Hay un tipo de arte que pide apartarse tiempo del día a día para ir a verlo. Es un arte que reposa dentro de infraestructuras especialmente concebidas para mostrarse (museos, centros culturales, etc.); pareciera mostrarse ajeno al ritmo de la vida típica, alejado de la calle y de la vida en general. Considérese como ejemplo los salones municipales donde se exhiben cuadros de pintura, varios de ellos administrados por la ABAP de cada ciudad.
En Santa Cruz de la Sierra tenemos el Centro de la Cultura Plurinacional, una amplia edificación con estética de entidad financiera que todavía funciona con una mitad de su superficie construida, la llamada Fase 1. El arquitecto Claudio Arduz, en su libro Ciudad. Arte y Arquitectura (2025), se refiere a la Segunda Fase que hasta el día de hoy permanece pendiente: «La segunda etapa, cuya conclusión de obras estaba prevista para el 2011, lamentablemente aún no inició las obras. Comprenderá un auditorio para teatro y música de 450 personas, biblioteca, talleres de formación, cafetería y estacionamiento para cuarenta vehículos» (Arduz: 2025, 98).
Por el momento, el CCP solo atiende con lo que le permite su Primera Fase construida, que consta de cuatro salas de exhibición, auditorio de video, una biblioteca provisional, oficinas administrativas, depósitos y servicios. ¿De quiénes es la responsabilidad de completar este importante proyecto, que significaría para Santa Cruz tener un teatro del Estado para 450 personas? A saber, se trata de una responsabilidad compartida entre el Consejo Administrativo de la Fundación del Banco Central de Bolivia y la gestión a cargo del CCP, a cargo del periodista y escritor Edson Hurtado –conocido también por haber sido responsable de la oficina regional del Ministerio de Culturas en Santa Cruz en la gestión de Evo Morales.
Aquí haremos un rodeo y retomaremos la cuestión del arte que se muestra dentro de instituciones. El CCP cuenta en esta gestión con recursos que ascienden a casi cuatro millones de bolivianos (3,724,593 Bs exactamente según la Rendición de Cuentas Inicial 2025). Esto, sumado a los amplios espacios de sus salas, al personal en teoría especializado en cada área y el equipamiento con el que cuentan, habilitarían para esperar que sus exposiciones sean una experiencia de calidad, estimulante y que ofrezca algo más cuidado y pensado que en otras galerías alternativas donde no se cuenta con esas facilidades. Lo demanda también su dependencia a la FC-BCB, lo cual hermana al CCP con algunas de las instituciones más ricas en el país a nivel de las colecciones que resguardan y su corte patrimonial.
En el CCP, al no tener una colección comparable a ese peso simbólico cultural, su mérito siempre tuvo que ir por otra parte. Tenía que ver con un modelo de gestión flexible –uno de los legados de la gestión de la directora Paola Claros–, que atendiera a la producción artística, a la construcción de públicos y un manejo muy fluido que hiciera desfilar actividades desde el teatro hasta las artes visuales, pasando por las actividades musicales, literarias y de investigación.
Había algo de esa línea en la gestión del actual director Hurtado que parece haberse perdido ya a estas alturas. Por ejemplo, sorprende negativamente encontrarse con dos exposiciones producidas por el CCP que no responden a la jerarquía de la institución, especialmente la que titula «Mujeres cruceñas: 200 años de lucha e historia». En pasados días tuve oportunidad de recorrerla con el artista Alfredo Coloma, llegado desde La Paz –para su notable exposición «Cedición (bis)» en Nube Galería. Caminando la sala, recordamos aquellas improvisaciones que suelen armar funcionarios del Ministerio de Culturas cuando el jefe de turno les instruye que hagan algo para salir del paso. Esa era la sensación al ver esta muestra en el CCP. Alfredo Coloma comentó que le recordaba a la estética del Museo Costumbrista de La Paz.
El tema es muy sensible y necesario, es del rol de la mujer dentro de las reivindicaciones sociales de la historia cruceña. Pero nuevamente caía en el facilismo de la muestra «Creadoras» del Museo Nacional de Arte, que reunió una interesante colección de obras, pero con el único requisito de que fueran de mujeres. ¿Basta solo con que firme una mujer para que la obra pueda estar en esa sala? Ya se ha avanzado mucho en la crítica a la instrumentalización de las razas, etnias y géneros. Las luchas feministas han demostrado que lo que se llama mujer no es un determinismo de sexo únicamente, sino que se trata de una construcción social que involucra a los poderes establecidos.
Muy pocas ideas, sin embargo, en «Mujeres cruceñas: 200 años de lucha e historia», donde se aplaude el entusiasmo de algunas pocas artistas y colectivos que participaron. En cambio, no se le perdona la irresponsabilidad del cuidado institucional al director Hurtado al frente del CCP, que autorizó inaugurar una muestra de arte que requería todavía muchísimo trabajo e investigación.
Los descuidos monumentales
Por citar algunos, incomoda la carencia de cuidados básicos que visualmente hacen diferencia: a la entrada ya se verá un torso de maniquí sucio, con un corsé encima –una idea cliché colocada sobre un pedestal; luego irán saltando a la vista como una viruela las fichas técnicas circulares, cortadas a mano, algunas abolladas. Un televisor plasma que desborda un angosto pedestal y que aparece apoyado a una columna, como se pondría algo provisionalmente en una tienda. Siguiendo más adentro, veremos fotografías vergonzosamente pixeladas, impresas de la manera más precaria, colocadas en la pared con cinta scotch, luego un torrente de palabras esparcido sobre las paredes con una tipografía casi universitaria, tipo Comic Sans, al estilo de principiantes. La verborrea de una línea de tiempo en las paredes será más un relleno que un aporte, pues se imagina que, al faltarles obras de artistas, la sala les quedó algo grande. (¿Y Olguita Ribera no merecía un lugar más central en esta muestra?) Dos históricas como Ejti Stih y Raquel Schwartz apoyaron mostrando una obra cada una, pero, por ejemplo, no se entiende qué tiene que ver ahí la pintura de Raquel, «Ruido», pintura abstracta notable de trazos densos y ondulantes, pero que se pierde al lado de una instalación de esas de Mujeres Creando, interpelativas, con una crítica a una vestimenta tradicional de las mujeres en el oriente. No es un error de la artista, sino una responsabilidad de la responsable de la exposición, que debe saber elegir una obra que dialogue con la narrativa de resistencia social de la muestra. No habría sido difícil incluir otro tipo de obra de Schwartz con ese tono.
Pero el asunto de fondo es que no es una exposición de arte seria en absoluto. Precaria conceptualmente y mediocre museográficamente.
El artista Alfredo Coloma redondeó con este comentario: «Se ve gran potencial en las salas del Centro de la Cultura Plurinacional por su infraestructura, pero sus exposiciones actuales dejan mucho que desear. La línea curatorial es muy floja, por no decir ausente, y está claramente sometida a las narrativas y estética del gobierno de turno. Es triste ver que uno de los pocos espacios públicos medianamente bien equipados de la ciudad sea subutilizado».
No es un detalle menor, ya que una exposición institucional es una forma que la institución tiene de comunicar su visión; más aún, es una forma que tiene de pensar. La cuestión no es aislada, sin embargo; la gestión de Hurtado, que había empezado con mucho entusiasmo, se fue apagando y diluyendo hasta llegar a cerrarse en un esquema programático –afín a la agenda política de MAS–, que los alejó del público en su sentido amplio. A las puertas del final de su gestión, con las instalaciones casi siempre vacías, parece no haber mucho entusiasmo en seguir proponiendo experiencias de calidad. Redondearemos este análisis de manera más estructural en un siguiente artículo.

























































































