Dejar de caer. Revisar los zapatos. Aprender a caminar. No tener cabellos en los ojos. Evitar pensar. Recogerse el cabello para ver donde pisar. Concentrarse en los pasos. Divorciarse. Así arranca —como manual para la vida, para la resurrección— el monólogo Ikiñani. Unipersonal, dicen ahora. Es el estreno en el Teatro Doña Albina con el apoyo del programa Impulsarte del Espacio Simón I. Patiño.
Estamos frente a una mujer de pollera y un escenario donde cuelgan como trenzas unos tejidos lilas, verdes, rojos y azules. Entre esos telares se va a tejer una historia de redención, adornada con tullmas de coraje. La mujer es Mayra Paz, en su primer desafío solitario en escena después de dos décadas haciendo (buen) teatro de grupo con Tabla Roja. Va a salir viva del reto por su buen hacer/sentido nacer.
La mujer se nota perdida, se desviste, cojea; se siente una mariposa de la noche; es un “taparaku” negro. Gira y gira, da vueltas; sus polleras al viento. Es una rueca, es la urdimbre de la vida y la metamorfosis. La mujer no lo sabe y los espectadores todavía tampoco, pero estamos frente a una crisálida. La mariposa está por llegar. Eso es lo que va a suceder.
Los recuerdos dolorosos de ser trenzada por la madre duelen todavía. La voz en off de ella (otro personaje) jura/perjura: “wawitay, los cabellos no duelen”. Es la historia de unas trenzas; el cabello como símbolo de identidad. La niña —que fue— llora, se siente asfixiada por los verbos en imperativo: tienes que ayudar, tienes que venir, tienes que peinar, tienes que callar…
El ritual de la rutucha nos trae el carácter sagrado del cabello; el comienzo de una nueva vida. El sacrificio de los cabellos nos devuelve a la oscuridad. Los cabellos (sí) duelen. ¿O será que lastima el abuso y/o el racismo?
La mujer se encierra en el cuarto y —tijera en mano— combate sus traumas. Es el cierre de un ciclo. Quiere el corte de su padre inexistente. Grita. Llora. Ahora parece chico, ahora se parece al padre ausente (otro personaje). Es una “muru imilla”, como el cuento de Antonio Paredes Candia.
Un día, después de casarse y tener wawa, la mujer cae; no ha dejado de caer, aunque ella nunca lo ha sabido. Entonces una mujer (otro personaje) la salva de rodar por las interminables cuestas de la ciudad, por las escaleras que suben/bajan al cielo y al infierno. La agarra por las trenzas. Sus cabellos serán un lienzo para el amor. Los dedos entre las trenzas también bajan/suben al paraíso de Lesbos. ¿Se pueden coser los miedos y los deseos? ¿Se pueden trenzar las pieles y los alientos de la pasión y luego desaparecer?
Las canciones en aymara de la abuela presagian abandonos. Son caídas, son sueños. “Abu” morirá pronto; es el Ikiñani (durmiendo) que da título a la obra, dirigida (a su estilo con imágenes) por Alice Padilha Guimarães (del Teatro de los Andes); escrita (hermosamente) por la dramaturga Katy Bustillos Vila; musicalizada (sutilmente) por Wara Loayza Manríquez con coreografías de Elena Filomeno y con Valeria Illanes Villegas en el diseño de luces y sonido, como “maestra de mil oficios” (Mayra dixit). Un monólogo también es fruto colectivo, de muchas.
El corazón roto/quebrado trae otro manual de supervivencia: son los “pasos para olvidar mientras te trenzas”. Podía ser el/otro título de la obra. Advertir los puntos finales. No buscar explicaciones. Deshacer recuerdos. Tener fe. Gritar. Deshacer la trenza malhecha y volver a empezar.
La vida ha pasado en apenas cuarenta minutos. El cabello teñirá de blanco a esta Penélope de los Andes. La mujer sabe (otra vez) que algo va a suceder, algo que no puede explicar. Dejar de caer. Revisar los zapatos. Aprender a caminar. La vida es eso que pasa mientras te trenzas.
Post-scriptum: en noche de viernes precarnavalero se estrenó la esperada obra de un talentoso grupo de mujeres; todas ellas citadas con nombre y apellido por la monologuista Mayra Paz. Se respiró un sosegado ambiente de “akelarre”, la fiesta de las brujas vascas. En el mundo las personas que más libros leen son mujeres; en el teatro en La Paz también ganan ellas por goleada. ¿Por qué no van/vamos los hombres al teatro? ¿Tenemos miedo de mirarnos en el espejo?
Los y las más afortunadas del cuarto viernes de febrero fueron aquellxs que se llevaron para el voraz apetito de sus casas una coqueta y sabrosa cajita de cartón de Producciones Ikiñani con mermelada artesanal de copoazú de las chicas de Kusisiña, dos panes de chocolate de Mamita Masita y una bolsa con hojas de candelaria (para el corazón) de las muchachas de la herboristería Hierba Mala. Sabores de mujer.
Ricardo Bajo H.
va al teatro, allí es feliz.














































































