pronósticos electorales que marcan tendencias. Hay que recordar que son fotografías de un determinado momento». Exigir que una medición realizada 15 días antes de la elección prediga el resultado final es simplemente irrazonable.
El problema de fondo
Más allá de los aspectos técnicos, Gálvez identifica un problema estructural. «Es una pena que las encuestas hayan entrado en el marco de la narrativa política y que los actores políticos, en lugar de utilizarla como herramienta propia de la planificación de sus campañas y de comprender la realidad nacional, hayan utilizado, denostado las encuestas porque no les daban buenos resultados y había que destruirlas en lugar de realmente plantear soluciones de fondo».
El experto concluye con una reflexión. «El rol de las encuestas no es hacer pronósticos electorales, que es el que los medios le asignan, sino generar información para que la ciudadanía tome decisiones informadas». En un contexto de polarización tan aguda, recuperar esta función esencial se vuelve más urgente que nunca.






















































































