La historia contemporánea de Bolivia siempre ha oscilado entre dos grandes corrientes de pensamiento internacional: el idealismo y el realismo. En momentos de estabilidad, nuestro país ha buscado proyectar una imagen de cooperación multilateral, integración regional y defensa de los derechos de los pueblos, propia de la tradición idealista. Sin embargo, en tiempos de crisis, como el que actualmente atraviesa nuestro país, la política boliviana tiende inevitablemente a inclinarse hacia la lógica del realismo, centrada en la supervivencia del Estado y la preservación del poder, algo que se puede apreciar a una simple percepción.
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Bolivia atraviesa hoy una etapa crucial, donde se evidencia la histórica tensión entre las corrientes del idealismo y del realismo. Esta dicotomía, planteada originalmente por E.H. Carr en The Twenty Years’ Crisis (1939), resulta útil para comprender la lógica que subyace a las recientes decisiones estratégicas del Estado boliviano frente a su crisis económica y política actual.
En los últimos años, Bolivia ha adoptado un discurso idealista orientado hacia la cooperación multilateral, la defensa del medio ambiente —materializado en la propuesta del “Vivir Bien”— y el respeto a los derechos de los pueblos indígenas (Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia, 2022).
Hoy Bolivia enfrenta una coyuntura marcada por la escasez de divisas, crecientes tensiones sociales, fragmentación política interna y una economía golpeada por la caída de ingresos provenientes del gas natural y además marcado por la escasez de reservas internacionales netas (Banco Central de Bolivia, 2024) ha obligado al gobierno a priorizar una agenda realista.
La respuesta del gobierno bilateral, por un lado algo deficiente con políticas económicas que más allá de ser una solución al problema se inclina más a ser una burla para la sociedad, por otro lado, brindó una propuesta eminentemente realista: priorizar el control interno, establecer medidas restrictivas, endurecer la política monetaria y renegociar alianzas estratégicas con actores externos como China y Rusia, sin preocuparse por las críticas al modelo democrático o las tensiones diplomáticas que puedan surgir con potencias occidentales. Las recientes negociaciones con China para el desarrollo del litio, así como la búsqueda de financiamiento externo sin condicionalidades, reflejan una clara inclinación hacia alianzas estratégicas pragmáticas, incluso a costa de tensiones con actores occidentales (CEPAL, 2023).
Sin embargo, no puede ignorarse que la población boliviana, especialmente las nuevas generaciones, siguen anhelando la promesa idealista de un Estado inclusivo, un idealismo latente que demande mayores niveles de transparencia, inclusión y respeto por los derechos humanos (CIDOB, 2024), con un rol activo en la defensa de la democracia y el multilateralismo. La disonancia entre las aspiraciones internas y la política exterior pragmática ha creado un escenario donde el desencanto social amenaza con erosionar aún más la estabilidad, la brecha entre este ideal y la praxis política realista amenaza con profundizar la fragmentación social y el desencanto ciudadano.
Bolivia se encuentra, pues, en una encrucijada. El desafío es cómo equilibrar la necesaria dosis de realismo —para afrontar las urgencias económicas, geopolíticas y, además, una sociedad altamente acechada por la incertidumbre y el alza descomunal de los precios que parecen nunca terminar— con los principios idealistas que legitiman el ejercicio del poder ante la comunidad internacional y la ciudadanía. La experiencia histórica demuestra que los excesos de uno u otro extremo suelen generar consecuencias adversas a la que se espera. Un Estado atrapado exclusivamente en el cálculo estratégico corre el riesgo de alienar a su población y aislarse diplomáticamente; uno que privilegie solo los principios, sin atender a las realidades estructurales, puede quedar vulnerable ante actores más pragmáticos.
La actual crisis ofrece a Bolivia la oportunidad de repensar su lugar en el sistema internacional y de redefinir su proyecto nacional, dejando de lado quizás percepciones de repudio a países como Chile y buscando un equilibrio entre los imperativos del poder y los valores que sustentan una sociedad democrática. Es precisamente en la tensión entre el idealismo y el realismo donde se jugará el futuro inmediato de nuestro país.
(*) Brayan Sergio Pérez Paredes es ingeniero comercial, abogado y teólogo















































































