Si no sabemos lo que pasa, ¿cómo podemos cambiarlo? Y si no sabemos por qué pasa ¿cómo podremos entenderlo? Ha pasado más de una década desde aquella clase Periodismo II; lejos de grandilocuencia y más cercano a válida ignorancia y curiosidad universitaria. “Objetividad absoluta” defendía uno y otro —más agudo, menos ingenuo— preguntó ¿y quién decide qué es lo objetivo? Cruce breve que me volvió casi obsesa con las palabras, historias, con el deber y poder de tejerlas. Contar una historia no es acto solo de memoria. Elegir qué se dice —y qué no— siempre es un acto de poder; pero ahí, precisamente ahí, está el valor de historias contadas por periodistas, las que hacen contrapeso justo y necesario a otras que a punta de fuerza y mordaza crean narrativas edulcoradas.
No soy periodista. Nunca trabajé en una redacción. Pero miro al periodismo como quien entiende que es una estructura que sostiene algo mayor. Con respeto por su precisión y con conciencia de su fragilidad. En tiempos de inteligencia artificial, desinformación y ruido digital, parecería que los desafíos son nuevos. Pero lo que está en juego no ha cambiado, sigue siendo la verdad, y quién se la arroga. Sin periodismo libre, la ciudadanía es decorativa. Las decisiones se vuelven repetición y la opinión se adoctrina sin que parezca.
Escribo por el pasado 10 de mayo, no escribo desde el gremio. Escribo como ciudadana. Porque la defensa del periodismo libre no puede quedarse en las salas de redacción. Si solo los periodistas lo defienden, lo condenamos a la trinchera. Pero si lo hacemos como sociedad, el periodismo deja de ser blanco fácil y se vuelve una barricada legítima.
La prensa está en riesgo cuando se censura, pero también cuando se desgasta. Cuando se condiciona y cuando se la deja hablar, pero solo hasta donde conviene. A veces no hay prohibiciones explícitas, pero hay obstáculos que buscan el mismo efecto. Difícil o nulo acceso a información oficial pública, silencios, tecnicismos disfrazados de procedimiento y negativas sin argumento. Muchas veces el oficio se vuelve cosa de resistencia.
Pero ese resistir y empujar por la historia es urgente a diario e importante siempre. Porque detrás de cada número —sea de inflación, pobreza o crecimiento— hay personas reales. Detrás de decisiones controversiales hay motivos que merecen ser conocidos. El periodismo, cuando es libre pone voz donde solo había cifras y mira donde algunos prefieren no mirar.
Y eso es lo que precisamente incomoda.
Pero si el periodismo no hace las preguntas difíciles, lo que quedan son verdades artificiales y repetidas. Sin periodismo libre no hay ejercicio ciudadano, la gente deja de decidir por sí misma, porque carece de quien le brinde miradas diversas y empieza, poco a poco, a aceptar lo que aquel que tenga más poder, decida gritar.
Por eso esta columna no es una felicitación, sino una carta abierta de defensa, como una ciudadana que no está dispuesta a naturalizar el silencio ni a dejar que sean los mismos buscadores de la verdad los que tengan que gritar por el derecho a la libre expresión y a la protección de su oficio, como si su censura les afectara solo a ellos.
En un contexto complejo, como el nuestro, donde las promesas, la incertidumbre, y volatilidad son nuestro día a día, es cuando más verdad se necesita. Y sin periodismo, no hay verdad.
(*) Nabilia Rivero es subgerente de Comunicación de CAINCO
















































































