La violencia, con la muerte de cuatro policías por disparos de francotiradores, un fallecido encontrado desnudo en las cercanías de Llallagua, lo mismo que un comunario muerto en los bloqueos de Cochabamba. Una persona arrojada por un barranco, signos de tortura en algunos fallecidos, en medio de graves enfrentamientos entre civiles, urbanos y comunarios, en la ciudad de Llallagua.
El balance médico de casi dos centenas de heridos a nivel nacional, según reportes de los centros de salud —lo que significa que son muchos más— de un lado y del otro de los bloqueos; al mismo tiempo que gente desaforada incendia una ambulancia que llevaba heridos. Pese a la magnitud de los hechos de media semana, la violencia avanza de forma selectiva como en La Paz con la quema de la sede del MAS evista en Miraflores o acá, en Cochabamba, con ataques contra la sede de las Federaciones del Trópico a cuadras de la Plaza Principal. Los actos de violencia también se hacen contra viviendas particulares en Cochabamba y El Alto.
En fin, una enorme variedad de hechos de violencia y crimen, que hacen un cuadro de tragedia que enluta nuestra democracia y nos pone al borde del abismo político y electoral.
Medias verdades, medias mentiras
Los acontecimientos se siguen con información que corre a raudales llena de imágenes y audios y en tiempo real, inundándonos de detalles, pero también de medias verdades, mentiras y distorsiones, porque no faltan los que creen llegado el momento de soltar cualquier idea o sospecha, sabiendo que espera una clientela ávida. Entre las perlas, el vicepresidente del Partido Cívico de Santa Cruz, con seriedad y preocupación, advertía hace unos días de una potencial invasión militar del Perú a Bolivia y preguntaba por el equipamiento y la preparación de nuestras fuerzas armadas para enfrentar esta guerra. ¿Alucinación? No, falta de audiencia. En la trinchera del frente, un par de voceros insinúan que las muertes de policías en Llallagua podrían ser parte de una campaña de «falsos positivos» (término colombiano utilizado para denunciar al gobierno por los asesinatos de guerrilleros y dirigentes sociales que, para ocultarlos, mostraba cuerpos con uniforme militar supuestamente muertos en combate) para volcar la opinión pública en contra de las movilizaciones y los bloqueos. ¿Pesadilla? No, exceso ideológico. En este cortejo las estupideces también tienen lugar. Un exmilitar, con acceso privilegiado a la información institucional y a las redes, acusa a familiares de dirigentes cocaleros que hacen carrera militar de haberse «infiltrado» en las fuerzas armadas para «pasar» información, como si la opción de ser militar estuviera reservada a una clase social y prohibida a otras. ¿Disparate? No, simple clasismo.
En medio de tanta noticia y penas, nuestros medios de comunicación y comunicadores aprovechan para llevar agua a sus molinos de interés, resentimiento o expectativas personales. En la televisión, destacan las entrevistas —sin hablar de las hechas a domicilio y cruzando océanos— donde los periodistas tratan de lucir perspicacia y agilidad verbal, pero confunden una entrevista con un reality show (espectáculo de la realidad). «¿Usted cree que arderá el TSE?» «¿Usted no sospecha que ese gesto le está diciendo algo?» «¿Acá hay un tema conyugal?» Y así, «comprometedoras» preguntas y repreguntas con las que se quiere hacer caer al político en la trampa que anime el espectáculo. En fin, eso es rating, vale decir dinero, y los periodistas convencidos de una gran performance.
Noticias y análisis
Otra variante noticiosa es la que hace de la noticia un tema de análisis en las redes, a cargo de comunicadores que se pretenden políticos aventajados y buscan dar línea sobre las soluciones sin, siquiera, explicaciones sobre referencias mínimas que ameriten sus terminantes conclusiones. Es la línea de los que afirman que frente a las movilizaciones y la crisis habría que negociar todo: «Yo creo que en democracia entran todos». Sí, sin duda, es un principio democrático, pero que, para aplicarse se regula, hay reglas básicas sin las cuales el sistema no funciona. El juego electoral tiene reglas fijas y resultados inciertos, este es su mínimo. Lo otro es levantar la tranquera, que los toros corran a sus anchas y al lado del ruedo se armen ferias de siglas, taxi partidos, candidatos a la orden, programas y un sinfín de bagatelas, sin importar la suerte del público ni de los toros. Para los que ven el partido desde las tribunas, lo ideal serían unas elecciones tipo corrida de toros de San Fermín llenas de algarabía, emoción, griterío y el mayor barullo posible, sin medir que sin administración electoral salta por los aires el frágil proceso que seguimos y la crisis que nos tiene atrapados terminaría de explotar.
Es innegable que la calidad de la administración y la autoridad electoral han retrocedido notablemente. Hay siglas —de partidos ni hablar, la mayoría son una razón social de uso político comercial— que debieron desaparecer hace más de cuatro años, cuasipartidos con siete amonestaciones que debieron cancelarse, contabilidades financieras truchas y vaya a saber qué más, como consecuencia del accionar negligente del Tribunal Supremo Electoral y el cálculo político que opera entre bambalinas. Pese a todo, con trancazos, interferencias judiciales y urgidas cumbres de por medio, avanza el calendario electoral y se utiliza el principio de preclusión que, en la Ley del Régimen Electoral, 026, es el inciso K del artículo 2.
Al filo
Estamos al límite, a punto de sufrir descontrolados enfrentamientos fratricidas y sangrientos, parecidos a los sucesos trágicos del cercano 2019. Esto dice de la profundidad de la crisis, lo mismo que de las fracturas sociales y culturales que cruzan regiones como las del municipio de Llallagua, con antigua memoria de enfrentamientos entre pueblerinos-citadinos y entornos comunitario-indígenas. Lo de Llallagua es un ejemplo, el régimen colonial separó mediante «Cercados» (las «ciudades» de los alrededores de pueblos indios), creando relaciones desiguales y propensas al abuso y las injusticias sociales y culturales y que la república no solo no corrigió, sino que, en la mayoría de los casos, profundizó con mayor exclusión.
Hasta acá algo de contexto general de los trágicos acontecimientos de los últimos días. Ahora pongamos foco en los dos hechos básicos de la tragedia de Llallagua. El primero, es que llama la atención la entrada policial desprolija y confiada a una zona roja con graves antecedentes de enfrentamientos entre policías y comunarios en un territorio por donde circulan autos chutos, precursores del narcotráfico, cocaína y ahora se confirma invernaderos de marihuana. Un circuito mercantil intenso de ida y vuelta, por la porosa frontera con Chile. Hay hasta un nombre casi romántico, pero umbilicalmente ligado a violencia y tráfico: «México Chico». Los enfrentamientos, secuestros y muertes violentas de policías tienen un antecedente muy grave el año 2010, cuando una comunidad captura y ejecuta a 4 policías de DIPROVE, a quienes acusan de volteo de droga y el robo de autos de contrabando. Lo que se confirma cuando se negocia la recuperación de los cuerpos de los policías y los comunarios replican reclamando por los cuerpos de siete de ellos asesinados para robarles los vehículos chutos. Se negoció, la conciliación cerró las investigaciones judiciales y se entregaron los cuerpos de los cuatro policías. Hay antecedentes parecidos del 2004. ¿Esto no sabía la policía, no tomó previsiones? Cuesta entender.
Fragmentaciones y crisis
El otro hecho central en la crisis que amenaza estas elecciones generales es la fractura del MAS y la disputa por la sigla y las candidaturas. Este es un tema crítico por la dimensión de esta organización política y social, que no en vano ha gobernado las últimas dos décadas y tiene una representación social y étnica muy fuerte. No es casualidad que su fractura haya llevado al país a una crisis sin precedentes, como tampoco las dimensiones de las movilizaciones y los bloqueos ante la constatación de que Evo Morales no podrá ser candidato. Morales ha perdido la apuesta porque, igual que el 2019, cuando impuso su candidatura a la fuerza, no pudo comprender que el país cambió y que, en nuestra historia republicana, todos los intentos de reelección fracasaron. La gran cuestión es que el conflicto de fondo no es propiamente por una persona, sino porque un enorme electorado de filiación social y étnica queda sin representación. Planteada la cuestión entre el todo o nada, es posible proteger y cuidar a cientos de personas y ese importante capital político. Quizás, incluso, es posible un acto de grandeza, humildad y autocrítica que la historia recogería, si acaso Morales asume su fracaso y pide a la gente participar sin él en la papeleta próxima.
Llegaremos a las elecciones por inercia y porque los sectores mayoritarios están preocupados de aguantar y sortear la crisis económica, con la esperanza de que las elecciones generales reorganicen el sistema político y la representación, abriendo una ventana de oportunidad.
Los que no entiendan que el país no es más el del 2005, cuando acabó un ciclo, o los que tampoco comprendan que el 2020 quedó atrás, perderán el tren de la historia. Esta es la apuesta de hoy.






















































































