Según la Real Academia Española, bloquear es “obstruir o atascar”. En el lenguaje político actual, la palabra evoca inmediatamente el corte de rutas, el cerco a ciudades o el aislamiento de regiones enteras. Bajo esta definición, Bolivia se ha convertido en el país con más días de paros, bloqueos y cierres de caminos del mundo. La pregunta inevitable es: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
Ser bloqueador se ha vuelto, para muchos, un oficio. Quienes no han vivido una vigilia en la carretera desconocen las horas interminables de frío, hambre, sed y sueño que soportan estos centinelas improvisados. Como vigías, deben estar puntuales en su puesto, relevarse entre compañeros y convivir con la angustia de una intervención policial o militar que puede llegar en cualquier instante. Arriesgan su integridad física y su situación jurídica por una causa deliberada en asambleas populares.
Pero antes que alguien descalifique estas líneas como una apología del bloqueo. Es justo y necesario escuchar también al otro lado: los ciudadanos que sufren la escasez de alimentos, la falta de combustible, la imposibilidad de llegar al trabajo o de llevar a sus hijos a la escuela, y las pérdidas millonarias que ahuyentan la inversión y paralizan la economía. Esos bolivianos, que ven restringidas sus libertades y su derecho a la movilidad, tienen también demandas legítimas y su voz merece el mismo respeto.
Lamentablemente, la moralización del conflicto ha llevado a que muchos descarguen su ira contra los bloqueadores, tachándolos de irracionales, violentos o indignos de ser compatriotas, sin indagar en sus propias carencias. Así, se instala un bloqueo coexistencial que nos impide reconocernos como parte de una misma nación y nos condena a la hostilidad permanente.
El bloqueo, sin embargo, no es solo físico. También es aislamiento, incomunicación y exclusión. Durante casi 180 años, el Estado republicano “bloqueó” la existencia de una mayoría de la población: bolivianos que nunca fueron ciudadanos plenos, porque vieron cercenados sus derechos políticos, su acceso a la educación, a la salud y a los servicios públicos, marginados por una sociedad construida a imagen y semejanza de minorías que detentaban el poder.
Bloquear es, además, impedir que algo avance. Han pasado diecisiete años desde la fundación del Estado Plurinacional, un proceso aún en curso que hoy se ve amenazado por discursos que añoran la vieja república neoliberal y racista. Tratar de frenar su consolidación es también una forma de bloqueo. E incluso el cumplimiento estricto de la Constitución puede convertirse, en ciertos contextos, en una estrategia para obstruir transformaciones pendientes.
Del otro lado, un Presidente bloqueado en la inacción, la falta de claridad estratégica y una desatención que agrava la crisis.
Entonces, ¿quién bloqueó primero? Bolivia siempre ha sido una sociedad bloqueada: por sus enemigos externos, por sus élites locales, por intereses económicos y grupos de poder que impusieron sus libertades a costa de las de los demás. El bloqueo está impregnado en todos los poderes del Estado. Los asambleístas bloquean créditos internacionales; el órgano electoral ha bloqueado candidaturas y siglas; los tribunales de justicia, con sus dilaciones y sentencias arregladas. Además de los bloqueos financieros hechos por algunos grupos económicos que detentan el uso y destino de las divisas. En suma, llevamos el bloqueo en el ADN: se ha vuelto una ciencia y un arte en la sociedad boliviana. Vivimos en una cultura que cree que la única manera de levantar un bloqueo es montando otro.
Desde la perspectiva del campo popular, el bloqueo es un instinto de supervivencia ante la desatención de las autoridades nacionales. Es un instrumento de resistencia y participación política que busca reequilibrar poderes. Los indígenas y campesinos bloquean las ciudades, mientras las urbes bloquean, con su indiferencia, la vida del campo. Esa es la consecuencia de una otredad incomprendida sobre la que se ha edificado Bolivia.
Llevamos 47 días de conflictos, y el cansancio es evidente en todos los sectores. Sin embargo, aun si mañana se levantaran todos los puntos de bloqueo, el problema de fondo seguiría intacto. Porque los bloqueos más duraderos no siempre se levantan con maquinaria ni acuerdos coyunturales. Existen también en las estructuras de poder, en las desigualdades históricas, en los prejuicios que separan unos bolivianos de otros y en la incapacidad colectiva de reconocernos como parte de un mismo destino.
El desafío de Bolivia no consiste únicamente en recuperar la libre circulación por sus carreteras, sino en reconstruir los puentes sociales, culturales y políticos que durante décadas han permanecido interrumpidos.
Tal vez la pregunta ya no sea quién bloqueó primero, sino quién estará dispuesto a dejar de bloquear. Porque ninguna nación puede avanzar cuando cada grupo intenta imponer su libertad a costa de la libertad de los demás. Y porque el bloqueo más peligroso no es el que detiene vehículos o mercancías, sino el que impide desarrollar un proyecto común de país. Mientras no superemos ese obstáculo, seguiremos siendo, paradójicamente, una sociedad que se bloquea a sí misma.
















































































