El inmunólogo Derya Unutmaz ha declarado que no debes morirte en los próximos 10 años porque los avances de la IA y la biotecnología podrán, en ese lapso, curar las enfermedades que son sinónimo de muerte. En otras palabras, estamos en el umbral de la eterna juventud y próximos a la Singularidad que vaticinó otro genio, Ray Kurzweil. La vejez, las enfermedades y la muerte, como destinos inexorables, serán un tema del pasado. Con la IA y la biotecnología nanobots recorrerán tu cuerpo para curar los males; podrás “imprimir en 3D” tus nuevos órganos; e incluso, evitarás con sofisticados análisis del ADN que nazcan organismos enfermos, entre otras chifladuras tecnológicas. Ergo, seremos jóvenes y diáfanos para siempre. Un futuro bendito y/o maldito a partes iguales. ¿Quiénes accederán a esos milagros tecnológicos? Pues los que tienen mucha plata. Se vienen pirámides sociales que jamás conoció la historia humana.
Los avances de la IA transformarán también las ciudades del futuro. La consabida alegoría de la ciudad como organismo viviente será pronto una metáfora evolutiva y dispareja. Pienso que la ciudad del futuro será un organismo mixto, un cyborg urbano como un grotesco mutante. Pero, considerando nuestra realidad social/tecnológica/cultural/económica ¿estaremos preparados? ¿podrá la IA entender nuestra complejidad urbana?
Por el momento, Uruguay está construyendo en Colonia la primera ciudad completamente inteligente de Latinoamérica, y existen ciudades que desarrollan sus programas (control e implementación) con IA. Esos sistemas se llaman Gestión Urbana Optimizada. La IA actúa como el sistema nervioso central capaz de procesar, en tiempo real, toda la información generada por sensores, cámaras, dispositivos móviles y transacciones digitales. Es una gestión municipal predictiva/reactiva/resiliente con una capacidad de simulación sin precedentes, capacitada para anticipar problemas y desastres. Y en otro campo de aplicación, los estudios de planificación con algoritmos generativos, pueden crear y evaluar infinitas alternativas en tiempo record obviando contratos de onerosos consultores.
Pero, la ciudad algoritmizada tiene desafíos éticos y culturales. La planificación y gestión urbana con IA se basa en datos que requieren una vigilancia masiva con reconocimiento facial 24/7, donde seguridad y libertad se difuminan. ¿Quién controla esos datos? ¿el alcalde, el gobierno central, el vice? ¿quién es el Big Brother? Sin una regulación sólida, sin una ética colectiva, crearemos tiranías de control y vigilancia.
La sociedad paceña tan díscola y festiva 24/365 ¿aceptará someter la ciudad a la IA? ¿lograremos una simbiosis “eterna” entre la inteligencia artificial y nuestra “inteligencia” colectiva?
Carlos Villagómez es arquitecto.





















































































