En plena vorágine prelectoral y zarandeo mediático, haré un ejercicio para desviar su atención hacia un tema estructural que deberían discutir los candidatos.
El Estado fragmentado es un estudio de Marco Just Quiles (Plural editores, 2022) que “explora los factores determinantes de las variaciones territoriales contemporáneas de la capacidad del Estado”. Cubriendo un arco temporal de 1900 a 2012, esta importante investigación concluye con la incapacidad fragmentada del Estado boliviano cuyas “variaciones locales han sido moldeadas en gran medida por dependencias externas relacionadas con las exportaciones”. Expresado en otros términos: nuestra incapacidad estatal para dotar de servicios públicos a todas las poblaciones del territorio boliviano, nuestras asimetrías en gobernanza y estatalidad y, por supuesto, nuestra feble condición de Estado, se deben a que somos un país centenariamente dependiente y sometido a los imperialismos de turno.
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Para lograr conservar las asimetrías entre nosotros y los imperios, estos últimos han desarrollado tácticas y estrategias para mantenernos siempre en convulsión social, en pugna política permanente, para así obligarnos a vender desesperadamente nuestros recursos (Jared Diamond y Herbert Klein sugieren esas tesis).
Los Estados fragmentados y fallidos representan una de las problemáticas más apremiantes, y por esa razón, es importante distinguir sus matices. Un Estado fragmentado se caracteriza por una erosión significativa de la autoridad central donde facciones subnacionales como sectores corporativizados, grupos étnicos, o catervas globales, ejercen un control urbano o territorial. Esta fragmentación genera conflictos internos, ausencia de un monopolio efectivo sobre el uso de la fuerza, e incapacidad del gobierno central para servir a su población. Un Estado fallido, por otro lado, representa una etapa más avanzada de desintegración estatal, la autoridad central es inexistente o completamente inoperante; un escenario al que todavía no hemos ingresado.
Las causas de nuestra fragmentación son complejas y multifactoriales, incluyen: herencias históricas de incapacidad de control territorial, divisiones étnicas exacerbadas por diferentes cosmovisiones, instituciones débiles y corrupción endémica. Y lo peor, un estado fragmentado es un territorio sin control donde las jóvenes generaciones entran tras el dinero fácil del latrocinio, el contrabando y el narcotráfico.
Nuestro Estado fragmentado tiene doscientos años; sin embargo, los candidatos sólo prometen dólares en tiempo récord o milagrosas recetas económicas. ¿Cuándo nos atreveremos ha proponer un Estado audazmente diferente para una estabilidad y desarrollo plenos?
(*) Carlos Villagómez es arquitecto















































































