Hubo días en los que Calígula, ya de emperador, debía demostrar su poder casi divino. Entonces, mandaba a una fracción de su ejército, a librar una batalla, con Neptuno. Este, el ejército, debía demostrar a su emperador y a través de este, al pueblo, que habían vencido al dios de los mares. Para lograr tal cometido, Calígula mandaba a cada miembro del ejército a cargar con una considerable cantidad de conchitas marinas, en señal de quién sabe, muestras de la victoria, rehenes, tesoros, seres muertos pero cautivos, el producto de un saqueo exitoso al otro dios. Es probable que el emperador haya tenido una estructura psicótica, además de una gana ubérrima de la figura de su hermana, pero claro, ya lo aprendió de su tío Tiberio, en sus años infantiles, en sus tiempos de bendición con privilegios. Y es que eso, eso que envuelve a las personas, menos en cantidad de las que se piensa, es el manto de los privilegios, de toda índole. Hay gentes que nacen con variados privilegios que, a lo largo de su vida, posiblemente lograrán que ni siquiera tengan que hacer cosas como estudiar, trabajar, llegar un día a casa y tener la luz cortada o un aviso de desalojo por los alquileres sin pagar. Hay gentes, por otro lado, que tienen otra clase de privilegios y que no lo saben, quizás porque se ha tejido alrededor un asunto cercano a las ideas, esto es, a lo ideológico, que se ha impuesto y normalizado de la forma: querer, parecer, aparecer. Como el propósito final, total, único y vital. Vale decir, el deseo de ser, pasa al de tener. De este, al de parecer lo que no se es y por último al de conseguir, a cualquier costo, la aprobación por un colectivo invisible, amorfo, compuesto por contactos, que no por personas. Por nuevas máscaras que encubren identidades desconocidas, que, además, persiguen lo mismo.
Esos otros privilegios, cada vez más sentidos como tales, radican en, a lo mejor, haber acariciado a un caballo, en algún lugar en el que al amanecer se escuchó un lejano trueno, profundo, aunque inofensivo. A lo mejor haber tenido una voz, mayor, raspada, leyendo en la noche, a la luz de una vela en tiempos de la electricidad, un cuento de Horacio Quiroga, con cuidado, para no espantar a las buenas infancias. O también, haberse encontrado en la mesa, a la hora del desayuno modesto, un pocillo con nata fresca, para untar en el pan. Esos y muchos más, son los privilegios vitales, que, en última instancia, habrán de haber modelado a las personas, con una necesaria sensibilidad ante los pequeños asombros y las gratitudes necesarias. Que no las tienen, por supuesto, esos privilegios heredados a los que hace referencia Harari Noah cuando afirma que además de ellos, también se hetera la miseria. La material. Aunque seguramente, también la del pensamiento. Así se explicaría que hay familias enteras en las que lo turbio se hace un asunto endémico. Desde tiempos lejanos, una serie de personajes emparentados, en pos de delinquir, ya sea desde el poder o desde las precariedades de la calle. Vivir en un estado de imposturas y de postas, como si fuera necesariamente normal que, digamos, un corrupto leguleyo, pase las mañas al hijo y este a la hija y esta al nuevo hijo y así, hasta que las familias con tal costumbre dejen de arder. Así, el emperador, como tantos otros privilegiados en los días confusos del siglo más cambalache que el tango, deben presumir de victorias sin batalla alguna, mostrando tesoros y rehenes y apresados y pequeñas muertes, todas, de brillantes baratijas.
(*) Óscar García es compositor y escritor














































































