Desde el despuntar del gobierno de Rodrigo Paz y Edmand Lara, Bolivia ha sido testigo de un desfile de gestos simbólicos: la reposición del crucifijo y la Biblia en actos oficiales, pedidos por la remoción de un busto de Evo Morales, el debate sobre si el vicepresidente debe jurar con uniforme policial. Mientras tanto, la inflación continúa, el dólar paralelo sigue alto, las reservas internacionales son escasas y millones de bolivianos esperan señales concretas sobre el rumbo económico del país. Para dos analistas consultados por Animal Político, esta desconexión entre el debate político y los problemas reales no es casual: es el síntoma de una clase dirigente que aún no comprende la magnitud del desafío que enfrenta.
«Me parece todo muy artificial», resume el economista e investigador social Armando Ortuño. «Yo creo que muchas de estas cosas son sintomáticas de algunos clivajes que en el país se fueron abriendo. Pero también yo creo que hay que ponerlas en su contexto. Me parece que al final son en muchos sentidos bastante más frívolas que lo que uno podría considerar».
La política del escaparate
Ortuño es particularmente crítico con el tipo de debates que han dominado los primeros días del nuevo gobierno. «Yo no sé si el país está en una pelea férrea entre el Estado laico y el Estado confesional», ironiza. «O cuatro hooligans que van y empujan, y botan el busto de Evo. Más allá de que uno le tenga aprecio o no, todo es muy excesivo y al mismo tiempo, desde mi perspectiva, muestra la desconexión de la clase política con los problemas reales, que me parece que en este momento son otros».
El abogado y exdiputado Daniel Valverde coincide en el diagnóstico, aunque con un matiz. «Los cambios de ciclo son así, generan también cambios simbólicos, esos cambios de apariencia», explica. Para Valverde, hay una razón por la que estos gestos encuentran poca resistencia: «Hay una suerte de complicidad y expectativa por lo que va a ser del gobierno, entonces le están dando también esos minutos de empatía y tolerancia». Pero advierte que esta luna de miel tiene fecha de caducidad. «Luego del juramento indudablemente que entramos en un escenario de enfrentar la realidad, de conocer cómo estamos y hacia dónde iremos».
La pregunta central, según Ortuño, es si estos debates sobre lo simbólico reflejan siquiera las preocupaciones ciudadanas. «Siguen reflejando una polarización que ya las elecciones mostraron que no existe y son en cierto sentido como reflejos de una polarización, de la vieja polarización, pero que me parece que en general a la gran mayoría de la gente no le importa, porque la mayor parte de la población ya está en otra cosa».
Para Ortuño, esta es «una mala señal» porque evidencia que «la nueva élite política no está discutiendo lo que realmente a la gente le interesa y trabajando esas preocupaciones».
La ilusión de la legitimidad
Pero hay un problema más profundo que los símbolos: la fragilidad estructural del nuevo gobierno. Rodrigo Paz ganó la segunda vuelta con un 54%, pero Ortuño es enfático en señalar que esta cifra es engañosa. «La segunda vuelta boliviana ha sido una segunda vuelta definitoria donde el electorado está obligado a elegir entre dos opciones. Y quiero resaltar la palabra obligado», explica. «Estás obligado a elegir entre dos opciones y por lo tanto tu voto no necesariamente es una adhesión con alguna de esas fuerzas. Puede ser simple y llanamente el rechazo a la otra».
El análisis es demoledor. «En el caso del actual presidente, en el mejor de los casos uno puede decir que un cuarto de los electores ha apoyado al actual presidente». Y añade que «él representa una minoría del país que no representa más de una cuarta parte del país, en un escenario tremendamente fragmentado. Entonces, es desde ahí que él tiene que construir su legitimidad cotidiana. Por lo tanto, eso muestra su capacidad, pero también su fragilidad». Ortuño señala el porcentaje obtenido en las urnas por el PDC en primera vuelta, tomando en cuenta nulos y blancos.
Esta debilidad de origen se agrava, según ambos analistas, por el estado calamitoso de los partidos políticos bolivianos. Valverde es particularmente duro. «Aquí hay una raíz profunda, tiene que ver con el nivel de improvisación de las fuerzas políticas, todas, absolutamente todas, ninguna tenía vida orgánica, todos eran reuniones o alianzas ocasionales, eran más la avidez que la estructura».
La metáfora que usa es reveladora: «todas las organizaciones políticas están pegadas con alfileres, tan fácil que se desprendan, que algunas vuelen, otras caigan al suelo».
El desorden como problema inmediato
Si hay un punto en el que ambos analistas coinciden plenamente es en identificar el desorden político como el problema más grave del momento. Ortuño reconoce que inicialmente no veía grandes obstáculos para que el gobierno construyera mayorías en la Asamblea: «Yo creo que la Asamblea Legislativa por el tema del suicidio del MAS ha creado una mayoría de centro-derecha bastante amplia en la Asamblea. Más allá de las siglas, yo te diría que es una Asamblea donde cerca del 80% de sus representantes son personas que uno puede colocarlas dentro de un espectro ideológico de la centro-derecha».
Pero lo que ha visto en los primeros días lo ha sorprendido: «Lo que a mí me ha sorprendido en los primeros días es el enorme desorden político que hay. Porque tú ves mucha cacofonía y mucho desorden. Es decir, más del que yo me esperaba». Y enumera: «Tú ves, por ejemplo, al interior del propio oficialismo lo que cuenta que se pongan de acuerdo sobre quién va a ser el presidente de las cámaras. Cada dos o tres días hay disonancias entre Lara y el presidente electo. A esta altura del partido ya Lara ha dicho que quiere hacer su propia fuerza política».
El diagnóstico es preocupante. «Es muy llamativo que ya, al interior del PDC, hay por lo menos cuatro protopartidos». Ortuño se pregunta: «¿Cuándo va a venir el orden político en todo esto? ¿O quién va a ser el ordenador político de esto? Porque esta cosa está hasta entretenida en la semana de estreno del gobierno, pero cuando tengan que tomar las decisiones en serio, no puede tenerse este desorden».
Valverde profundiza en las causas estructurales. «Van a tener que hacer un gran trabajo en paralelo que no es de corto plazo para tratar de asentarse, ver quiénes pueden ejercer ciertos niveles de liderazgo, de conducción de las cámaras, de la bancada, de los comités. Entonces la asamblea va a ser, creo, un espacio que va a tener su momento crítico por esa dispersión».
El factor Lara: ¿energía o entropía?
Un elemento particularmente complejo es el rol del vicepresidente Edmand Lara. Su protagonismo mediático y su estilo confrontacional generan opiniones encontradas. Valverde ofrece una lectura comprensiva pero advertida: «No es un político de carrera como Rodrigo Paz, es alguien que ha salido de las redes sociales y las redes tienen su formato y le ha funcionado a él muy bien y él está, como ya con una adicción de querer decir algo para satisfacer a su público».
El exdiputado señala que esta dinámica tiene costos: «Hay un público que lo debe esperar cada día y espera a ver qué plantea, qué dice, y él le tiene mucha fe también a ese público que no quiere que lo abandone». Pero anticipa que la realidad institucional podría templarlo: «Cuando entra al escenario real donde va a cumplir sus funciones, para no desencuadrar, para no dislocarse, va a tener que entrar a un proceso de aprendizaje, de compatibilizar, ver el reglamento, ver el tema de generar consenso».
Valverde identifica dos temas en los que Lara tiene legitimidad clara: «Está muy empoderado en dos temas. Uno es la reforma, la desinfección de la policía boliviana, y creo que es algo que toda la sociedad lo ve de manera positiva. Y el otro es combatir la corrupción». El desafío será mantener esa energía sin desbordar los marcos institucionales: «Va a tener que esa energía, esa adrenalina que transmite y que utiliza para las redes, va a tener que también dar resultados para que él no pierda esa legitimidad mediática que mantiene».
La relación entre Paz y Lara es, para Valverde, uno de los elementos más inciertos del nuevo gobierno: «Por un lado lo tenemos a Rodrigo, que ha tomado una posición de centro pero bastante inclinada a la derecha, a la articulación con grupos de poder económico, a mirar hacia el norte. Pero también tenemos por el otro lado a Lara, que se lo ve como una persona más comprometida con lo popular, con este famoso elemento transversal, lo nacional popular». Su conclusión es casi cinematográfica: «Va a haber como una compulsa entre ambos, y puede salir algo interesante como también puede terminar mal. Entonces creo que lo que tenemos que hacer es como cuando uno va al cine, mucha paciencia, y esperar a ver hacia dónde va la película».
La paradoja de marzo
Hay un factor que complica aún más el panorama: las elecciones subnacionales de marzo. Ortuño es categórico sobre el efecto de esta proximidad: «Todos están calculando marzo, pero puede que no lleguemos a marzo o que lleguemos bastante golpeados». Su razonamiento es claro: «de aquí a marzo van a pasar cosas en el país y se necesita cierta coherencia política hasta entonces».
El dilema es estructural porque todos los actores tienen intereses que entrarán en juego en relación a las elecciones subnacionales. “Y eso es lo que genera fragmentación, desorden, eso es lo que estamos viendo”.
Valverde amplía la crítica al sistema en sí. «Hubiera sido interesante en algún momento plantear también cambiar el calendario electoral en Bolivia. Ir de una elección nacional a una subnacional casi de manera simultánea hace mucho daño. El país se distrae, las instituciones dejan de cumplir sus funciones, sus atribuciones».
Los desafíos reales: entre la estabilización y la protección social
Más allá del desorden político, están los problemas económicos y sociales que no esperan. Ortuño plantea que el dilema central para el gobierno es que “tendría que buscar algún grado de equilibrio mínimo entre la promesa de la estabilización y de la justicia, pero también la demanda de protección social de otra parte del electorado, y de moderación de otros». Y reconoce que eso es casi imposible «porque son como dos tendencias muy fuertes que jalan al gobierno. El gobierno de alguna manera tiene que encontrar un equilibrio dentro de eso, pero me parece que inevitablemente va a traicionar a alguien en ese proceso. Inevitablemente, porque no puedes tener una estabilización sin costo social».
El economista advierte sobre una posibilidad recurrente en América Latina. «También hay un escenario que hemos visto en muchos países, es un gobierno que es elegido por las izquierdas y gobierna para las derechas. Un ejemplo clásico de eso es el gobierno de Alberto Fujimori». Pero incluso para ello hace falta orden, «si vas a hacer eso, también tienes que tener coherencia política, porque tienes que reconstruir un conjunto de alianzas y tienes que buscar una nueva coalición social que te respalde. Hasta para traicionar a tu electorado tienes que ordenarte».
El peligro no está donde lo esperan
Ambos analistas coinciden en que el gobierno está mirando en la dirección equivocada cuando piensa en las amenazas que enfrentan. Ortuño es explícito: «en general las izquierdas salen muy golpeadas de este ciclo electoral y del ciclo político que se está acabando. Salen muy golpeadas, sus dirigencias están muy desacreditadas. Y creo que no hay una articulación todavía muy fuerte en este momento. Entonces eso, por supuesto, te reduce su capacidad de movilización en el corto plazo».
Así, el peligro está en otro lado. «Paradójicamente no es tanto de ese frente que el gobierno se tendría que preocupar, sino más bien de un rápido deterioro de la paciencia y un aumento de la irritación de grupos urbanos y segmentos medios emergentes que puedan ser muy afectados por las medidas de ajuste, tales como baja de ingresos, aumento de precios». Concluye que «para el nuevo gobierno, su mayor peligro tal vez no está tanto en las organizaciones sociales gremiales clásicas, sino en la emergencia de un malestar anómico en los suburbios y en las zonas más pobres de las grandes metrópolis y las ciudades intermedias».
La trampa de creerse nuevos
Quizás el punto más incisivo de ambos analistas es su advertencia sobre la falsa sensación de borrón y cuenta nueva. Ortuño es particularmente duro: «cuidado que nos estemos equivocando y pensando que la elección ha lavado todas las suspicacias, ha levantado todas las desconfianzas que ya existían sobre la capacidad de la clase política antes de la elección. Y, por lo tanto, creamos que hemos ido a elección y ahora todos salimos nuevecitos. No, eso no es verdad».
Recuerda que «probablemente, ni el presidente electo, ni incluso Lara, ni siquiera ellos superan la barrera del 30% de aprobación y de confianza». Y conecta esto con el comportamiento actual, «cuando ves las tonteras que están haciendo a ratos, quienes creen que están nuevos, pero que con lo que están haciendo siguen ratificando el hartazgo de la gente con la clase política, que hacen cosas que la gente no entiende, que se dedica a tonteras y cosas que a nadie le interesa».
La advertencia es clara: «la gente no ha dado ahora un cheque en blanco a nadie. Yo veo que la gente sigue muy desconfiada, yo creo que la gente no tiene muchas ilusiones, pero también tiene cierta desesperación por los resultados. Entonces, que nadie de estos se crea que ya es el nuevo dirigente para los próximos 30 años».
Valverde cierra con una nota de probabilidad. «Ahí tienen la oportunidad el nuevo presidente, el vicepresidente. Y si ellos dan otra señal, otro discurso, otra manera de hacer las cosas, tienen una oportunidad».
Una oportunidad en medio de la crisis
Bolivia enfrenta una paradoja: tiene un gobierno nuevo con margen de maniobra limitado, partidos débiles que deben fortalecerse mientras compiten, y una ciudadanía escéptica que espera resultados inmediatos en medio de una crisis económica que no da tregua. Los primeros 100 días no son un lujo simbólico: son la única ventana real para construir la coherencia política que permita tomar las decisiones difíciles que vienen.
Como señala Ortuño, la clase política debería estar «pensando en cómo gestionar los primeros 100 días de este gobierno, que van a ser 100 días que no van a ser ‘business as usual’». El tiempo de los crucifijos y los bustos se agota. El tiempo de las decisiones reales comienza ahora.






















































































