En el corazón de Tarija, dos espacios patrimoniales —el Convento Franciscano (Km 1579) y el Patio del Cabildo (Km 1579,5)— se convirtieron en nodos simbólicos de una red global de pensamiento artístico. Estos lugares, marcados por siglos de historia, son ahora parte del extenso mapa de BIENALSUR, la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo del Sur, que concibe el arte como una geografía expandida. En esta cartografía, cada sede recibe una coordenada expresada en “kilómetros” (Km), medidos desde su Km 0, situado en la ciudad de Buenos Aires. Desde ese punto de origen, la bienal se despliega hacia múltiples direcciones, conectando a artistas, curadores e instituciones a lo largo de más de 70 ciudades y 140 sedes.
Esta noción de distancia, más que una medida geográfica, se convierte en una metáfora de la expansión del pensamiento: un modo de situar la producción artística en un territorio sin centro, donde cada kilómetro es una estación de conocimiento, diálogo y resistencia cultural. Así, los kilómetros 1579 y 1579,5 en Tarija no son solo coordenadas físicas, sino lugares donde confluyen historias, saberes y memorias del sur.
En ese contexto se presenta Geografía germinal. Saberes y fronteras, un proyecto curado por Marisabel Villagómez (Bolivia), Clarisa Appendino (Argentina) y Diana Wechsler (Argentina), directora artística de BIENALSUR. La muestra parte de una pregunta provocadora: ¿de qué manera el arte puede revisar los modos en que la ciencia y la historia definieron lo que hoy entendemos por naturaleza, conocimiento o civilización?
El Convento Franciscano, epicentro de la muestra, fue descrito por las curadoras como “punto neurálgico de la frontera”. Allí, durante la Colonia, los frailes administraban tanto los cuerpos como los saberes, en especial los relacionados con la sanación. Clasificar plantas, traducir remedios y registrar costumbres eran acciones que, bajo la apariencia de estudio, se transformaban en mecanismos de poder. El conocimiento se convirtió en territorio, y el territorio, en recurso.
La exposición propone un contrapunto entre esa historia y las búsquedas contemporáneas de los artistas invitados. Sus obras de arte examinan el modo en que las lógicas extractivistas y las narrativas científicas occidentales han modelado el paisaje del sur. En esa revisión crítica, aparece inevitablemente la figura de Alexander von Humboldt —14 de septiembre de 1769 (Berlín, Prusia) – 6 de mayo de 1859 (Berlín)—, el naturalista que soñó con cartografiar el planeta como un Kosmos integrado. Su legado científico, brillante y ambicioso, también arrastró una sombra: la de haber reducido la naturaleza a objeto de estudio y explotación. Geografía germinal no lo cancela, pero lo interroga: ¿qué quedó fuera de sus mapas?, ¿qué voces fueron borradas en esa traducción del mundo?
El recorrido por las salas y patios de Tarija se convierte así en un viaje sensorial y político. Ocho artistas de distintas latitudes transforman materiales, archivos y memorias en actos de reescritura del territorio.
En el Patio del Cabildo, el taiwanés Chaong Wen Ting presenta Virgin Land, instalación que explora la historia global de la quina, árbol medicinal cuya corteza permitió a los imperios europeos combatir la malaria y avanzar sobre los trópicos. La obra, compuesta por vidrio, corteza, video y fotografías, condensa la paradoja de una planta que fue cura y, al mismo tiempo, motor del colonialismo.
La reflexión sobre los mapas y sus violencias continúa con Pablo Martínez (Argentina), quien en El mundo al revés superpone antiguos trazados coloniales con cartografías prehispánicas, dibujando sobre ellos con papel carbónico. Su gesto es tan poético como político: copiar para resistir, reescribir para corregir la historia.
Desde otra perspectiva, Santiago Contreras Soux (Bolivia) interviene documentos del National Archives de Kew (Londres) en su serie Contra-Cartografías. Sobre esos mapas, el artista traza líneas que revelan la trama invisible del extractivismo: cómo la búsqueda de minerales, pigmentos o plantas han definido los límites del continente y la economía moderna.
El tejido, asociado al trabajo doméstico y a la transmisión de saberes, se convierte en un lenguaje de resistencia en las piezas de Erika Ewel (Bolivia). En La línea del hilo, la artista ha confeccionado mapas sobre telas teñidas, oxidadas y desgarradas, donde la fragilidad de la materia se vuelve una metáfora de la vulnerabilidad del territorio. La curadora Marisabel Villagómez ve que las cicatrices de la tela (el óxido, el desgarro) reflejan la fragilidad del territorio ante la explotación. Ewel también presenta piezas de oro, polvo, fuego, quina; esculturas orgánicas realizadas en telas sumergidas en el río Kala, cuya estructura rugosa evoca, paradójicamente, las pepitas de oro. La artista aborda así la riqueza natural, la contaminación del agua por la minería y la explotación de los recursos.
En el mismo tono de memoria y reparación, Carla Spinoza (Bolivia) instala en el Patio del Cabildo Las voces del río Guadalquivir, una pieza sonora y participativa que rescata los recuerdos (dolorosos) de quienes habitan las orillas del río tarijeño que está en vías de desaparición. A través de poemas, audios y textos escritos por el público, la obra construye un archivo afectivo sobre el agua.
Desde Perú, Claudia Coca presenta Temporal el olvido; porque soy viento y raíces, una serie de delicados dibujos en carbón vegetal sobre lino que reproducen la textura de la corteza de la quina. Su trabajo restituye el vínculo entre cuerpo, medicina y memoria ancestral, recordando que el conocimiento no siempre nace del laboratorio, sino del bosque.
En el antiguo laboratorio de botánica del convento, Alejandra González Soca (Uruguay) propone Vademecum afectivo, una instalación olfativa compuesta por hierbas recolectadas en los alrededores de Tarija. Las plantas, dispuestas en canastas, invitan a oler, tocar y evocar recuerdos. Allí donde la ciencia clasificó, la artista convoca la experiencia: un conocimiento que se aprende con el cuerpo, no con el manual.
La muestra de arte culmina con la acción performática Dispersión, del peruano Santiago Roose, quien recorre ambos espacios arrojando bombas y papeles de semillas. Su gesto, entre siembra y rito, es una metáfora de futuro: una cartografía que germina, que insiste en crecer.
En su conjunto, Geografía germinal propone un desplazamiento del mapa al territorio, del archivo al cuerpo. Cada obra ensaya un modo de reaprender la relación entre naturaleza y cultura, entre conocimiento y vida. En los kilómetros 1579 y 1579,5, Tarija se convierte en un punto luminoso de esa red planetaria donde el arte no solo describe el mundo: lo cultiva y reinterpreta.























































































