El pasado martes se estrenó «El Último Blues del Croata», una producción cinematográfica boliviana que, paradójicamente, no es lo que su título podría sugerir. Dirigida por Alejandro Suárez, la película utiliza como punto de partida la muerte del músico Drago Dogan para construir una historia de ficción sobre dos amigos que buscan dar una sepultura digna a su compañero fallecido en condiciones precarias.
«Esto no es una película sobre Drago Dogan. No es una biografía, ni un documental, ni una biopic. Es una historia inspirada en su muerte, en las condiciones en que él murió y cómo fue», aclara enfáticamente Suárez. La contundencia en la declaración es comprensible, dado que el título evoca directamente al músico recordado por los blues que interpretaba con pasión, tanto con la guitarra como con la harmónica. El escritor y director insiste en que «es una historia de ficción» con protagonistas completamente inventados.
Ficción desde la realidad
La película centra su narrativa en Willy y Perla, dos personajes ficticios que «reciben la noticia de que ha muerto su examigo en condiciones precarias. Y ellos se niegan a que este hombre muera así nomás y quieren hacerle un entierro digno, un homenaje», explica Suárez. Esta premisa simple se complica cuando los protagonistas deben enfrentar «un mar de burocracia, corrupción, viveza criolla» en su intento por honrar la memoria de su amigo.
La inspiración real proviene de la experiencia vivida por los verdaderos amigos de Drago Dogan tras su fallecimiento. Roy Vélez, músico y amigo cercano del fallecido, recuerda que fueron «casi tres días llenos de dificultades legales, tropiezos y emociones encontradas, hasta lograr rescatar sus restos, cremarlos, colocarlos en una urna y despedirlo como merecía, con afecto, música y gratitud».
«Durante ese tiempo ocurrieron tantas cosas, tan intensas y absurdas a la vez, que no era descabellado que alguna vez alguien las llevara al cine», reflexiona Vélez, quien asistió al estreno y confirmó que la película «es una obra muy bien lograda, sensible y poderosa».
Un proyecto guerrilla
La génesis de «El Último Blues del Croata» refleja el mismo espíritu independiente que caracterizó a los artistas que retrata. «Hace poco más de dos años, tomando un café con el Oso, Eduardo Osorio, director de fotografía de la película, nos planteamos un reto: hacer una película con lo que teníamos a mano», relató Suárez durante el estreno.
Osorio, rememora cómo la idea surgió de manera espontánea. «Queríamos hacer algo, queríamos hacer un cortometraje, algo más rápido de lo que se puede dar en una película, porque las películas a veces tardan mucho por financiamiento y por todo el trámite que conlleva hacer algo de esa magnitud».
El proyecto, que inicialmente se concebía como un corto, fue creciendo hasta convertirse en largometraje. Osorio explica que la decisión implicó desafíos técnicos importantes porque «no teníamos presupuesto; queríamos abaratar lo más posible».
Rodaje intensivo y comunidad
La producción se caracterizó por su rapidez y eficiencia. «Una película que se filmó en dos semanas. Dos semanas de rodaje bastante intensas, pero dos semanas», destaca Suárez. Osorio complementa: «Ha sido una locura, porque ha sido fuerte: todos los días de cinco de la mañana a once de la noche».
Para reducir costos, el equipo optó por filmar con luz natural, una decisión que, según Osorio, «abarata mucho, porque son menos equipos y gente». Sin embargo, esta elección técnica implicó ser «conscientes de las horas de rodaje, que hizo que fuera un poco más difícil, porque se hizo súper rápido y teníamos que avanzar lo más posible».
La comunidad del barrio Máquina Vieja se convirtió en parte integral del proyecto. «La gente de ahí nos ayudó mucho y muchos de ellos fueron también parte de los extras en la película», cuenta Osorio. Los vecinos «brindaron sus casas, los espacios: el dormitorio de uno, el cuarto de otro, el baño del otro, la cocina del otro, el garaje del otro, fue genial».
Esta colaboración comunitaria permitió que en dos semanas pudieran «filmar todo, porque moverse de locación en locación es una locura y es costo». El elenco total incluyó «entre los principales y extras unas 20 personas aproximadamente».
Memoria y arte
Roy Vélez, desde su perspectiva de amigo del verdadero Drago Dogan, ofrece una reflexión sobre el proceso creativo. «El arte tiene sus propias reglas: no busca copiar la realidad, sino transformarla para poder transmitirla. En este caso, el guion tomó esa semilla real y creó su propio camino, construyendo una historia que conmueve y que honra, a su manera, la memoria de nuestro amigo».
Esta transformación artística permite a la película abordar temas universales. Como explica Suárez, el filme habla «de contrabando» sobre «la amistad, la lealtad, el paso del tiempo, los amigos de los buenos tiempos, y lo que significa ser artista en un contexto a veces hostil, corrupto y poco generoso con sus creadores».
Osorio coincide en esta visión más amplia. «Para mí es interesante porque no solo habla de un personaje que existió. Ese personaje que existió nos ha ayudado a reflexionar sobre la gente que hace arte y queda sola al final. Es una locura, porque te estás dedicando 100% a cosas que te gustan y al final te olvidas de ti y quedas mal a veces».
Postproducción y apoyo institucional
Tras el intensivo rodaje de febrero de 2024, comenzó un largo proceso de postproducción. «Durante todo el 2024 estuvimos editando, hasta que salió la convocatoria mediados del 2024, el fondo del bicentenario, y ahí vimos un poco la luz al final del túnel, porque la postproducción es larga y cara», explica Suárez.
El apoyo del Fondo del Bicentenario resultó crucial. En su discurso de estreno, el director agradeció no solo «los recursos que hicieron posible avanzar, sino por el estímulo moral que significó recibir ese reconocimiento». La película finalmente «se ha terminado en mayo del 2025».
Proyección y expectativas
Suárez revela que están «apostando muy fuertemente al mercado nacional» por razones tanto pragmáticas como estratégicas. «Primero, porque el fondo nos exige estrenar este año, y segundo, porque por estrategias nos interesa. Creemos que la película si la movemos bien puede funcionar acá».
Los planes incluyen una proyección internacional ambiciosa: «Ya estamos empezando este año y en todo lo que viene nos vamos a dedicar a moverla por festivales, a tratar de internacionalizarla, a venderla, a buscar un agente que esté interesado».
Un legado que trasciende
La película, según Vélez, constata que «Drago no ha sido olvidado» y «su espíritu, de alguna forma, vuelve a recorrer escenarios a través de esta película». El músico expresa su deseo de que «quienes la vean sientan curiosidad por conocer su música, y a través de ella, a ese hombre de blues que dejó una huella imborrable en nuestras vidas».
Suárez dedicó la obra «a la memoria de Drago y también a tantos músicos y artistas que no se rinden y sostienen su vocación contra viento y marea», convirtiendo una historia particular en un homenaje universal al espíritu artístico independiente.
«El Último Blues del Croata» se presenta así no como una biografía, sino como una reflexión cinematográfica sobre la amistad, la dignidad y la supervivencia del arte en contextos adversos, utilizando la ficción como vehículo para honrar experiencias que definen nuestra humanidad.
























































































