La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha desencadenado lo que la Agencia Internacional de Energía (AIE) califica como la peor crisis petrolera de la historia. El cierre de facto del Estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del crudo y el gas que consume el mundo, ha sacudido los mercados globales. La magnitud de la disrupción es algo que los organismos internacionales y los mercados no anticipaban.
El crudo Brent llegó a superar los $us 119 por barril en los momentos más críticos del conflicto, desde los $us 70 antes del inicio de las hostilidades. El tráfico de buques en el estrecho se desplomó un 95%, de cerca de 130 embarcaciones diarias en febrero a apenas seis en marzo. La consecuencia directa ha sido una cadena de choques que va desde los surtidores de gasolina en Europa y Asia hasta los campos agrícolas de América del Sur y África.
Una crisis para largo
El físico y analista en energías Francesco Zaratti advierte que el daño va mucho más allá del precio del crudo. «No es solo la crisis del barril de petróleo, que sigue por encima de los $us 90», señala. «Si terminara la guerra, el precio podría bajar, pero no rápidamente. Porque habrá mucha presión para reponer las reservas que muchos países han consumido para contener la inflación», explica.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha recortado su previsión de crecimiento global para 2026 al 3,1%. Advierte que si el estrecho permanece cerrado, el mundo podría caer al 2%, al borde de la recesión. El precio del petróleo, según el FMI, podría promediar $us 110 por barril en 2026 y alcanzar los $us 125 en 2027 de prolongarse el conflicto.
Esta guerra que parece tan distante puede afectar directamente a Bolivia al elevar los precios de los combustibles, generando tensiones económicas y sociales. «No es sostenible que un gobierno tiemble ante cada nueva compra de gasolina y diésel a precios prohibitivos. Depender de lo que ocurre en un estrecho a miles de kilómetros de distancia no es aconsejable», remarca Zaratti.
Fertilizantes
Menos visible pero igualmente grave es la crisis de los fertilizantes. El analista subraya que el problema tiene dos frentes simultáneos. «Gran parte de su producción provenía de las industrias del Golfo y otra parte importante de Ucrania y Rusia, donde también hay conflicto», precisa. La escasez resultante ya está afectando la producción agrícola en varios países, con el riesgo de que una crisis energética se convierta también en una crisis alimentaria.
Asia concentra el impacto más severo. Al ser el principal destino del petróleo que transita por Ormuz —más del 80% de los envíos estaban destinados a mercados asiáticos—, países como Japón, Corea del Sur y China se encuentran en una situación particularmente delicada. La AIE proyecta la mayor caída trimestral de demanda de petróleo desde la pandemia de Covid-19 que registró 1,5 millones de barriles diarios menos en el período más crítico.
Lecciones necesarias
A largo plazo, Zaratti vislumbra una reconfiguración del mapa energético mundial. «Puede haber nuevas rutas comerciales de petróleo, nuevos esquemas de abastecimiento de fertilizantes y, sobre todo, ajustes de precios. Porque buscar rutas alternativas también tiene un costo», apunta. En ese escenario, Venezuela y Guyana podrían emerger como proveedores más relevantes para el hemisferio occidental, aunque el analista es claro en que esta transición tampoco será inmediata ni indolora.
Pero la lección de fondo, insiste Zaratti, apunta hacia algo más estructural. «Mi posición es la misma desde hace tiempo: todos los países necesitan depender menos del petróleo y del gas, y avanzar hacia la producción de electricidad con fuentes renovables. Esa es la gran lección de esta crisis». No se trata, aclara, de ideología ambiental. «No es por fanatismo climático ni por moda, sino porque es una necesidad económica real y urgente”.




















































































