Durante la primera década de los años 2000, América Latina experimentó un importante boom de las materias primas, impulsado por la creciente demanda del entonces emergente gigante asiático: China. Gran parte de la producción de la región se destinó a este mercado, lo que contribuyó a un notable crecimiento y permitió a varios países latinoamericanos impulsar políticas más independientes respecto de Estados Unidos. La condición de China como potencia en ascenso limitaba aún su capacidad de ejercer un soft power significativo sobre la región, lo que abrió espacio para movimientos políticos autónomos y fomentó procesos de incipiente industrialización.
Sin embargo, el siglo XXI presenta un panorama muy distinto para la región. Tras veinticinco años de expansión industrial, China dejó de ser simplemente un comprador de materias primas para convertirse en una potencia industrial capaz de inundar los mercados locales con productos de alto valor agregado. Esta dinámica ha limitado significativamente las posibilidades de desarrollar estructuras económicas complejas en América Latina, en un proceso similar al que protagonizaron los Estados Unidos durante su expansión en el siglo XX.
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En la Argentina libertaria, las advertencias sobre el expansionismo económico chino son cada vez más tangibles. El conurbano bonaerense, que alguna vez fue el corazón industrial del país, se ha convertido hoy en el principal escenario sudamericano donde se manifiesta el conflicto económico que afecta a Occidente en su conjunto. El caso de la industria textil es el más visible, las empresas argentinas están sufriendo el impacto de una avalancha de productos importados desde plataformas digitales chinas. Frente a prácticas de dumping y costos de producción extremadamente bajos, las pymes se ven obligadas a despedir trabajadores o, a cerrar sus puertas. Según relevamientos del sector 72 % de las empresas aplicó medidas de ajuste entre 2023 y 2025, con 6 de cada 10 compañías reduciendo personal.
A pesar de estos efectos evidentes sobre el empleo y la producción, China continúa ofreciendo tentadores acuerdos de libre comercio e inversiones en infraestructura. Un ejemplo emblemático es el puerto de Chancay, en Perú, cuya inauguración fue presidida por el propio Xi Jinping. A ello se suma la promesa de financiar desarrollos ferroviarios que conecten Perú con Brasil, proyectos de una magnitud que no se veía en la región desde el siglo XIX.
El Águila Norteamericana a la deriva
Mientras tanto, Estados Unidos lleva ya una década criticando la expansión China: de las tímidas acusaciones de robo de propiedad intelectual de Obama hasta medidas extremas de aranceles que sacudieron la economía mundial en 2025. Sin embargo, el problema de fondo para Washington radica en que no ha formulado un plan de desarrollo que incentive a los gobiernos latinoamericanos a desacoplarse de la división internacional del trabajo propuesta por el modelo chino. Irónicamente, Estados Unidos ha terminado por replicar la misma “trampa de la deuda” que atribuyó a Pekín en África como herramienta de presión política. El rescate impulsado por el gobierno de Trump a la Argentina pareciera una manifestación más de esa estrategia.
Lo más grave es la torpeza con la que se aplica este rescate. En caso que el Tesoro estadounidense concretara la asistencia de los 20.000 millones de dólares prometidos por Scott Bessent, estaría subsidiando un tipo de cambio accesible que permitiría al consumidor argentino continuar importando productos chinos. Este mecanismo, lejos de reducir la influencia de Pekín, la profundizará directa o indirectamente, consolidando aún más la dependencia del país respecto del gigante asiático.
A pesar de la polarización política imperante, que reduce el debate a un ejercicio binario en el cual la derecha se identifica con Estados Unidos y la izquierda con China, aunque paradójicamente hoy sea Pekín uno de los defensores del libre mercado mientras Estados Unidos adopta posiciones proteccionistas, la complejidad del presente exige que la región apueste por soluciones propias. No se trata de aplicar recetas ajenas ni de buscar atajos, sino de construir un modelo de desarrollo propio que fortalezca la soberanía económica y permita afrontar con mayor firmeza los vendavales geopolíticos del presente.
De la Marea Rosa a la Marea Roja: el acercamiento del Dragón
(*) Tobías Belgrano es analista político e internacional















































































