Roberto Valcárcel (1951-2021) fue uno de los interlocutores más lúcidos del arte contemporáneo en Bolivia. Como él mismo apunta en esta entrevista, tal vez su propuesta teórica sobre el arte haya sido más irreverente y subversiva de lo que lo fue su práctica artística. Pero sus ideas y legado no han dejado de resonar. En esta ocasión, comparto una entrevista que le hice a fines del año 2009, cuando recién empezaba a conocer Santa Cruz de la Sierra, y Roberto Valcárcel vivía por la calle Florida en una zona céntrica. Esta conversación fue publicada en el Número 52 de la extinta revista boliviana Nueva Crónica y buen gobierno, y sorprendentemente, parece más ajustada que nunca a la realidad política y cultural que se respira en nuestro país, en el año 2025.
“Creo que lo que necesitamos urgentemente en Bolivia es una crítica a nuestra cultura al margen del rollo político”.
Parte 1
—Las idea de la obra de arte como posibilitadora de nuevas cogniciones es provocadora, ¿pero crees que puede funcionar así en nuestro medio?
Inicialmente no deja de ser una utopía, porque en el buque gigantesco en el cual nos encontramos es muy difícil un cambio de dirección, es muy difícil maniobrar esa nave que ya por su volumen y peso histórico es muy inerte. Sin embargo, eso no me impide pensar lo que me da la gana, y me da la gana de pensar que el arte es una tremenda herramienta para pensar nuevas visiones. Y lo que está moviendo el barco hoy en día con toda la inercia de su carga cultural, está ignorando esa posibilidad y es una lástima. A tiempo de aficionarme de esta idea no creo, por cómo veo marchar las cosas, que esto
en algún momento se convierta en parte del lenguaje común. Es parte de un deseo más poético que político. La pregunta es: ¿Qué nuevas visiones de mundo puede tener una sociedad incapaz de tener nuevas visiones? Un pueblo absolutamente remitido a una cultura burocrática, estática procedimental, llena de ritos –y rito implica repeticiones obsesivas–, a una cultura donde la gente se pone tiesa en los pueblos más chicos y hace todos los rituales más pseudo patrioteros. A esa gente, ¿qué posibilidad tienes de mostrarle nuevas realidades, cuando lo que ellos están tratando desesperadamente es de encajar en la realidad actual?
—Quizás lo interesante estaría en considerar los cambios de percepción que el arte puede provocar a niveles micro políticos, subterráneos. Analizar qué líneas por debajo de lo socialmente visible podría crear.
Claro a mí también esto me interesa. Pero no deja de ser un proyecto a demostrarse. Podríamos preguntarnos: ¿en qué te basas para pensar que el arte puede cambiar la percepción de la realidad?
—Se podría empezar por uno mismo. A ti te ha funcionado así ¿cierto?
No creo que la percepción subjetiva sea extrapolable a situaciones culturales. Cada loco anda con su tema, pero no creo que eso pueda extrapolarse a un lenguaje común, a una cultura. En el actual estado de cosas, lo veo muy difícil. Básicamente el tema es: para lograr el bien de todos tenemos que restringir las libertades. Ese es el discurso de la izquierda. Eso sucedió en China, en Alemania, y está queriendo suceder en Bolivia. A partir de ese macro, la pregunta es: ¿cuánto campo hay para lo micro, cuánto campo hay para la ensoñación personal que trascienda? Lo que creo es que cada individuo, esté en el régimen que esté, sea de izquierdas, de derechas o lo que sea, podrá pensar y sentir dentro de sí el sistema que quiera. A no ser que le den una lavada cerebral, creo que el último bastión de la libertad que tiene el individuo es él mismo. Su propio pensar.
“Entiendo libre así: con un mayor grado de flexibilidad asociativa”.
—Es cierto que el contexto en el que vivimos no es favorable, pero por otro lado los sistemas políticos más apremiantes, por su misma condición, suelen ser más vulnerables al trabajo subterráneo de formas de pensar que se resisten a pensar dentro de ese sistema. En Bolivia da la sensación de que mucha gente tiene este poder bloqueado, esperando que algo lo haga surgir.
Obviamente que la gente está sedienta de otredad, a eso se debe el fenómeno de que la gente quiera escuchar y ahondar en estos pensamientos. Hay una especie de añoranza en un mundo mejor. Quiere salir de la psicosis colectiva en la que estamos. Hay círculos del arte y de la cultura que comparten y participan de esa idea. Pero a lo que quiero llegar es a lo siguiente: este modelo en el cual la obra de arte provoca, ayuda, permite, empuja, invita a nuevas percepciones, implica un público, un observador, un niño, un pueblo, que sea libre. Entiendo libre así: con un mayor grado de flexibilidad asociativa. Que cuando una persona vea una obra de arte tenga la capacidad de asociar ese estímulo visual con una gama más amplia de significados. Y ahí es donde veo el tremendo problema: la cultura, la sociedad contemporánea, y más en el caso de Bolivia, no hace lo mínimo para permitir esa ampliación de rangos. Creo que lo que estamos diciendo es: “el arte puede ampliar la mente de la gente”. Y yo digo: “para que la gente capte alternativas ya tiene que tener un mínimo de mente amplia”. Porque si vos vas a mostrar obras abridoras de la mente en un país que está social, política, históricamente condicionado a ver una sola verdad ideológica, la juventud no verá nada de verdad, de otredad. En este sentido, tampoco echaría la culpa de todo esto a lo que se ha hecho políticamente los últimos años en nuestro país. Hablemos de la época del MNR, de las dictaduras militares, de la época neoliberal, todas ellas han sido una sucesión de limitaciones a la flexibilidad mental. Lo que pasa actualmente con este gobierno no es una excepción. No me estoy yendo contra el actual bloque histórico. Ese buque tiene una inercia tan grande que incluso se puede cambiar de capitán, o bajar hasta la sala de máquinas, pero el bloque en sí, llamémosle la “realidad boliviana”, la “cultura boliviana”, es de una inercia sorprendente. Por eso esta idea en la cual yo creo, de la obra como posibilitadora de cogniciones, no deja de llevar un adjetivo medio feo: elitista. Al fin y al cabo, son doscientos tipos los que van a las exposiciones, los que ven las obras, y que a partir de ellas se les remueve el pensamiento, ven alteridad, etc. Esto no está mal, pero no creo que eso lo podamos extrapolar a un cambio cultural mensurable.
—Tendríamos que considerar también la formación a nivel de colegios e universidades.
Lo que interesaría es el tema de la creatividad, porque básicamente cuando decimos que el arte puede ayudar a tener nuevas percepciones de la realidad no estamos hablando de otra cosa que no sea la creatividad. ¿Qué se entiende por creatividad? Si voy a las instancias universitarias, académicas, escolares, políticas, empresariales, estatales…, me van a salir con discursos que no terminan de entender el asunto. Se puede hablar de lo nuevo, pero el concepto de creatividad imperante habla de lo nuevo dentro del actual sistema, dentro de lo posible. Lo nuevo no se lo entiende por lo que está fuera del sistema, sino inmerso en él. La comprensión de creatividad es muy complaciente, simple, e ingenua. Cuando comprendamos que creatividad es precisamente romper y permitir nuevas percepciones ahí vamos a preguntar: ¿Eso dónde se hace: en el colegio?
¿Cómo se enseña eso en las universidades? Ahí te das cuenta de que el sistema en el cual estamos viviendo es sumamente rígido. Bolivia es un país sumamente autoritario. La esencia autoritaria está ahí, no importa quién sea el capitán del barco. La principal herramienta de este autoritarismo es la burocracia. Esa sí es una transversal que está atravesando todo el sistema, todas las instancias sociales, desde el ayllu hasta los gamonales cambas en la CAINCO. Y justamente ese autoritarismo, esa sumisión al sistema y la realidad, a la cultura, es la que imposibilita el crear nuevos sentidos. No se le ocurre a la persona crear asociaciones periféricas que vayan un poco más allá de la denotación o significación inmediata de la forma visual. En ese momento la maravillosa utopía de que el arte nos sirva para crear nuevas realidades se desploma y se remite nomás al mundo de la poesía y los sueños. Porqué estoy siendo así de pesimista. Porque creo que, si uno plantea un proyecto interesante, por más utópico que sea, al mismo tiempo tiene que plantear y proponer contra qué se está luchando para poder implementar y poder tratar de acercarse a esa utopía. Yo diría que los enemigos de la creatividad son el autoritarismo y la burocracia. Son los enemigos del arte. Y no es un autoritarismo temporal, no es un sistema maniqueísta donde hay blancos y negros, kollas y cambas, etc. Aquí el tema es más profundo. Yo creo que lo que necesitamos urgentemente en Bolivia es una crítica a nuestra cultura al margen del rollo político.
“La comprensión de creatividad es muy complaciente, simple, e ingenua. Cuando comprendamos que creatividad es precisamente romper y permitir nuevas percepciones ahí vamos a preguntar: ¿Eso dónde se hace: en el colegio? ¿Cómo se enseña eso en las universidades? Ahí te das cuenta de que el sistema en el cual estamos viviendo es sumamente rígido”.
En un sistema donde se pudiese comenzar a atacar las cosas a nivel micro, desde las bases, desde el sistema educativo, ahí si uno podría despertar esperanzas de que con el tiempo el niño pueda tener la libertad de manejar el lenguaje de modos alternativos, y de interpretar lo que es la patria, Eduardo Abaroa, o el tema del mar de modos alternativos, y de interpretar lo que es Dios y la religión, y la izquierda y la derecha, etc. En ese momento, con esa flexibilidad, cuando esté frente a una obra de arte contemporánea va a ser capaz de usar esa máquina de significar. De otro modo, me temo que la máquina de significar va a estar siempre puestita ahí y el ciudadano va a ser incapaz de utilizarla.
Parte 2
—En tu libro Valcárcel Trabajos 1968 – 2008, planteas una división en tu vida entre una carrera más cercana a lo real que sería la arquitectura, y el arte como el momento en que te permites volver a la fantasía. ¿Lo que planteas es que uno te sirve para vivir y sostenerte de manera más estable, y el otro para crearte una forma de vida subterránea, o quizás subversiva?
Si y no. Digamos que el modelo obvio en mi caso sería que haga fortuna como arquitecto y sea subversivo como artista. Pero en los hechos eso no se da porque para comenzar mi arquitectura no es complaciente. De otro modo implicaría una especie de esquizofrenia en mi cabeza: no puedo ser arquitecto complaciente y artista subversivo al mismo tiempo. Mi arquitectura siempre tiende a encontrar nuevos formulados espaciales o semánticos, y eso a la gente no le gusta. Cuando acude al arquitecto quiere una casa y la casa tiene que lucir como una casa. Entonces, la segunda opción más obvia es la docencia, y eso es lo que estoy haciendo. En algún momento ese bla bla puede ser motivador para alguien. En general creo que el bla bla que lanzo es de lejos mucho más subterráneo y subversivo que la producción física de mi trabajo. La prueba de esto es que el trabajo artístico que he realizado se asimila fácilmente a la cultura y este es un síntoma de que no es tan alternativo, sino que simplemente es una versión “vanguardosa” o “modernosa”, pero no tan fuera del pensar. En teoría, claro, suena muy bien lo que digo sobre el arte, pero mis trabajos acaban siendo figuras bonitas, son estéticos, y perfectamente aceptables para el sistema.
—¿Por qué crees que se produce esta diferencia entre teoría y práctica?
Bueno en parte tal vez porque soy mal artista y soy muy esteticista. Mi trabajo está dentro de los códigos de belleza aceptados. Por otra parte, está relacionado con el tema del sistema del arte. Ponte: un artista contemporáneo que concibe la obra de arte como máquina de significar hace plantearse la pregunta: ¿Dónde va a socializarlo? ¿En el Museo Nacional de Arte, en la esquina de la Plaza Murillo, en Galería Nota en la zona Sud, o se va a ir a algún sótano de hippies por la Calle Jaén? Ahí te das cuenta de que la obra, por más provocadora de nuevas realidades que pudiese ser, no tiene un mecanismo de inserción, de asimilación o de antropofagia, no tiene posibilidad de mostrarse a la sociedad de manera que ésta la perciba como máquina de significar. Quiero citar una obra-performance de un colega, Eduardo Rivera, que llevó su colchón a la Plaza Murillo y se puso a dormir. Provocó diversas reacciones variopintas de la gente. Él dice: “qué interesante experimento observar la manera en que me veía la gente”. Pero mi pregunta es: ¿alguien ha percibido la realidad de otro modo a partir de su obra? Nadie ¿Y por qué no lo logra? Podemos culpar otra vez al perceptor, es cierto, porque no está predispuesto, no está en celo. Pero es también porque el mundo del arte no tiene las instituciones, no tiene los lugares, ni los entornos conceptuales donde esto pueda suceder. El sistema del arte son las publicaciones, los críticos, los museos, las galerías, etc., pero todo eso no está infraestructurado como para que una obra posibilitadora de nuevas percepciones de la realidad pueda lograr su objetivo.
“Un artista contemporáneo que concibe la obra de arte como máquina de significar hace plantearse la pregunta: ¿Dónde va a socializarlo? ¿En el Museo Nacional de Arte, en la zona Sud, o se va a ir a algún sótano de hippies por la Calle Jaén? Ahí te das cuenta de que la obra, por más provocadora de nuevas realidades que pudiese ser, no tiene un mecanismo de inserción, de asimilación”.
—¿Cuál sería el mejor lugar para mostrar una obra que coloque al que percibe la obra en una situación más propensa a la construcción de nuevas cogniciones? ¿El artista tendría que mostrar su obra en otro tipo de espacio underground?
No, al contrario. Lo que necesitaríamos es un sistema oficial, estatal, de promoción del arte contemporáneo. El arte contemporáneo tendría que ser para el gobierno de turno aquí en Bolivia, lo que fue el Muralismo Mexicano para la revolución de 1920. Tendría que haber, por ejemplo, unos camiones o buses con toda la identidad visual y el colorido, con su logotipo: que vayan a los barrios y anuncien la obra del artista contemporáneo como fabricante de nuevas lecturas, como posibilitador de cognición, y que hayan vías, que no te digan lo que tienes que ver sino que te digan: “ve lo que quieras y abre tu libertad a ver y construir lo que quieras y hagamos cotejos de cuan diferentes son las lecturas”. Pero a ese nivel institucional. ¿Por qué digo eso?: porque Bolivia es un país sumiso y autoritario. Si esto pasa la gente se va a someter a esa autoridad y va a decir “que bonito”, “que interesante”, “conoceremos”. De otro modo lo underground es otra vez para un par de exquisitos iniciados que lo disfrutan mientras la mayor parte de la población ni siquiera se entera de que existe. El arte contemporáneo se convierte casi en una subcultura, lo mismo que el jazz, o el rock metálico, pero esa no es la idea.
—Tendrían que construirse nuevos espacios basados en un nuevo concepto de lo que es exponer una obra de arte contemporáneo.
Cada ciudad tendría que tener un poderoso museo exclusivo de arte contemporáneo, y que se dedique a exponerlo en este sentido, y no a seguir con los mismos homenajes a Oscar Pantoja, a Mónica Pacheco, y a los dinosaurios de siempre. Por otra parte, la institución, como museo, no podría ser una casa, tendría que ser como una serie de focos y subcentros, actos guerrilleros y camiones que van a por aquí y allá, algo sumamente dinámico. Si el capitán del barco se diese cuenta de que con esto se ganaría un tremendo voto y lugar en la historia… pero el tema es que cada capitán de barco sucesivamente teme que esto se vuelva un nido de “agentes izquierdistas”; o ahora dirían: de “agentes norteamericanos”. Pero ya que somos una sociedad autoritaria, sería ideal que esto venga desde arriba, de manera institucional, para que de una vez la gente, sumisamente, acepte ser libre. Esta es la paradoja.
—¿Qué mensaje le darías a los artistas y creadores de nuestro país?
Sería para todos los artistas y también para mí mismo. Les diría: “por más que creas que estás siendo interesante, provocativo, contemporáneo y creador, no lo estás siendo lo suficiente”. Creo que hay un factor de autocomplacencia y eso lo veo en casi todos, también en mi proyecto, porque con una sonserita más o menos rara, uno cree que ya contribuyó con un aporte, una trascendencia, un quiebre. Yo creo que lo que determina tu grado de quiebre o de aporte es el grado de inaceptabilidad, de no integrabilidad al sistema. Y lo que veo es que todo lo que está sucediendo en el arte es automática y lubricadamente asimilado al sistema, y casi todos están felices. Esto quiere decir que el arte no está logrando esa propuesta de otredad, la alternativa suficientemente incisiva.
Son sólo insinuaciones, pero a través de la prensa y las instituciones inmediatamente se lo asimila al sistema. Creo que esa autocomplacencia es mortal.
























































































