El actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se ha referido en varias ocasiones a los migrantes como una “invasión”. No es algo nuevo. En ese país, como en buena parte de Europa, los discursos antimigratorios se han vuelto parte del paisaje político. Estos discursos influyen la manera en que se percibe la migración y, sobre todo, a las personas que migran. En este artículo argumento, a partir de mi propia experiencia, que la categoría migrante no es neutra, sino jerarquizada, contextual y heredera de lógicas coloniales.
Como migrante europea en Bolivia, e hija de una migrante en los Países Bajos, he vivido en carne propia que esta categoría funciona como una etiqueta que varía según el contexto y la percepción social. A lo largo de mi vida, he visto cómo mi condición migratoria ha sido nombrada, clasificada o incluso borrada, según el lugar en el que me encontraba. Lo que soy no cambió, pero sí la forma en que se me percibía y se me nombraba; y eso dice mucho más del sistema que de mí.
Nací y crecí en los Países Bajos, hija de una madre polaca migrante. Allí se me consideraba parte de la “segunda generación migrante”, una categoría cargada de estigmas, estereotipos y exclusión. Aún recuerdo cómo, siendo niña, algunos compañeros me decían que debía “volver al campo de concentración”, refiriéndose a Polonia. Comentarios que me hicieron sentir que no pertenecía, que era “la otra”. Esa sensación no era solo producto de experiencias aisladas: el sistema educativo neerlandés también reforzaba estas diferencias. Es altamente segregador y reproduce desigualdades sociales, como las vinculadas al origen migrante.
A pesar de estos obstáculos, logré graduarme de la universidad. Fue entonces cuando empecé a escuchar que mi historia ya no importaba tanto: que ser hija de migrante “no hacía diferencia”. Pero esa indiferencia esconde otra forma de discriminación: el origen migrante solo se nombraba cuando se quería explicar el “fracaso” o la vulnerabilidad. Cuando había éxito académico, se borraba. Lo migrante solo aparecía cuando se percibía como un problema.
Años más tarde, cuando migré a Bolivia, experimenté esa jerarquización desde otra perspectiva. También aquí soy “la otra”, pero ya no me llaman migrante. En este contexto, me nombran extranjera, o incluso expatriada. De pronto, el mismo hecho de haber dejado mi país de origen adquiría un significado completamente distinto: ya no se percibía como algo negativo, sino como un símbolo de estatus.
Pienso también, por ejemplo, en las conversaciones dentro del grupo de WhatsApp de neerlandeses en Bolivia, donde he observado que algunas personas critican la migración hacia los Países Bajos o Europa. Esta crítica revela algo más profundo: muchas de esas personas ni siquiera consideran su propio desplazamiento hacia Bolivia como migración, sino como una forma de movilidad superior, legítima y natural. Esta negación está anclada en una jerarquización que distingue quién es considerado migrante y quién no, según el país de origen y el país de destino. Una división sostenida por el poder de los pasaportes y los privilegios. Esta jerarquía migratoria es, en esencia, profundamente colonial.
Sin embargo, si observamos cómo la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) define el término, encontramos un enfoque mucho más amplio e inclusivo. La OIM propone usar migrante como un concepto general que abarca a todas las personas que se alejan de su lugar habitual de residencia, independientemente de su estatus legal, las causas del desplazamiento, su duración o si el movimiento es voluntario o forzado.
Propongo adoptar esta definición más amplia del término migrante, sin la carga negativa que muchas veces lo acompaña. Esto no significa borrar las diferencias entre experiencias migratorias, ni ignorar las desigualdades que enfrentan quienes migran desde posiciones más vulnerables. Al contrario: nombrarse migrante desde una posición de privilegio implica reconocer esas desigualdades, y asumir una responsabilidad ética en el cuestionamiento de las jerarquías que estructuran la movilidad global.
Yo migré desde los Países Bajos hacia Bolivia, como hija de una migrante. Y no necesito otro nombre para eso. Invito a quienes viven fuera de su país desde posiciones privilegiadas, en contextos como el boliviano, a reconocerse por lo que son: migrantes. Nombrarse como tal no solo implica asumir una posición más consciente, sino también contribuir a desestigmatizar la palabra migrante y a cuestionar las estructuras que siguen determinando qué vidas en movimiento son valoradas y cuáles, rechazadas.
(*) Anna Alicja Lavooi es antropóloga cultural y migrante















































































