El pasado fin de semana, en Villa Tunari, el congreso de los evistas, según ellos, refundó el Instrumento Político de Soberanía de los Pueblos (IPSP). No debemos olvidar, el IPSP es parte de la sigla del Movimiento Al Socialismo (MAS); o sea, el MAS-IPSP, que está conformado, además, por aquellas organizaciones indígenas/campesinas aglutinadas en torno al Pacto de Unidad, clave para el fortalecimiento del tejido social organizativo y, por lo tanto, político del MAS-IPSP.
Por estas consideraciones sociopolíticas, este congreso generó una expectativa para buscar revitalizar el proyecto político que se conoce como “proceso de cambio”, que logró grandes conquistas para hacer de Bolivia un país con mayor equidad y mayor inclusión social. Entonces, una de las tareas fundamentales de este congreso en el Trópico de Cochabamba, por lo menos el sentido común pedía, era buscar los derroteros para la reconducción de este “proceso de cambio”, empero, para este objetivo era fundamental, en términos gramscianos, una “reforma moral y política” profunda al interior del MAS-IPSP.
Esa “reforma intelectual y moral” transitaba inexorablemente por un mea culpa interno sobre los yerros políticos que condujeron a este partido prácticamente a la escisión interna. Empero, se esquivó este diagnóstico fundamental para el IPSP. Y, aún peor, este congreso se sumergió, nuevamente, en aquellas aguas turbias que, a nuestro juicio, fueron uno de los factores gravitantes para el desgaste de este movimiento político: el “delito del ególatra”, como diría Claude Lefort.
La sabiduría de los griegos ya definía al ego: “yo” y latreia, que connota: “adoración”. O sea, el ególatra es una persona que siente una afección hacia sí misma desproporcionada. Obviamente, el ególatra todo subordina a sus intereses personales y políticos. Como ocurrió en varios episodios de la historia de la humanidad, el ególatra convence a una masa de seguidores para seguir ciegamente su liderazgo que luego deviene en una especie de mesianismo. Esto sucedió hace una semana, cuando los partidarios del expresidente boliviano Evo Morales, en un ambiente marcado por un aura redentor, crearon un nuevo partido político: Evo Pueblo.
Entonces, para justificar esta denominación a este partido, Morales recurrió a la frase acuñada por el subcomandante Marcos: “Estamos volviendo obedeciendo al pueblo boliviano”. Esta frase la usó también en la aurora de su primera gestión gubernamental. Como ocurrió, para ir a la postulación presidencial, a pesar que había un veredicto de un referéndum constitucional que negaba legalmente esta posibilidad, Morales insistió en su propósito reeleccionista y escondió sus propósitos personales con el argumento de que “el pueblo le pedía” y que él no se podía negar. Resulta que hoy, sin sonrojo alguno, usa la misma frase para que su nuevo partido lleve su nombre. “Ni Perón se atrevió a tanto”, me dijo un sociólogo cochabambino.
Más allá de la connotación populista, o sea, zurcir ese vínculo del líder con sus bases para encarnar la voluntad de ellas, por los antecedentes del accionar político de Morales en los últimos años, esta denominación responde al apetito desmedido por el poder del exmandatario. Este accionar está desprovisto de reflexión crítica que condujo al MAS-IPSP a una división. Él usó la lógica del enemigo traducido en el lenguaje interno: “el traidor al proceso de cambio”, apuntando a aquellos que tengan una reflexión crítica y, aún peor, aquellos que osen cuestionar el liderazgo de Morales. Eso ocurrió antes y hoy también ocurre solo para azuzar la “evolatría”.














































































