Antecedentes
Recientemente volví a leer unas páginas de la novela Siddhartha, que el escritor alemán Hermann Hesse publicó en 1922. Unos días antes había visitado la exposición «Navegantes» (Galería BNB, La Paz, 2025), de Patricia Mariaca, en la cual se alude de diversas maneras al devenir del viajero en el río, o en los ríos del mundo. Menciono la novela porque Hesse le dedicó unas bellas páginas a la enseñanza del río como símbolo de fluidez y unidad, con un sentido alegórico que me hizo entender mejor las connotaciones de la muestra «Navegantes».
En la trayectoria de Patricia Mariaca (1961), la alusión al viaje y a las imágenes que guarda del mundo son una constante de sus exposiciones; suele convertirlos en disparadores a la hora de dibujar y pintar sus cuadros con aire paisajístico, navegando entre lo figurativo y el expresionismo abstracto. Desde su primera exposición realizada en 1985 en el Museo Nacional de Arte, han pasado cuarenta años; en ese devenir, si hubiera que graficar una línea de tiempo del recorrido de la artista, probablemente habría que dibujar un gran río en lo ancho de la pared de una sala. No con el afán de apuntar fechas, sino de esbozar una geografía, llena de colores que aludan a la naturaleza viva.
«… mi visión de los manglares salvadoreños, el color volcánico de Guatemala, el desierto de Mauritania o los arquetipos de mi infancia, habitarán fugazmente en la sala…»
Son esos algunos de los lugares que compondrían aquella geografía. La cita es un extracto del texto que la artista escribió para una exposición pasada, titulada «Fragmentos reales de mi memoria inventada» (Espacio Patiño, La Paz, 2015). De esos fragmentos que han devenido colores, se armaría la línea de tiempo que imaginamos como un gran río y que se parecería más a un mapa de calor. Un collage de lugares que coexisten en la memoria de la artista, países donde hizo amistades y vínculos que reaparecen en sus cuadros de modos figurados.
«Navegantes» podría verse como una prolongación del hilo conductor que animaba la anterior muestra de la artista, «Corazón amazónico» (Novi Sad, Serbia, 2024). En esa ocasión, Mariaca ya había manifestado:
«Los cuadros de esta exposición navegan desde el corazón del Amazonas hasta Serbia, para invitar a emocionarnos y a reflexionar sobre este río que es a la vez real y simbólico, un lugar del planeta gracias al que respiramos. Sin el Amazonas naufraga la vida. Que cada pincelada invite a seguir fluyendo en cada una de nuestras particulares canoas».
Aquella experiencia internacional se realizó a través de una iniciativa del Consulado H. de la República de Serbia en Bolivia, a cargo de Zana Petkovic, en coordinación con la misma curadora Cecilia Bayá. Varias de aquellas pinturas ya estuvieron en aquella muestra, y cruzaron el océano siguiendo viaje hasta Bolivia. «Navegantes» sería entonces una manera de redondear la itinerancia, pero al mismo tiempo de potenciarla. Son más obras, el discurso se ha singularizado, y sobre todo la Galería de la BNB permitió una experiencia espacial más atractiva y un mayor lucimiento de las obras.
La experiencia de sala
Lo primero que llama la atención al llegar a la muestra es el panorama luminoso, con distintas profundidades, donde resalta la canoa real de color verde amarillento que cuelga en el medio de la entrada, como si se deslizara por el aire. Cuenta la artista:
«Es la canoa que me obsequiaron en El Salvador; la he utilizado en varias exposiciones dentro y fuera del país. Es como un símbolo de mí misma. Aquí intento comunicar cómo nos movemos en la vida, cómo flotamos, sin parar, más allá de que las corrientes de agua sean favorables o adversas» (Mariaca, 2025).
Pero lo que en verdad resalta en la muestra son las pinturas al óleo en formatos grandes, espesas y luminosas. Puede verse también pintura en soportes no tradicionales, donde la forma se erige en el centro. Es el caso de las hojas de plantas ensambladas, brotando una de la otra, dispuestas en posturas verticales. La escultura blanda «Flor meteorito» nos habla de otro tipo de nave que lleva viajando espacios mucho más extensos; «Cascada», en cambio, como elemento flotante, pareciera provenir de ese gusto por las conversaciones con los objetos que la artista suele mostrar.
Cecilia Bayá Botti ha sido la responsable de la curaduría y los detalles museográficos. Nuevamente se notan elementos que suelen estar presentes en sus curadurías, como ser: sentido minimalista, limpieza visual, levedad en la materialidad, variedad de formatos expuestos, iluminación precisa, etc. A diferencia de anteriores exposiciones en esta galería, en «Navegantes» ha sido acertada la decisión de extender el espacio expositivo, utilizando ya desde el hall de la entrada para las obras, algo que amplifica la experiencia general y permite una variedad de lenguajes con mayor amplitud.
Las connotaciones de misticismo
Lo que denota la canoa es una embarcación de remo muy estrecha, ordinariamente de una pieza, sin quilla y sin diferencia de forma entre proa y popa. En esencia, es un bote relativamente pequeño que se mueve principalmente por la fuerza humana. Pero su connotación tiene que ver con los modos en los que el ser humano ha sabido desplazarse por los ríos.
El texto curatorial alude al Mito de Teseo, refiriéndose a una canoa que se iba reparando cambiando sus partes durante el mismo viaje. Pero no es tan relevante indagar si la canoa reparada podría considerarse la misma que en el inicio del viaje, en tanto que prefiero ver la muestra como un asunto de proceso. Ni el mismo navegante es el mismo, todo cambia y fluye todo el tiempo —como ya dijo Heráclito en sus fragmentos.
Por ello me gustó reencontrarme con ese bello relato iniciático que es Siddhartha. Ahí el protagonista aprenderá que el río significa unidad y a la vez flujo constante de la vida; que el río conecta todas las cosas, desde sus fuentes hasta su desembocadura, mostrando la interconexión de todos los seres y fenómenos en el mundo. Al ver en el fluir del río cómo todo cambia, se desconectará de la fijación hacia imágenes del pasado y futuro.
Navegantes es esa manifestación pictórica en la que Mariaca comparte su fascinación por el devenir perpetuo del viajero, por esa voluntad del que rema en medio de dudas y emociones, «hasta que la canoa se convierte en el viajero y en el propio viaje» (Mariaca, 2025).
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