Frente a las listas de candidatos tanto a la presidencia como a la vicepresidencia, uno se pregunta ¿Tienen capital social? ¿Realmente tienen gente, seguidores? Las elecciones son nacionales, por tanto su capital humano acumulado debería estar repartido en todo el país. En este caso no son suficientes los liderazgos regionales y menos todavía los zonales.
Revisando los nombres de los acompañantes de fórmula del algunos de los candidatos es posible distinguir cierto apoyo económico y por el que seguramente fueron nombrados. En cambio, su aporte se vuelve muy pobre o casi nulo cuando se quiere cuantificar su contribución social, de ciudadanos de carne y hueso, de convencidos, de incondicionales.
Quien tenga capital social sabe que este no se consigue de un día para el otro, menos durante una campaña, por mucho dinero que se invierta en la compra de votos. Es conocido el acto de recibir regalos durante la campaña y votar por un candidato totalmente distinto al momento de sufragar. El capital social es producto de un intenso trabajo previo, se gana palmo a palmo, día a día, lejos de la intención electoralista, es el resultado de obras más nobles que tienen que ver con mejorar la vida de los ciudadanos mucho antes de cualquier acto plebiscitario. Es la cosecha luego de una siembra bien realizada que tiene que ver con una vida de entrega.
Las elecciones de agosto vienen con un raro aire de incertidumbre en los liderazgos. Se ha cargado de promesas que mucho se asemejan a engañosos espejitos, los que peligrosamente juguetean con las esperanzas de la gente y con la suerte del país. La mayoría de ellas se han diseñado en laboratorios donde se arma la consigna pretendiendo cambiar las frustraciones de la gente y convertirlas en promesas que en la mayoría de las veces son sólo eso: promesas.
Por ese cúmulo de ideas montadas, de estrategia elaborada en una oficina y una computadora, hacen ver que no interesa mucho el capital social con que cuente o no un candidato o su acompañante. Según esos estrategas, la eficacia se mide en lo pegajosa que es su consigna. Al jefe de campaña le interesa que la promesa electoral sea la cuerda o batería que se introduce en unos muñequitos hechos en serie (los votantes) y que activado el mecanismo emitan su voto a sola vuelta de la manivela o a un toque del botón que repita la consigna.
Suele suceder que el conjunto de votantes puede tener malogrado el sistema robotizado y tiene más pensamiento autónomo de lo calculado en el laboratorio y al momento de actuar olvida las consignas y sabe que su voto cuenta. Haciendo cuentas a esta altura del tiempo electoral hay demasiadas incertidumbres, demasiada pobreza, demasiado abandono, grandes necesidades, hay excesiva dejadez. ¿Quién realmente está dispuesto a hacerse cargo?
(*) Lucía Sauma es periodista















































































