Cuando Carlos Macusaya —comunicador indianista— asegura que el Centro de Investigaciones Sociocomunitarias (CIS) “agoniza”, traslada su inconfundible estilo mordaz al terreno de la posverdad. El problema no es el tono: es la falta de datos. Vayamos por partes.
Un balance cronológico que desmonta la necrológica
De acuerdo con el propio registro interno del CIS, entre 2014 y 2020 se publicaron 51 libros, lo que equivale a algo más de siete títulos por año. Desde que David Choquehuanca asumió la Vicepresidencia (finales de 2020) hasta hoy, el mismo listado muestra 40 libros nuevos en apenas cinco ejercicios, es decir, casi ocho volúmenes al año, el promedio más alto de toda la serie histórica.
La Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) exhibe un salto aún más drástico. Durante su primera fase (2015-2020) salieron 42 títulos, poco más de siete por año. En el quinquenio 2021-2025 la cifra trepó a 77 obras, algo más de 15 tomos anuales —el doble de la etapa anterior— sin reducir la calidad científica ni literaria.
Autores y temas que pulverizan la caricatura
La nómina de autores recientes desmiente la caricatura: David Harvey, Rossana Barragán, Sinclair Thomson, Bernd Fischermann, Ximena Soruco, entre muchos otros. Conviven estudios sobre economía popular, feminismos rurales, cartografías indígenas, crítica literaria y debates sobre sumak kawsay. El problema no es la falta de investigación; es la falta de voluntad de Macusaya para leerla y reflejarla.
Quiénes garantizan la calidad y por qué importa decirlo bien
La BBB no es un comité de amigos “pachamamistas”. Está supervisada por un Consejo Editorial integrado por personalidades académicas y literarias de mucho peso: Helena Irene Argirakis Jordán, María Magdalena Cajías de la Vega, Elías Caurey Caurey, Ramiro Reinaldo Huanca Soto, José Fernando Mayorga Ugarte y Esteban Ticona Alejo. Su tarea principal es velar por la gestión y la calidad de la colección, conducir estudios introductorios y asegurar rigor científico. Cuando Macusaya confunde su labor curatorial con “propaganda folclórica”, omite que estos consejeros sostienen credenciales académicas que trascienden cualquier gobierno.
Cambio de nombre, cambio de horizonte
Rebautizar el centro como Sociocomunitario no fue “maquillar cortinas”; abrió líneas sobre autonomías indígenas, economías comunitarias y pensamiento descolonizador que hoy se plasman en colecciones como Suma Qamaña y Estado-Nación en clave plurinacional. Llamar “secta” a este abanico disciplinario revela más prejuicio que análisis. Tal vez el problema no sea la institución, sino la conveniencia del vituperio coyuntural.
Una línea para la posteridad
La discrepancia intelectual es saludable; la crítica es necesaria. Pero cuando el periodismo de opinión prescinde de la verificación y se limita al epíteto, termina retratando más a su autor que a su objeto. En política y en academia, los adjetivos no sustituyen a las estadísticas. Mientras esta monumentral obra literaria siga acumulándose, el pronóstico de “agonía” que pregona Macusaya seguirá siendo —como diría el propio indianismo que él estudia— un espejismo en el desierto de la evidencia.
Por eso, lejos del epíteto de “inca-paz” con el que se pretende denostarlo, David Choquehuanca quedará en los registros como el vicepresidente que impulsó la mayor producción bibliográfica estatal en la historia del país.
Juan Carlos Alurralde
es secretario general de la Vicepresidencia del Estado





















































































