El 7 de agosto de 1974, el funambulista francés Philippe Petit forzó la mirada sorprendida de cientos de transeúntes hacia lo más alto de las Torres Gemelas en el World Trade Center de Manhattan, Nueva York. Habiendo tendido una cuerda entre las torres 1 y 2, cruzó caminando la cuerda que yacía estirada a nada menos que 1.500 pies de altura. La cuerda había sido instalada de manera oculta durante la noche, con ayuda de sus amigos cómplices de la hazaña. El documental Man on Wire (2008), de James Marsh, relata los detalles de esta insólita performance artística que tuvo como escenario central el World Trade Center, gracias a un hombre que quiso probarse llevando al extremo sus dotes de equilibrio, control mental, astucia y dominio de los cambios de peso de su cuerpo. La performance duró casi 45 minutos y representó la realización de una obsesión personal de Philippe Petit, largamente meditada.
Casi tres décadas después, la noticia que recorrió el planeta al despuntar el siglo XXI, desde aquel mismo World Trade Center, ya no fue nada feliz, ni inspiró una gota de admiración. Al contrario, el atentado del 11 de septiembre de 2001 a las mismas Torres Gemelas convulsionó toda la zona de Manhattan y representó la suspensión de una serie de libertades. Según se sabe, 2753 personas perdieron la vida en aquel atentado, y otras 224 vidas se perdieron en los otros incidentes que involucraron aviones que se estrellaron en el Pentágono y en Pensilvania.
Aquella mañana oscura para la memoria global nos despertó hacia el siglo XXI con sus nuevas prerrogativas. Era la entrada a un nuevo mundo; aunque no habíamos dejado de tener los pies en el mismo planeta, la vida en este mundo se deconstruiría a sí misma en casi todos los ámbitos: la geopolítica, la seguridad ciudadana, los viajes, las relaciones entre economía y religión, la tolerancia religiosa, etc. Casi no hay área que no haya cambiado a causa de aquellos nefastos atentados.
En esta semana recordamos el vigésimo cuarto aniversario de aquel evento. Pero ¿cómo recordamos lo sucedido?, ¿qué hemos aprendido?, ¿y con qué interpretación de lo acontecido nos hemos quedado? No hablaremos desde la vivencia espantosa de quienes estuvieron aquel día en el mismo lugar presenciando los hechos, ni siquiera de quienes vivían en esa área. Solamente podemos reflexionar desde nuestra vivencia, que fue en esencia una experiencia mediada por la pantalla de la televisión y la transmisión de las cadenas de noticias de Estados Unidos. Y esta última constatación no es nada menor, puesto que en la implantación de una narrativa determinada para cualquier hecho, los filtros e intermediarios que intervienen en el proceso de conocimiento afectan en gran medida el resultado final de lo que sabemos. Esto es casi de sentido común.
Pero el asunto es: ¿en qué medida logran pasar desapercibidos los medios que hacen de filtros, disminuyendo el grado de distorsión que pueda provocar la manera en que cuentan la noticia y montan las secuencias? ¿Logran obstruirnos menos la visión postulándose como simples ventanas desinteresadas, o instrumentos que reflejan con transparencia lo que sucede en la realidad? No es un estudio sobre medios de comunicación lo que me interesaría plantear en este escrito, sino proponer una aproximación más ligada a la lectura desde la filosofía y algunas disciplinas que la conforman, como la epistemología, la axiología y la ética.
Comencé a indagar sobre este acontecimiento gracias a las intervenciones que hacía el filósofo Slavoj Žižek sobre la posmodernidad y el multiculturalismo, después del 11-S. Era el año 2014, se iban a cumplir 13 años desde el atentado. Gracias a la plataforma YouTube en internet, encontré materiales alucinantes que cuestionaban la versión oficial que defendió el gobierno de Estados Unidos, y que observaban las inquietantes incongruencias del informe de la Comisión investigadora. Numerosos pensadores y artistas se pronunciaron con el tiempo, siendo Susan Sontag una de las más valientes y contundentes contra el gobierno de Estados Unidos, pero también Noam Chomsky, pasando por Slavoj Žižek hasta Jean Baudrillard y David Lynch, cada uno por diferentes derroteros. Entre todos ellos tiene una mención especial Philippe Petit, que sin apuntar a nadie habló recientemente consultado por los medios y dijo: «Si uno recuerda aquel día de 1974, podrá remontarse a un tiempo en el que las Torres Gemelas no se relacionaban con un día horrible y de pérdida de vidas humanas, sino que estaban conectadas a un evento increíble de alegría y belleza». Esto resume lo que es el arte, el pensamiento y la percepción: formas de conectar para dar sentido. Acaso en esta dimensión resida el principal campo de batalla contra lo que se entiende ordinariamente hoy en día como «terrorismo».
Perdidos en lo llamativo
El discurso oficial del gobierno de Estados Unidos —al que todavía se suscriben numerosos medios conservadores en el mundo— explica los hechos ocurridos en base a un pensamiento vertical, que solo puede centrar su atención en lo alto (y en las jerarquías), en lo más visible por estar más arriba. Era simbólico, en efecto, que la ciudad de la verticalidad como Nueva York, pionera en la construcción de rascacielos en occidente, fuera atacada por un enemigo extranjero, un terrible «Otro» que promovía el fanatismo religioso y no respetaba la vida, sino que enseñaba la cultura del odio hacia lo diferente. ¿A qué enemigo le podía caber esa descripción espantosa de un personaje villano?
No hemos reparado del todo en cuanto la manera de recordar los hechos no ha sido del todo objetiva, sino que fue guiada casi desde el mismo momento de la transmisión en vivo por la reacción y toma de decisiones que exhibió el gobierno de Estados Unidos, a la cabeza del infame George Bush, uno de los personajes menos queridos en la larga historia de presidentes de aquel país. En la construcción del discurso de su gobierno, se definieron rápidamente los frentes, quiénes eran las víctimas y quiénes los villanos, para legitimar una inminente invasión armada a otro país, con el motivo de imponer la justicia como represalia, a favor de la libertad en el mundo. El manual de Bush se resumía así en dos líneas: «Ataque de un enemigo externo, conocido por su extremismo ideológico y religioso, que atenta contra la libertad y la democracia de América y de occidente. Pero América debe prevalecer, porque no le tenemos miedo y nosotros estamos en el camino de la verdad».
¿Dónde estaba a esa hora el presidente George Bush? Curiosamente, se encontraba en un colegio de primaria de niños de color, en Florida, donde una profesora de color enseñaba a leer a niños de kínder en voz alta. Bush, de terno y corbata, permanecía sentado cerca del pizarrón, con expresión seca, como si fuera un niño castigado. Otra vez los medios de comunicación servían como respaldo, pues se había instalado un grupo nutrido de periodistas que filmaba todo desde la parte de atrás del aula, a la espera de un supuesto acto oficial que debía realizar en esa escuela el mandatario. Luego de que le avisaran al oído de lo que estaba sucediendo en Nueva York, Bush no expresó gran cosa gestualmente; solo atinó a mantenerse sentado y luego agradecer a los estudiantes por dejarle ver sus habilidades de lectura. Planteado estaba el cuento: había un personaje bueno de entrada, el buen hombre blanco de familia acomodada, en cargo de presidente, que estimulaba la enseñanza de la lectura en niños negros.
¿Acaso no recordó esta coartada la secuencia final de la clásica película El Padrino, cuando los Corleone ejecutan a las cabezas de las Cinco Familias mientras Michael Corleone está asistiendo al bautizo de su ahijado en la iglesia?
Continuará…























































































