En el relato Una muerte anunciada de Gabriel García Márquez se narra la historia del asesinato de Santiago Nasar en manos de los hermanos de Ángela Vicario. En la noche de bodas de ella, su recién esposo, Bayardo San Román, un poderoso de un pueblo pesquero del caribe colombiano, descubre que su recién esposa no es virgen. Y en un acto de rabia, el indignado novio les devuelve a sus hermanos a ella. Ellos le presionan para que revele el nombre del culpable que ella pierda su castidad y en un afán de encubrir al principal responsable, Ángela inculpa a otro. O sea: condena a un inocente, Santiago Nazar.
García Márquez en este relato pone en evidencia como opera la figura del chivo expiatorio en una sociedad. Ya se sabe, el chivo expiatorio carga sobre sus espaldas, sea persona o grupo social, todas las culpas de los errores, frustraciones o dificultades de los otros.
Otro de los escritores que apeló literariamente al chivo expiatorio fue Jorge Luis Borges, sobre todo, en sus cuentos «El evangelio según Marcos» –un joven es crucificado por peones que lo asumen como sustituto redentor—y en «Tema del traidor y del héroe» donde explora cómo la humanidad amerita construir mártires y, en contrapartida, chivos expiatorios para convertirlos en mitos fundantes y ordenadores de la sociedad.
Entonces, la figura del chivo expiatorio proviene de un antiguo ritual religioso judío.
Lea más: Fútbol
En la Biblia se relata que dos machos cabríos en el curso del Día de Expiación, uno de ellos era sacrificado como ofrenda a Dios, el otro: el chivo expiatorio cargaba simbólicamente sobre sus espaldas con todos los pecados del pueblo para que, a posteriori, sea liberado y desterrado en el desierto, acarreando, a la vez, los yerros de la comunidad.
Quizás, Adolfo Hitler fue que utilizó con mayor eficacia este mecanismo del chivo expiatorio en contra de los judíos. Desde una mirada psicoanalítica, en esta construcción del chivo expiatorio devela una fragilidad narcisista. O sea, es una cuestión interna en el individuo o en un grupo social, luego, se desplaza hacia afuera.
Como dice Slavoj Žižek: “Para el fascismo, el ‘judío’ es el medio de tener en cuenta, de representar su propia imposibilidad: en su presencia real, es únicamente la encarnación de la imposibilidad última del proyecto totalitario –de su límite inmanente”. Esa su propia imposibilidad, es decir, toda esa frustración fascista se descarga en el “otro”, hay un desplazamiento de la amenaza hacia afuera que luego se refleja en agresividad.
Desde luego, la apelación del chivo expiatorio es muy común en la narrativa política.
En ese discurso polarizado y binario donde se construye la identidad. Esa manía de engañar/manipular o esconder sus propios errores construyen los chivos expiatorios, para, luego, zanjar cualquier responsabilidad. Es una ilusión, y, al mismo tiempo, es un mecanismo para esconder las miserias de los culpables. Esa manía de alejar todo el mal de nosotros para, posteriormente, proyectarlos en otras personas. Obviamente, estamos frente a un juego perverso y peligroso.
En tiempos de conflictividad aparece el chivo expiatorio como táctica política, y psicológica. Políticos que arman una cortina de humo para extraviar sus culpas, fracasos, desatinos y culpas en el otro. Su propósito es manipular –inclusive hoy con los fake news—a la opinión pública para encausar un malestar social y esquivar sus responsabilidades políticas. Entonces, el chivo expiatorio opera como conector político y psicoanalítico para interpelar, pero, a la vez, expresa, aquí vale como ironía, las miserias humanas del propalador del chivo.
*Es sociólogo
















































































