La sombra de la desilusión colectiva se cierne nuevamente sobre los que habitamos en esta ciudad, y los que contamos con un mínimo de sentido común, nos damos cuenta que estas elecciones no resolverán nada estructural. Parece que en nuestro organismo el cáncer de la política criolla —esa que heredamos del conquistador— hizo metástasis, y ahora quiere tomar todo el cuerpo.
Los paceños y paceñas de esta nación fracturada por la política, por las insatisfacciones sociales, y por las batallas culturales, naufragamos en la frustración ante la incapacidad social de construir un horizonte común. Albert Camus decía: “El hombre es la única criatura que se niega a ser lo que es”. Y somos criaturas asociales que negamos a aceptar todo, porque somos un país multi fragmentado, y en cada fragmento estamos sometidos al capricho de personajes monotemáticos, bipolares, y liados con poderes globales. Mientras el desvarío político cunde como cáncer, la cohesión social se disuelve en las calles y en los campos de un estado en perpetua incertidumbre.
La política, “el arte de lo posible”, se ha convertido en un cuadrilátero despiadado. Cada candidato, cada partido, y cada titular de noticias se convierte en un recordatorio de la profunda división que carcome nuestro tejido social. La promesa de un futuro se desvanece ante la realidad de la polarización y el diálogo constructivo es reemplazado por la retórica incendiaria. Y por todo ello, la desilusión colectiva, como una voraz célula maligna, es patente. El sueño de construir una vida plena en nuestra tierra se ve truncado por la cruda realidad de un sistema que no ofrece las garantías para prosperar. La apatía, el acomodo, y el cinismo se arraigan, sustituyendo la esperanza por la frustración. ¿Para qué esforzarse por construir un negocio, una carrera, una familia, si el terreno sobre el que se edifican es movedizo e inestable? Como dijo el filósofo esloveno S. Žižek, “El fin del mundo ya ha ocurrido, solo que no nos hemos dado cuenta”, ¿no nos damos cuenta que ya entramos a la fase terminal?
La decepción y desilusión social, en un país fragmentado por la politiquería, es un padecimiento profundo que, en nuestra realidad, ya enfermó al espíritu de una nación y de una ciudad en particular. Sanar este cáncer requiere más que soluciones políticas, más que elecciones, más que ocasionales líderes; exige una profunda reflexión sobre nuestra razón de ser y existir como nación en el centro de un hermoso continente.
Sin embargo, y a pesar de todos los pesares, creo que es posible revertir esta fase terminal. En mi entorno familiar alguien venció a un cáncer con metástasis en los huesos y pronósticos fatales. Todo es posible.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto















































































