Del año 2012, cuando publiqué mi primer libro Pensamiento inalámbrico (Plural Editores), hasta la fecha, se han producido varias evoluciones internas que me llevaron a concebir un nuevo texto, que estoy escribiendo actualmente bajo el título de Sumergencias. Como todo escritor, me dirijo a lectores imaginarios, pero también a aquellos que tal vez se interesen por el tema.
En Pensamiento inalámbrico comencé planteando un paralelo entre la organización de los movimientos juveniles contraculturales de los 60 y el funcionamiento de la tecnología inalámbrica, que vivíamos conectándonos a internet a través de atractivos dispositivos portátiles que eran cada vez más notorios en la vida social. En aquel año no se hablaba mucho de estas relaciones. Una búsqueda sobre «Wireless thinking» en la web te llevaba a detalles de routers y cuestiones técnicas de las conexiones. Y es pertinente anotar que el término «inalámbrico» no existe como concepto dentro de la historia de la filosofía.
Se trató entonces de extraer un término de otro dominio, a saber, el campo de los sistemas de computación y las tecnologías de comunicación, para traerlo hacia el campo del pensamiento humano, la neurología y la filosofía. El ejercicio tenía un paralelo claro en la propuesta de Deleuze y Guattari, al tomar el concepto de rizomas de la botánica para aplicarlo al campo de los modelos de pensamiento epistemológicos. Buena parte del libro Pensamiento inalámbrico es un diálogo con el filósofo Gilles Deleuze (1925-1995), un poco como imaginando el libro que él habría querido plantear si viviera en el siglo XXI.
En el camino de escribir el libro había terminado una relación amorosa desgastante, mi hermana se fue a estudiar fuera del país, y al mismo tiempo decidí despedirme de la ciudad de La Paz, pidiéndole permiso para que me dejara ir hacia un nuevo destino en Santa Cruz de la Sierra. Cada uno sabe cuál es su relación con la ciudad en la que vive, a veces como si fuera el mero soporte de la pintura de un cuadro, u otras veces considerándola parte del contenido mismo que es su identidad como ser-en-el-mundo. Cuando tuve aquel diálogo silencioso con la ciudad en la que nací, aquella noche en un punto alto de Sopocachi, me sentí del todo a disposición de otro futuro.
El interés vital de escribir Pensamiento inalámbrico tenía que ver con aprender a sobrellevar los momentos en que se deja ir lo que se terminó, en los que se vive a distancia de seres que uno extraña mucho, y en general aquella sensación de cortar viejos lazos o amarras con antiguas obsesiones, o inexplicables terquedades, anhelando encontrar una nueva lucidez, limpiar los vidrios, reorientar el camino, o recuperar porciones de aquello que habíamos perdido en la ruta. Los seres inalámbricos aprenden a cortar las amarras que los atan a territorios, posturas endurecidas, o a otras personas, al mismo tiempo que reorganizan sus formas de conectarse y hacer relaciones de espíritu saludable, emancipador, multiplicador.
En el camino continué aprendiendo los gajes del oficio como periodista cultural y gestor de proyectos culturales. Hay algo de inalámbrico, sin duda, y de frágil, en el estatus de trabajador freelance. Llevar una vida más libre de obligaciones absorbentes dentro de un sistema diseñado para estrujarnos todas las gotas posibles, requiere de cierto ingenio y de decisiones con agallas, más seguido de lo que se imagina. Pero también de mucha presencia de ánimo frente a la adversidad, a la negación, acompañada de la inestabilidad económica.
Luego comencé a trabajar ligado a centros culturales y comprendí poco a poco la naturaleza inalámbrica de estas instituciones. Frente al museo tradicional, que cumple la encomiable labor de resguardar, dar valor y exhibir ciertos bienes culturales de una formación social, existe también el formato centro cultural, que no requiere de administrar colecciones de arte o de bienes culturales, y en cambio se estructura sobre la base de la fluidez y el manejo de la pluralidad. Un centro cultural por su naturaleza tiende a ser menos solemne, más abierto a la promoción de la experimentación, y es propenso a la visibilización de otros actores y prácticas que pueden estar siendo desapercibidos en los circuitos oficiales de la cultura.
El desafío a nivel de sostén intelectual en un centro cultural viene con la pregunta: ¿cómo generar una programación que no sea simplemente una ensalada de todo un poco? Entendemos que entusiastas gestores puedan abrir de vez en cuando una casa como centro cultural y llenar los espacios de todo tipo de actividades que les gusten, sin darle mucho tiempo a pensar qué es lo que lo distingue como espacio. El discurso democrático e inclusivo como soporte teórico, que muchas instituciones públicas adoptan en la actualidad, es un parche para su falta de ideas y norte en la gestión. Los centros culturales están llamados a ser inalámbricos respecto de agendas políticas del Estado, no en sentido de cortar sus obligaciones obvias de resultados para una inversión pública, sino en la variedad de formas creativas y a la vez cuestionadoras en las que pueden alumbrar los temas de esa agenda.
No incluí este tema en Pensamiento inalámbrico, solo lo menciono ahora porque está considerado en el segundo libro que estoy realizando, de título que aún no puedo desvelar públicamente.
Uno de los sueños de un filósofo seguramente pasa por la atención que logran sus propuestas teóricas, esto es, instalar en problemáticas actuales nuevos conceptos que sirvan para enriquecer el debate, abrir paso a otros rumbos de solución. Es modesta esta labor filosófica, no se cruza todo el camino, pero se muestra la puerta.
Este año 2025 el llamado ha vuelto a tocarme, camino como embarazado por el trajín del día, con ese libro a cuestas que se está escribiendo, que no hay forma de saber todo lo que expresará si no es en el mismo acto de escribirlo.






















































































