Que la agenda político-mediática está mayoritariamente disociada de la ciudadana es algo que ya sabemos. Que esté atravesando un inédito y brutal proceso de aceleramiento es quizás algo más nuevo. En periodo electoral en medio de una crisis económica, este desacople entre la realidad simbólica y la material se nota demasiado y parece asumirse como parte de la enrarecida cotidianidad informativa, lo cual no impide que siga siendo un fenómeno-lastre que desafía la comprensión de la realidad y la capacidad de análisis.
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Los hitos que se establecieron en el calendario electoral pasan rápidamente de ser un hecho que genera expectativa al arrancar a ser uno que genera alivio al concluir, y esto es no necesariamente por los resultados que generan sino por los niveles de agotamiento que provocan. Así ha ocurrido con el primer periodo de la larga campaña en el que varios precandidatos presidenciales han buscado posicionarse en base a ruido digital (y mediático, los más pudientes). Luego, con el cansino periodo de encuestas por fuera de la norma en el que los nombres de no-candidatos aparecían y desaparecían gráficamente en agenda como si la realidad política fuese una pizarra de dibujo libre.
Y, finalmente, está el hecho de que muy pronto nos liberaremos de otro hito más que es la inscripción formal de candidaturas. Este hito ha sido particularmente abrumador pues al no existir un binomio favorito de partida en estas elecciones, la especulación opinativa (reflejada en espacios mediáticos y digitales) ha devenido un espectáculo de conjeturas que fueron y vinieron: ensayando escenarios, creando alianzas, armando binomios, hablando en nombre de las preferencias de la gente…
Con muy pocos espacios de tregua, estamos inmersos en el juego perverso en el que también entra nuestra propia política emocional desplegando nuestras ansiedades y voluntades en nuestras conversaciones cotidianas, afectadas por la paupérrima espectacularización sin profundidad en la que se nos muestra este proceso electoral.
Solamente en esta semana, pareciera que un día se daba por hecho que el precandidato Andrónico ya estaba ad portas de la presidencia, al siguiente que el expresidente Morales estaba enterrado políticamente para siempre y al día subsiguiente, que el neoliberalismo ya anunciaba su retorno en clave vicepresidencial. Y así ad eternum. Sin profundidad ni sosiego alguno, (des)dibujamos este tiempo político corriendo, especulando, estableciendo absolutos y totalidades de futuro basados únicamente en nuestra intuición.
Vivimos en tiempos en los que la velocidad de la política ha cambiado, el vértigo político actual pareciera no permitir pausas, ni conceder treguas. Y pareciera que de forma mayoritaria quiénes tenemos espacios de opinión y trabajamos en comunicación o con información, irreflexivamente nos estamos subiendo a este coche que pasa fugaz y que tanto estrés le genera a nuestra democracia. La lógica de la inmediatez opinativa y mediática está imponiendo un relato tan continuo y fragmentado que no queda espacio para el remanso ni para la profundización de los sucesos.
Que este respiro sea un Réquiem para recuperar el valor político de la pausa, de lo cocinado a fuego lento. Que recordemos desde todos los espacios de lo público que lo relevante no es lo veloz sino lo perecedero. Y que nuestra democracia necesita menos espectáculo y más sustancia.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Red social X: @verokamchatka
















































































