Las elecciones generales del pasado domingo serán recordadas por atípicas, especialmente por complicadas, difíciles y de un resultado general cercano al cataclismo; entrarán a nuestra historia democrática como un parteaguas.
Los sorprendidos fuimos todos, incluido o, sobre todo, el frente ganador, que hasta le faltaron nombres para sus listas. Sabíamos que habría una segunda vuelta porque la dispersión y la fragmentación estaba a un lado y al otro del espectro político. También se sabía que la oposición ganaría globalmente, aunque corría con cinco opciones. Al frente, el descompuesto MAS iba con dos candidaturas y la fracción más fuerte sin candidatura —lo que es una absoluta desventaja electoral— apostaba por el voto nulo. En resumen, un fin de ciclo del llamado Proceso de Cambio, aunque esto no significará una restauración conservadora, porque el gobierno emergente será débil, tendrá que enfrentar una situación económica difícil y el país y las tantas sociedades regionales y económicas no son más las del 2005.
Ganó la gente porque ahora, sin partidos hegemónicos y con un sistema político más que precario, las distintas sociedades, en sus respectivos territorios, votaron articulada y colectivamente por sus inmediatos intereses económicos, productivos y comerciales. Cayeron por el barranco los discursos paternalistas, los que atosigaban con ser dueños del concepto «Pueblo» o salvadores de la patria. El palazo llega incluso al Partido Cívico de Santa Cruz, acostumbrado a hablar en nombre del país y en representación de la gente bien. Obviamente, fieles a nuestra desconfianza, pensaremos que algo raro sucedió —hay un acuerdo subterráneo, dicen—, como cuando se decía que la fractura del MAS era una puesta en escena y que, luego de engañarnos, volverían juntos y encima de todos. No, no fue así, lo mismo que ahora: la gente habló por sí misma y mientras antes lo reconozcamos y entendamos, mejor.
Elecciones y pluralismo
Para hacer este potente ejercicio democrático, varias de las sociedades del enorme mosaico cultural, social y económico boliviano —en esto nos debemos reclamar nuestra patente— dejaron de lado a los que votaron los últimos veinte años, tal como sucedió en el occidente altiplánico y, en particular, en El Alto. Lo mismo puede decirse de las dos principales oposiciones neoliberales, que tuvieron que salir adelante con el apoyo de las sociedades capitalinas y los centros urbanos, tal como muestran los mapas electorales; ni bien se salía de los centros históricos y acomodados y se tocaban las áreas periurbanas, el rojo y el amarillo cedían su lugar al verde. Vale el mismo razonamiento para explicar el voto nulo, centrado en la Cochabamba rural, campesina y tropical que, aunque no competía, hizo valer su alineamiento y fortaleza orgánica, si bien, en su territorio baluarte, debió retroceder.
La explicación general, como todo en la política, tiene que ver con la economía y, ninguna casualidad, viviendo una severa crisis económica-financiera, luego de casi dos décadas de estabilidad. Es la eternidad de la famosa arenga gringa: «Es la economía, estúpido». De otra manera no se entiende esa brocha gorda que pintó —sin que nadie advirtiera, de noche, un fin de semana o de a poco en años— de verde lo que en tantas elecciones fue azul intenso, mostrando a la gente haciéndose cargo, en primera persona, de sus intereses y expectativas económicas en calidad de sujetos sociales territorializados. Solo así se entiende esa casi exacta sobreposición geográfica del mapa masista —en el occidente— y que se sustituyera la sigla por otra sin base ni estructura, como quien pone un prometedor negocio prestándose una razón social.
Vale lo mismo para las dos oposiciones neoliberales que resistieron y solo alcanzaron a hacerse votar en sus zonas de confort y debieron someterse a los potentes intereses de la agroindustria cruceña y los poderes mediáticos, sin poder acercarse a los refractarios intereses populares, rurales y campesinos. Y la explicación política es todavía más gráfica para entender que la gente votó, concentradamente, por sí misma, sobre todo la periurbana y rural, votando al medio de la polarización. Mirando por encima del hombro, la gente dijo, a un lado y al otro del espectro político, a los dos extremos políticos: ni los queremos ni los necesitamos. Y si dudan, vean ese valioso trabajo gráfico de geografía electoral, que muestra cómo en las capitales del eje y de las otras capitales departamentales, el rojo y el amarillo dominan y luego, ante el primer barrio popular o rural, empieza a pintarse el verde.
Este es el origen del cataclismo provocado por las elecciones generales y que las encuestas, aparte de los contratos y los poderes mediáticos que amplificaban, dejaron sospechar pero no alcanzaron a identificar porque, sin duda, su alcance está centrado en los centros urbanos y no acceden a la densidad periurbana y menos a la rural-campesina. Comprensible, también, porque no debe ser fácil medir o saber, menos con una encuesta, cuándo la opinión social se siente cansada y hastiada de los patrones políticos, de sus dirigentes vendidos o de los que dicen representarlos, pero no tienen contacto con la realidad cotidiana de la gente. A partir de estas decisiones colectivas, cayeron los discursos y el secuestro de la representación. La democracia, sobre todo la boliviana, que tiene tanta potencia en sus sociedades, puede hablar por sí misma, alto y fuerte.
Elecciones con balotaje
El problema ahora es que todo se ha complejizado. El cálculo original que era una segunda vuelta entre Libre y Unidad ha fallado. Claro, esa supuesta racionalidad política y económica que prescinde de la complejidad y diversidad del país, esa famosa sociedad abigarrada de Zavaleta se hizo presente y con un enfoque de estado y economía muy distinto. Claro, estamos ante el planteamiento político de la economía marginal e informal, pero de una inocultable potencia social y económica. Ahora se entiende mejor esa parte de la propuesta que plantea eliminar la aduana, bajar los aranceles, legalizar los autos chutos, aumentar los bonos, etcétera, sin decir nada de cómo generar los ingresos que habrán de suplir esas disminuciones cuando, precisamente, parte de la crisis es un enorme y persistente déficit fiscal.
Al frente, en la elección de uno u otro, tenemos el planteamiento tradicional y estándar frente a una crisis económica de acudir al stand-by y del financiamiento extraordinario a partir de nuestra cuota de aporte al FMI, administrado por el fondo FLAR, concentrados en resolver el déficit fiscal y apostando la suerte a la inversión externa y la exportación de commodities a como dé lugar, pues algo de eso debe haber, pero no es lo central de cara a la nueva realidad política.
La tenemos difícil, solo que ahora, esperemos, se discuta en términos democráticos y sinceros —por lo pronto, no hay una oposición parlamentaria que sirva de pretexto para no consensuar— de cara al reconocimiento de una diversidad contradictoria de los intereses sociales corporativos. Nos volveríamos a equivocar si pensamos que hay una sola Bolivia, no: son varias.
Salud.






















































































