En la política boliviana, cinco años pueden parecer una eternidad. En 2020, el Movimiento Al Socialismo (MAS) celebraba una victoria contundente en primera vuelta: Luis Arce Catacora obtenía el 55% de los votos y el partido recuperaba el poder tras el breve gobierno de Jeanine Áñez. Era el regreso triunfal de la fuerza política que había dominado el país por casi tres lustros.
Sin embargo, tras las elecciones del pasado 17 de agosto, el panorama no podía ser más desolador para esta vereda: el oficialismo se fragmentó, sus distintas facciones obtuvieron resultados marginales y el MAS como sigla unitiva prácticamente desapareció del mapa político, convirtiéndose en una fuerza testimonial. ¿Cómo se explica una caída tan estrepitosa y rápida?
Para el comunicador y consultor en comunicación política y estratégica Manuel Mercado, un intelectual conocedor de la entraña del proceso de cambio, la debacle no fue un rayo en cielo sereno, sino el final previsible de un «proceso de degradación» prolongado, cuyo núcleo fue la reducción de todo un proyecto de país a la figura de un solo hombre: Evo Morales Ayma. Esta es la radiografía de una implosión.
El 21F, el punto de quiebre
El análisis de Manuel Mercado identifica un punto de inflexión claro en este largo proceso de deterioro: el referéndum constitucional del 21 de febrero de 2016 (21F), donde los bolivianos le dijeron «No» a la reforma que permitiría a Evo Morales postularse a la presidencia por cuarta vez consecutiva. Nuestro invitado no subestima este evento; lo describe como el momento catalizador de un malestar que ya existía pero que encontró allí su expresión contundente. «El 21F establece un cansancio con el liderazgo de Morales y con la posibilidad de la perpetuación en el poder. Son dos cosas que, si bien pueden parecer iguales, en realidad son diferentes», explica. Ese día no solo se cuestionó a un hombre, sino también «un modelo político que no solamente podía ser autoritario, sino que podía pretender ser eterno».
A partir de ese «momento de condensación del cuestionamiento al MAS», como lo define Mercado, el descontento comenzó a expandirse como una metástasis hacia todos los aspectos del gobierno. «Se empieza a cuestionar de manera muy fuerte el modelo económico, se empieza a cuestionar el estilo decisional de Evo, la legitimidad de los dirigentes que lo rodeaban, se empieza a cuestionar el uso del poder estatal, en este caso a través de la cooptación de los espacios electorales, de los espacios del órgano judicial». La victoria de Luis Arce en 2020 actuó como una «válvula de escape» para esta presión acumulada, al ofrecer la ilusión de una renovación sin Evo. Sin embargo, Mercado ve que esto fue un espejismo. «Muy rápidamente se vuelven a expresar y agudizar las mismas contradicciones alrededor del liderazgo de Evo Morales desde 2022. Entonces es ahí donde ya es casi imposible detener el deterioro y la implosión del MAS». La metástasis ya había infectado todo el organismo político.
El síndrome del caudillismo
Si el 21F fue el diagnóstico de una enfermedad, el síndrome «Evo sí, Evo no» fue el cáncer que terminó por devorar al paciente. Según el relato de Mercado, toda la política boliviana, incluida la interna del MAS, se redujo a esta dicotomía paralizante. Esta no era una hipótesis abstracta; fue derrotada una y otra vez en las urnas y en las calles. Mercado enumera cuatro derrotas consecutivas: «En 2016, obviamente, pierde. Hay una mayoría de la población que dice no a Evo Morales. En 2019, hay un proceso insurreccional, (…) y por segunda vez la gente le dice no. Esta vez en las calles. La tercera vez, en 2020: la gente vota por el MAS, sí, pero mucha gente vota por el MAS con la condición de que no vuelva Evo Morales. (…) Y en esta cuarta oportunidad, en 2025, la gente que le da la espalda a Evo Morales es la gran mayoría del país».
El costo de este reduccionismo fue catastrófico. «El gran problema», señala Mercado, es que «el MAS no ha discutido renovación programática, cambio en la estructura organizativa que sostiene el proceso de cambio, renovación generacional o dirigencial». Lo que debió ser un debate interno de candidaturas se transformó en «un problema nacional» que secuestró la agenda pública, impidió la gestión y ahogó la economía. La profecía autocumplida de que «sin Evo no hay nada» se hizo realidad, pero no por la falta de Evo, sino porque el partido fue incapaz de construirse a sí mismo más allá de él. «Esa es la tremenda factura que le va a pasar la historia a Evo Morales, de haber reducido toda la política, todo el proceso de cambio exclusivamente a su caudillismo», sentencia el consultor. Todas las demás hipótesis sobre la debacle –la burocratización, el debilitamiento de las organizaciones sociales– gravitaban alrededor de este error central.
Pérdida de lo humano
Más allá de los errores políticos y estratégicos, Mercado apunta a una falla aún más profunda: una desconexión axiológica y humana con la población a la que decían representar. Los últimos cinco años, marcados por una lucha fratricida entre evistas y arcistas, exhibieron «lo peor en términos humanos que podríamos haber visto». Lo que comúnmente se conoce como “borrachera de poder» desplegó además «otro tipo de bajezas humanas, de emociones». La ciudadanía, desde su hogar, fue testigo forzosa de este espectáculo bochornoso. «La gente se ha tenido que tragar traiciones, mentiras, (…) ha tenido que tragarse muertes oscuras, ha tenido que tragarse excesos y abusos de poder desplegados en muchos espacios y en muchas dimensiones».
Esta desconexión no fue solo de las élites políticas del MAS entre sí, sino de la realidad cotidiana del boliviano. «Se fue dando la desconexión progresivamente, primero de las bases, luego esto se extendió a las expectativas de la población, y había expectativas de renovación muy fuertes. El MAS quedó desconectado de la nueva realidad esencialmente urbana del país, desconectado de una realidad económica marcada por la crisis».
Nuestro invitado observa que, mientras el MAS se enfrascaba en su pelea interna, Rodrigo Paz Pereira, un «virtual desconocido», conectó su discurso con esas preocupaciones materiales inmediatas –aduanas, impuestos, importación– que el oficialismo había olvidado. Mercado destaca que en esa conexión hay «una lógica profundamente humana que dice: solo él me está hablando de cosas que me interesan, que me preocupan, que me afectan». La pérdida de esa capacidad de conectar con la emoción del pueblo fue, quizás, la herida final.
Fragmentación definitiva
El resultado de este proceso acumulativo fue una implosión electoral sin paliativos. Las elecciones de 2025 fueron el acta de defunción del MAS como fuerza hegemónica. Los números hablan por sí solos: la hipótesis de la sigla pura, con Eduardo del Castillo, se quedó con un raquítico 3%; la opción renovadora de Andrónico Rodríguez rondó el 6%, y la apuesta caudillista de Evo Morales apenas alcanzó un 15%. Ninguna de estas facciones, por separado o sumadas, se acerca siquiera a la mitad del 55% obtenido en 2020. «Creo que ese 3% habla por sí solo», afirma con crudeza Mercado. «Sí, o sea, se ha fracturado de una manera irreconciliable. En este momento lo que queda del MAS es una sigla, no tiene un proyecto, no tiene una propuesta histórica acorde a los tiempos».
Frente a este colapso, Mercado identifica una «tendencia centrífuga: todo el mundo que está fuera del evismo, se está alejando del caos del evismo». Mercado entiende el triunfo de Rodrigo Paz no como el éxito de un individuo, sino como la expresión de esta huida y de la autonomización de las bases sociales. El analista revisa los datos y encuentra un patrón claro: «El 40% de la votación de Rodrigo viene de La Paz, y de ese 40% la mitad viene de El Alto (…). Y eso implica necesariamente un voto corporativo». No se trata de votos dispersos, sino de la movilización organizada de sectores populares que decidieron canalizar su descontento a través de un nuevo instrumento, abandonando la nave que durante años habían tripulado. Este es el fenómeno central: el pueblo organizado, el núcleo duro del masismo, se fue. Y lo hizo de manera ordenada y masiva, mostrando que encontró una nueva herramienta para su «voluntad de poder».
El legado incierto
Ante este panorama de descomposición, surge la pregunta sobre el legado y el futuro. Para Mercado, a pesar de la debacle, el MAS dejó una enseñanza imborrable: «El MAS le ha enseñado al pueblo qué es el poder y qué hacer con el poder. Tanto lo bueno como lo malo». Esa lección ha subsistido y se expresa en que el bloque popular ahora está dividido, pero ambos lados mantienen esa «voluntad de poder». «Por ejemplo, el bloque que se fue con Rodrigo Paz se ha autonomizado, ha adquirido autonomía porque ya no está sujeto ni a la camisa de fuerza que significa el liderazgo de Evo Morales ni a la camisa de fuerza que significa la sigla del MAS».
El riesgo, advierte Mercado, está en el otro flanco del progresismo. Alertó que, siguiendo el camino de Andrónico Rodríguez, podrían surgir expresiones de una «izquierda sin pueblo, una izquierda más intelectualizada, una izquierda más de cuadros». Para el analista, este retorno a un modelo de los años 90, con partidos pequeños y desconectados de las bases, sería un trágico anacronismo. «Si algo ha tenido que aprender la izquierda en estos pasados 20 años, es que no puedes jugar a lo mismo que en los años 90». El futuro, por tanto, se debate entre la emergencia de nuevas expresiones populares autónomas y territoriales, y el resurgimiento de una izquierda elitista que ya el pueblo ha aprendido a dejar atrás. “La gran incógnita es si estas nuevas fuerzas podrán construir un proyecto nacional cohesionado”, asevera.
La crítica racista
Un aspecto fundamental que Mercado destaca es la reacción de ciertos sectores ante el nuevo escenario. Las críticas hacia Rodrigo Paz por incorporar a dirigentes y exdirigentes populares e indígenas en su proyecto son, para el especialista, síntoma de un problema más profundo. “Cuando dicen que ‘se están llenando de masistas’, yo creo que por detrás hay una categorización tremendamente racista. O sea, si es del pueblo humilde y es dirigente de alguna organización, entonces ‘es masista’». Para Mercado, esta crítica no es sobre ideología o lealtad partidaria, sino sobre el origen social de los nuevos actores.
Esta visión, argumenta, revela un rechazo visceral a la idea del pueblo ejerciendo el poder de forma autónoma. «A la gente que está criticando eso (…) no les gusta que ahora el pueblo tenga otra herramienta, otro instrumento, otra estructura a través de la cual canalizarse. Eso no les gusta, es decir, el pueblo en el poder». Mercado identifica aquí la fractura fundamental que aún divide a Bolivia: «el clivaje entre lo señorial versus clases populares». El éxito de Paz, por tanto, no solo es una derrota para el MAS, sino también para una visión aristocrática de la política que pretende que el poder se ejerza sin la participación protagónica de las mayorías.
Conclusión
La implosión del MAS en las elecciones de 2025 no fue un accidente, sino la conclusión lógica de un proceso de autodestrucción que tuvo en el caudillismo y la desconexión sus principales combustibles. La obsesión por la figura de Evo Morales vació de contenido al proyecto del «proceso de cambio», impidió cualquier renovación y alienó a la base social que alguna vez lo sostuvo. La lección que deja este naufragio es dual: por un lado, es una advertencia sobre los peligros de personalizar un proyecto político hasta el punto de la asfixia. Por otro lado, y paradójicamente, demuestra el vigor de la voluntad popular que el mismo MAS ayudó a forjar. El pueblo aprendió la lección del poder y, al verse subestimado e ignorado, simplemente buscó una nueva herramienta. El futuro de la política boliviana será escrito por esta nueva y diversa geografía de fuerzas populares que inician un nuevo periplo lejos del caudillo y el partido bajo los que se cobijaron durante los últimos veinte años.






















































































