La aventura bélica norteamericano-sionista en contra de Irán logró, in extremis, una tregua de dos semanas, en medio de un enfrentamiento militar feroz y demoledor no visto desde los bombardeos norteamericanos —aunque esta vez con reciprocidad— de la guerra de Vietnam.
Trump, más allá de las razonables preocupaciones por su salud mental, encarna —igual que Obama o Biden— la preocupación imperialista por el surgimiento de China y un mundo multipolar —con los BRICS a la cabeza— donde el «hegemon» norteamericano pierde el dominio mundial al que se acostumbró desde 1945 (80 años) y que sostuvo a punta de sanciones, bloqueos, bombardeos, invasiones y golpes de Estado contra cualquier país que no acatase sus designios.
Este cambio, paulatino pero sin retroceso, en la correlación de fuerzas internacionales va parejo al inmanejable déficit público norteamericano, que llega al 130% del PIB —39 billones— y que tiene al país al borde del precipicio financiero, el shutdown (cierre de oficinas públicas) y el gasto de unos mil millones de dólares diarios que cuesta la guerra. Pese a todo, Estados Unidos resiste porque es dueño de la imprenta del billete verde y porque el dólar es, todavía, la moneda de reserva mundial (57%, cuando en 2001 era del 72%), gracias a que Japón o la propia China —el principal acreedor mundial— compran bonos del Tesoro norteamericano y los países árabes invierten en el mercado financiero estadounidense.
Israel
En el otro frente de la ecuación guerrerista está Israel: el ejército con Estado, un invento de país implantado como proyecto colonial por los ingleses (1948), que invade, mata y destruye a su alrededor porque de otra manera no puede asegurar su existencia, dada su pequeñez territorial —casi la mitad de Suiza— o demográfica —la décima parte solo de Irán— y su enorme vulnerabilidad geográfica. Se sostiene a sangre y fuego con el financiamiento y el equipamiento militar millonario de Estados Unidos y el apoyo abierto o solapado de Europa.
Gracias a ello, y por encima de toda la normativa internacional y el básico respeto por los semejantes, el gobierno israelí ejecuta desde hace más de tres años el genocidio de Palestina: mata en Cisjordania, asesina y demuele Gaza y, desde hace unos días, el sur del Líbano. Hoy ocupa las colinas del Golán —desde 1967— y llega a 20 km de Damasco, la capital de Siria. En el extremo de su belicismo, si para dividir el mundo árabe hay que financiar a Al Qaeda, lo hace sin ningún escrúpulo. Si sirve financiar al propio Hamás —como el propio Netanyahu reconoció—, se justifica porque así se impide el consenso palestino para crear su propio Estado entre Gaza y Cisjordania.
En este cuadro complejo, precario y volátil desde 1948, pero especialmente desde la guerra de los Seis Días de 1967 —hace casi 60 años—, Oriente Medio vive en medio de guerras, invasiones y conflictos militares y religiosos que se articulan con el mundo del petróleo y la energía mundial, razón por la cual el imperialismo norteamericano y europeo son una pieza clave del rompecabezas.
Hamás
La masacre perpetrada por Hamás —unos dos mil israelíes el 7 de octubre de 2023— creó las condiciones objetivas y narrativas necesarias para vislumbrar un asalto final contra Irán, luego de los bombardeos del año pasado y la inducción de una resistencia sangrienta contra el régimen. Irán lleva décadas golpeado por las sanciones económicas norteamericanas —enfrentados desde 1979, cuando cayó Mohammad Reza Pahleví, aliado occidental— y aislado del entorno árabe porque la fracción chií es religiosamente minoritaria en el mundo musulmán. Sin embargo, pese a esas enormes desventajas, o precisamente por ellas, Irán desarrolló un potente arsenal de misiles y drones baratos, altamente eficaces, y un proyecto de uso civil de energía nuclear que podría derivar en una bomba atómica.
En esas condiciones, Irán era el último bastión de resistencia al proyecto sionista —el asalto de Hamás desbarató el proyecto Abraham— que hubiera articulado a Israel con los países árabes del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico, que agrupa a las seis monarquías árabes (Arabia Saudita, Baréin, Kuwait, Omán, Catar y EAU). El resto de los países, como Jordania y Egipto, tienen acuerdos de paz con Israel y, al otro lado, Siria e Irak están prácticamente destruidos.
¿Qué explica entonces la aventura militar y el llevar al mundo, sobre todo a Occidente, a una crisis energética y económica de consecuencias impredecibles? Sin lugar a duda, la vulnerabilidad en la que se encontraba Irán: bombardeado durante meses, con enormes dificultades económicas, movimientos sociales de resistencia y aislado por las sanciones y su radicalidad religiosa.
Apuros
Sin embargo, más allá de cualquier estrategia bélica e internacional y de un cálculo militar, pesaron los apuros políticos internos de Estados Unidos e Israel. Los dos gobiernos atraviesan situaciones políticas delicadas, y un cambio de régimen en Irán equivalía a un triunfo político que impediría que Trump pierda las elecciones de noviembre y permitiría a Netanyahu postergar, sine die, el juicio por corrupción, además de evitar el riesgo de que se quiebre su alianza con los ultrarradicales sionistas y religiosos.
El régimen iraní sale de la guerra golpeado y con enormes daños materiales en su infraestructura productiva, pero políticamente fortalecido en lo interno y con una redoblada capacidad de influencia en el entorno árabe del Golfo: logró que varios países revisaran su relación con Estados Unidos, liquidó más de una decena de bases militares norteamericanas en Arabia Saudita, Kuwait y otros, y consiguió que Israel sufriera, en sus principales ciudades y enclaves estratégicos, una destrucción demoledora al estilo de Gaza, acabando con el cinismo y el supremacismo de quienes creen tener un derecho divino a matar árabes, amparados en una supuesta invencibilidad militar.
Irán
Es más, el estrecho de Ormuz, que siempre se consideró aguas internacionales, hoy está bajo control militar iraní y se ha empezado a cobrar el paso de los buques tanqueros, como en el canal de Suez o el de Panamá. Pero, además, se cobra en distintas monedas según el país de destino del crudo, y no en dólares: India paga en rupias, China en yuanes, Japón en yenes y España en euros. Este es un golpe a la línea de flotación del petrodólar, al que Arabia Saudita dejó atrás al no renovar el acuerdo de 1974, que establecía el cobro en dólares y obligaba a invertir las ganancias en bonos del Estado norteamericano, todo a cambio de protección militar para el reino. Ese acuerdo terminó, luego de 50 años, cuando Arabia no lo renovó.
Independientemente de cómo termine esta confrontación bélica, que tiene al mundo en vilo, lo inocultable es que estamos ante un nuevo orden internacional.






















































































