Una señora producto, que a su vez es producto de las redes y claro, de cómo éstas tienen una ingeniería diseñada para hacer eficaz y eficiente el consumo, afirma, sin la mayor vergüenza, que un filósofo, analítico del mundo de las redes y de sus interrelaciones con las sociedades de consumo, las urbanas, sobre todo; es un plagiador. Un filósofo transita por la obra y pensamiento de un montón de otros, muertos, hace centurias, o hace pocos años, o contemporáneos, los lee, cita, debate, cuestiona, afirma. Los relee, los expone, los expande, los limita. Asume, o no, el pensamiento de otros colegas. Las ideas no se registran en las oficinas de derechos de autor, en ninguna parte del mundo. Se divulgan, crecen o mueren de muerte natural, o con el cuerpo y mente de sus iniciadores.
Consulte: Después, nada
Eh ahí uno de los peligros de las redes y de su capacidad para sobrevalorar a personas, a productos, a noticias y sobre todo, a escándalos. Se dice que si sangra, es noticia. Cualquier cosa. Si sangra una persona, un animal indefenso (mientras más indefenso y frágil, mejor), un pueblo entero, una patria, es noticia. Se hace viral, como un virus. Pero también resulta que una noticia buena y verdadera, también toma la forma de un virus para difundirse en cuestión de pocos minutos. Una noticia, que a su vez puede convertirse en un escándalo o en un meme -esa unidad comunicativa que los milennials han convertido en un lenguaje potente y abreviado-, se difunde de manera veloz y, ya sea que se lea completa o por el simple titular, adquiere montones de “me gusta” que pasan a configurar unas nuevas legiones de personas con similitudes. Por supuesto, el me gusta tribaliza, es un sesgo de confirmación, el sello indiscutible de un nuevo dogma. Entonces de pronto y sin mediar ninguna imposición, la lealtad a la tribu se hace más, mucho más importante que la lealtad a la duda. Por lo tanto, a la verdad. En las diversas tribus, en las redes, el impulso a cuestionar, por lo tanto, desaparece. Las personas, agrupadas en un marco digital, saltan de verdad en verdad asintiendo con la cabeza y entregando su buen me gusta para el goce del titular del muro, que los necesita para saberse seguido, influenciable, atendido, y a veces, hasta querido. En todo tiempo ha sido la falta de atención y la invisibilidad, una falta que a las personas causó dolor y frustración. Siempre hubo personas con variados grados de narcisismo. Sin embargo, en tiempos de las redes, en el primer cuarto del siglo XXI, se ha convertido ya, en una necesidad compulsiva. Si no está en las redes, no existe. Si no se expone en las redes, no existe. Por lo tanto, no se consume.
En las redes se consume ideas, mentiras, cremas para la cara, secretos de la época medieval, recetas de todas las abuelas del mundo y libros del guionista de la película Todas las mañanas del mundo. Se consume ciencia y pseudo ciencia. Claro, más la primera que la segunda porque la segunda necesita estudiarse. Se consume miedo, ira, sartenes de teflón, teorías conspiratorias y teorías sobre un estadio más allá del capitalismo. En las redes se consume toda clase de emociones y se puede pasar, a la velocidad con la que pasa la atención de un infante, de la melancolía al júbilo, del pececito azul a un seminario de Lacan, contado en memes.
(*) Oscar García es compositor y escritor















































































