Cuando era niña, me gustaba ver el cielo, buscar formas en las nubes, encontrarme con la luna, observar las flores, mirar a los bichitos. Me gustaba mucho mirar, mirar todo y soñar… Inventaba historias en mi mente, reales o completamente fantásticas. Mi padre era quien incentivaba mi creatividad en ese sentido. Yo creo que tanto él como yo teníamos la imaginación a mil.
Mi madre era literata; me inculcó la lectura y la escritura desde muy niña. Recuerdo que me inscribió casi a la fuerza a un concurso de literatura infantil cuando escribí uno de mis cuentos a los 8 años y gané. Tuve mucha suerte, tuve padres maravillosos.
Quizá fue esa conjunción de miradas la que me condujo, con el tiempo, a dedicarme a la escritura como a la fotografía. Decir fotografía y escritura es limitado, porque dentro de cada una de estas dos áreas hay un mundo desde donde puedes expresarte. Y yo soy una exploradora nata.
Para esta obra, me basé en dos tipos de textos: los contemplativos y los viscerales.
Lo visceral es gestado a través del ruido, aquel que te incomoda, que te pellizca por dentro y nace a través de la catarsis. La parte difícil es conectar con esas emociones profundas, que son tan fuertes que te hacen pensar que no las vas a poder manejar; y aunque no las puedas manejar, puedes volcarlas en el papel.
Este tipo de escritura no nace a través de la razón (quizá la razón llega después), sino más bien a través de las vísceras, de la presión en el pecho, del ruido interno.
Ese desahogo / DES-AHOGO, cuando sacas afuera aquello que te ahoga.
Y, por otro lado, está la escritura contemplativa, esa que nace desde el silencio. Esa que más bien te obliga a ir a la quietud, a la calma, al vacío. Silenciar la mente es todo un reto; incluso en prácticas meditativas no es nada fácil. Pero cuando logras crear ese silencio en medio del bullicio de la mente, puedes abrir los ojos y contemplar, NO MIRAR, no esperar, solo sentir y conectar con ese vacío, para que desde allí nazca la palabra.
Ambos tipos de textos vienen desde un lugar muy personal, muy íntimo.
Quizá también hay parte de lo contemplativo en la fotografía que presento, aunque yo dividiría también en dos tipos de fotografías para esta muestra: la fotografía (si queremos que entre en la misma línea) contemplativa y la explorativa.
La explorativa es más consciente, parte del raciocinio. Son imágenes buscadas, exploradas desde distintos ángulos, desde distintas técnicas, pensando en el equipo que voy a utilizar, el tipo de lente, dónde las voy a encontrar, etc. Tiene una planificación más precisa.
Y la contemplativa, que es como más soñada. Es un azar. Sí, tienes que conectar con la belleza en un inicio, pero luego es esperar, mientras vas tomando una y otra fotografía. En ese tiempo de contemplación surge la imagen.
Con las primeras tú buscas su voz o tú haces que hablen, y en el segundo tipo de fotografía, ellas hablan por sí mismas. Obviamente que en el segundo tipo de fotografía eres tú quien debe encontrar la belleza de esa palabra entre un montón de imágenes.
Esos son los dos tipos de imágenes que encontrarán en la muestra: estas imágenes exploradas y también las imágenes que nacen en la espera.
Tanto textos como fotografías, en su mayoría, fueron sacados de archivos personales. Obviamente, también hay fotografías y textos actuales que se elaboraron para completar la muestra y cerrar este concepto expositivo que es INCONEXO.
Revisar textos e imágenes del pasado fue todo un viaje. Suelo escribir en agendas; es también una manera de registrar mis escritos por fechas y años. Tengo un montón de agendas guardadas con ese tipo de textos. En fotografía no es necesario, porque cada archivo cuenta con el detalle de fechas de manera automática. Y es en este punto que toma relevancia una palabra clave del texto curatorial: «EL ECO».
Tanto imagen como escritos tienen una voz, algo que suena, que resuena, que te habla. Todos estos textos e imágenes han sido cuidadosamente guardados, con esa voz intacta. Y cuando vuelves a abrirlos después de tiempo, puedes escuchar esa voz nuevamente, que ya no es una voz, es más bien un eco. Este eco fue el radar con el que se seleccionaron las imágenes y textos de INCONEXO.
Al terminar de seleccionar las imágenes y textos para la exposición, noté que no había una conexión entre ellos; sin embargo, tenían esa resonancia. Algunos resonaban como un murmullo, suave como un arrullo, y otros imponían su presencia. Cada pieza tenía su propia voz, su propio peso. Fue justamente al observar todo esto que nació el título de la exposición: INCONEXO.
Recuerdo que me pidieron desde la Fundación el texto curatorial, y lo requerían de inmediato. Yo no contaba todavía con un curador que esté a cargo de mi obra, pero, movida por la inmediatez, decidí escribirlo yo.
INCONEXO
Una constelación de imágenes que no se ordenan, pero se sienten.
No explican: evocan.
Cada imagen, cada objeto, es testigo o emisario.
Esperando.
Recordando.
Diciendo algo sin decirlo del todo.
Son visiones nítidas de lo que no se puede atrapar.
Como cartas que nunca se enviaron,
o que alguien prefirió guardar.
Evocaciones de lo íntimo y humano.
Como si se entrara a una casa abandonada,
donde todavía flota el olor del café.
La melancolía aquí no pesa.
Acompaña.
Tiene belleza.
Un eco suave que acaricia
y te hace cerrar los ojos por un instante.
Hay silencio. Hay flotación.
Nada está del todo anclado.
INCONEXO es ese lugar
donde el alma puede sentarse a mirar,
una y otra vez, en silencio,
a reconocer
y a sentir.
No se trata de entender, sino de habitar en el eco.
Texto curatorial
Concretar con un curador fue bastante difícil, así que tuve que asumir yo este papel.
Para explicarlo de forma sencilla, aunque la curaduría es mucho más compleja que esta definición, diría lo siguiente: el artista desarrolla la obra, y el curador tiende un puente entre esa obra y el espectador. No se trata solo de ordenar objetos; se trata de ordenar sentidos, de construir lecturas y emociones, de hilar narrativas entre piezas que quizá no fueron pensadas para hablar entre sí, pero que, puestas juntas, se descubren conversando.
Asumir este doble rol fue una experiencia muy enriquecedora como artista. Me permitió profundizar mucho más en el concepto que sostiene a INCONEXO. Me acercó a la obra desde adentro, pero también me ayudó a entender cómo ella podía expresarse hacia afuera. No desde una vitrina, sino desde el alma.
Me permitió ver el todo: desde la creación de las obras hasta su despliegue en salas.
Seleccionar las obras, definir los tamaños de cada obra, la distribución armónica en las paredes, las gamas de color que se manejarán, qué imagen irá con cuál otra y por qué. El tipo de papel, soporte, marcos, etc. Todo, absolutamente todo tiene un porqué y narra la obra. No es un simple elemento estético, o un capricho del ego; es algo que aporta al concepto de INCONEXO, que unifica o separa con un propósito específico, que narra, que hilvana con hilos invisibles, que crea atmósferas.
Creo que esta experiencia de curar mi propia obra me ayudó a dar un paso más, pero no solo hacia afuera, sino también uno profundo hacia adentro.
En los salones del segundo piso de la Fundación Simón I. Patiño, en la zona de Sopocachi, se exponen textos, fotografías y videos. También se ha creado una pequeña salita donde se realizó una instalación. Estos espacios pertenecen a INCONEXO, que ha sido descrito en estas páginas. Y la sala de video que está a la izquierda de los ascensores fue utilizada para exponer un poco de mi trayectoria como fotógrafa. Porque mi trabajo va más allá de INCONEXO. Soy fotógrafa, escritora, docente de fotografía y guía.
Mi exposición INCONEXO es individual y pueden visitarla hasta el 26 de junio.
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