La inflación suele definirse como el aumento generalizado de precios. Pero no todos los precios aumentan al mismo ritmo y, por tanto, es también un proceso de modificación de los precios relativos, que redistribuye la riqueza. Unos pierden más que otros.
La inflación, por eso, es dañina y deteriora la situación de los más vulnerables. Por supuesto, beneficia sobre todo a quienes controlan la oferta monetaria.
Aunque la inflación se perciba como aumento de precios, se trata de una disminución en el valor de la moneda, y por eso su historia es también la de la moneda. Esta surgió cuando la gente empezó a utilizar como medio en sus transacciones de algunos bienes que eran apreciados por muchos y cuyo valor no se perdía fácilmente con el tiempo. En algunos casos fueron cereales secos, en otros fueron conchas ornamentales y poco a poco metales como el cobre, la plata y el oro. Cuando había inflación en esos casos, era porque los precios de esos bienes cambiaban, ya sea por cambios en la producción y por tanto en la oferta, o por la aparición de un mayor número de demandantes. En otras palabras, la cantidad de dinero en circulación y la cantidad de bienes y servicios interactúan, como lo percibieron claramente ya en el siglo XV.
Antes de que América fuera integrada al reino de Castilla, el comercio era muy limitado y no hay evidencias de que se utilizara monedas. Algunas tradiciones orales recogen experiencias de intercambio con la mediación piezas metálicas, pero no fueron generalizadas como ocurrió después. La monarquía Castellana reglamentó la acuñación de monedas estableciendo pesos y medidas que resultaron tan confiables que el Real se convirtió en la primera moneda global, aceptada tanto en la China como en México, en Londres como en Potosí.
Aunque ocasionalmente se registraron quejas sobre pequeños hurtos que cambiaban el peso y valor de la moneda, o sobre su ocasional escasez en algunas regiones, la inflación no parece haber sido un problema relevante en el periodo virreinal y tampoco en las primeras décadas de la república, cuando se mantuvo la práctica de acuñar monedas con valor intrínseco en metal y la garantía de la autoridad pública. Pero no era cómodo ni seguro andar con monedas de oro y tampoco con los pesos de plata, así que pronto aparecieron instituciones que las guardaban, emitiendo a cambio papeles que garantizaban al portador su derecho a cambiarlos por el metal en cantidad equivalente. Varios bancos cumplieron esa labor, como el Banco Nacional desde 1873 y y otros como el de Francisco Argandoña. Ellos emitían billetes y guardaban las reservas que los respaldaban en oro, plata o alguna moneda internacional confiable.
Las monedas privadas eran más confiables que las oficiales, que a veces se emitían con menor valor que el nominal, lo que se denominó “moneda feble”. El Presidente Santa Cruz demostró así, tan temprano como 1829, que no era fácil eludir la tentación de desvalorizar la moneda para captar recursos.
En la historia económica boliviana no hay registros estadísticos antiguos para conocer cómo se comportaban los precios, salvo para periodos breves. El trabajo de Rosario Henriques, “La vida en la periferia (Cochabamba entre 1825 y 1925)”, construyó para ese largo periodo un índice de precios a partir de una canasta básica de bienes que eran de consumo generalizado en esa ciudad. En esa serie se observa una extraordinaria estabilidad de precios. Resulta que el primer siglo de la República el periodo de mayor inflación fue el quinquenio entre 1902 y 1907, cuando se registró un promedio anual del 7,7%. En alguno de esos años superó el 10% debido a sequías que afectaron la producción de alimentos. Pero, durante largos periodos lo normal fue que la inflación se mantuviera por debajo del 1% anual.
En 1929 se contrató una misión internacional presidida por William Kemmerer, que recorría varios países ayudando a reformar y modernizar los sistemas monetarios, con la creación de Bancos Centrales que dieron el monopolio en la emisión monetaria a los gobiernos. Así se hizo también en Bolivia y apenas dos años después la inflación anual alcanzó al 26%.
Como relata Napoleón Pacheco en su capítulo de “Historia Monetaria Contemporánea de Bolivia”, eso se debió al esfuerzo realizado para superar el impacto de la Gran Depresión que había desplomado los precios del estaño y los ingresos fiscales en el país.
La emisión de moneda es un instrumento muy poderoso y su monopolio fortalece al Estado, estableciendo un elevado margen de influencia sobre la economía de sus ciudadanos. Por eso se planteó siempre que el Banco Central sea administrado bajo estrictos criterios técnicos y con total independencia política. Pero, la tentación de utilizar su poder monopólico para manipular la economía y resolver los problemas de financiamiento del gasto público ha sido demasiado grande. En los hechos, la independencia del Banco Central fue respetada sólo en breves periodos.
Así, desde la creación del Banco Central son muchos los gobiernos que han usado y abusado del monopolio estatal en la emisión de moneda. Después de la Revolución Nacional la inflación superó el 140% anual, obligando a un severo ajuste. Peor aún fue el periodo 1982 a 1984 cuando se superó el 2.177%, obligando también a un ajuste estabilizador con el decreto 21060. Y a pesar de haber alcanzado un nivel récord de reservas internacionales en 2014, hoy nos encontramos nuevamente con tasas elevadas de inflación, impulsadas por un enorme déficit fiscal.
No pudimos completar una serie, ni siquiera aproximada, de la evolución de la inflación en los últimos 100 años, pero sí contamos con datos para 14 quinquenios. Comparando éstos con los 19 de Henriques, encontramos que la inflación anual promedio en los 100 años previos al monopolio estatal de la moneda fue del 2,3%, en tanto que en los 100 años posteriores fue del 213%. Aún si excluyéramos la hiperinflación de los años 1980, la tasa de inflación estaría en torno al 27% anual. Es decir, desde que se estableció el monopolio estatal de emisión monetaria forzando a los ciudadanos al uso de una moneda nacional, hemos tenido una inflación 10 veces superior a la del periodo previo, y en algunos momentos mucho más.
La inflación se ha convertido en la regla más que en la excepción desde que se estableció el monopolio estatal de la emisión monetaria. La moneda, cuya función es la de facilitar las transacciones y contribuir a que las personas preserven el valor de sus ahorros, se ha convertido en un instrumento de poder utilizado históricamente para redistribuir recursos sin mecanismos transparentes de control democrático. Nadie ha estimado cuánta riqueza se le ha quitado a la gente y a las empresas por este mecanismo, pero sin duda ya es demasiado.
Es urgente, pues, pensar en una reforma monetaria que evite que el Estado abuse del poder monopólico de emitir moneda, que es algo que ya intentamos y requiere una gran fortaleza institucional, o que de una vez le quite esa capacidad.
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