Las acciones del gobierno de turno lo califican y autoadscriben a una corriente denominada “renovadora” dentro del partido. En ese sentido, es importante rescatar algunos elementos que definen con mayor precisión ese carácter reformista o renovador que marca las decisiones que se vienen tomando, así como su marcado talante policial.
En los estudios de Lenin sobre el imperialismo destaca el apunte que realiza sobre la lucha contra el reformismo dentro de la corriente revolucionaria. Dice: “toda lucha contra el imperialismo es humo o una frase vacía, si no va acompañada de la lucha contra el oportunismo reformista”. Esta relación entre reformismo e imperialismo es fundamental para señalar algunos elementos de la retórica teñida de marxismo, propia de las burocracias de “izquierda”.
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Lo primero es que son las burocracias como entes políticos las que conllevan la división del movimiento revolucionario entre “revolucionarios” y “reformistas”. Esto, porque al acceder al aparato del Estado y cumplir un rol (que esperaban algún día tener), los burócratas renovadores son parte de los negocios del monopolio de los recursos, lo cual, sumado a su corte antihistórico con el pasado, es decir, con las formaciones sociales del país en cuestión, convierte a su propia labor en un apéndice de los intereses del capital financiero internacional. La burocracia renovadora, enajenada y ajena a su pasado, piensa que el país comienza y termina en sus escritorios.
Lejos de reconocer a las burguesías nacionales como entes productores y aglutinadores de demandas en pugna, la burocracia renovadora se acomoda rápidamente a cuidar el monopolio de los privilegios y entrar en negociación con los intereses del capital internacional, para la expansión del saqueo de recursos y mano de obra barata. Lenin lo ve y lo estudia de forma directa: la superganancia monopolista que les facilita a “los reformistas” el acceso al Estado, los impulsa al soborno de dirigentes obreros para crear una base social que legitime los negocios con el capital financiero internacional.
El problema que los reformistas no ven es el que se produce en la base económica de la formación social históricamente en movimiento. Lenin señala la fórmula para reconocer dicho clivaje, lo denomina “Commanding Heights”, es decir, los núcleos estratégicos aglutinadores de capital, enclaves de producción y creación de riqueza que un gobierno revolucionario puede controlar para entrar en disputa con el capital financiero internacional. Sin esta lectura histórico-económica, los reformistas comprenden el problema económico/político solo como escollos del comercio y el financiamiento, no entienden que el problema está en los modos de producción y, por tanto, recurren ciegamente al control policial del mercado interno. Para los reformistas, el control de precios se regulará solo o a la fuerza, mientras el impacto del capital financiero internacional socaba las bases del Estado.
Sin horizonte político ni comprensión económica, el gobierno renovador ha socavado su propia legitimidad basada en una supuesta superioridad moral, que hoy solo le sirve en el plano discursivo para el disciplinamiento social. Parafraseando a Lenin, podemos decir: al no entender el imperialismo como nueva fase del capitalismo, la política renovadora solo se basará en la injuria y la persecución, dando pie desde una postura protofascista al avance de los intereses ajenos al país. En ese contexto, el pacto político colonial de desprecio a la legitimidad popular, promovido por el TSE, intentará sobreponerse de forma “democrática” al país: ¿una condición más para la ruptura entre las anquilosadas burocracias jerárquicas coloniales contra los estratos subalternos en movimiento?
(*) Juan Luis Gutiérrez Dalence es politólogo















































































